26 de junio: lo más alejado a un análisis

¿Qué ha pasado, semana y media? Vaya cosa, pues me veo todavía sin el talento necesario para afrontar con vehemencia qué sucedió el 26 de junio. Y eso que, desde entonces y hasta ahora, he podido enfrascarme en muchos, diría que demasiados, artículos que pretendían averiguar el desconcierto. Se han escrito casi tantas opiniones divergentes sobre el tema como hábitos de fumar localizó Luc Sante. Sé que esto no se asemejará en nada a un ensayo preciso, ni siquiera esbozo, pero vaya, que la noche del 26 de junio se fumó bastante. Y también de muchas formas, había hasta quien consumía el filtro. En mi caso, no les voy a engañar, ocurrió lo mismo. A medida que avanzaba el escrutinio el pasmo se apoderaba de mi jeta, reconozco que no con poco dramatismo, eso sí.

Qué pasó, no sé. Y este es el análisis más acertado que puedo afrontar a día de hoy; si fuese necesario, incluso de una manera un tanto más cruda: no tengo ni idea. Quizás habría que admitir que la demoscopia nació para amargar a la ilusión, quién sabe si las encuestas no son si no una manera de fumarse los deseos. Ahora bien, si tomáramos como cierta la hipótesis de que, en cierto modo, nos dejamos arrastrar por los sondeos, yo tampoco quiero convertirme en una suerte de Floyd Patterson, que acudía a los combates con la derrota preparada en la mochila. El tipo llegaba al ring con un disfraz cargado en el macuto, por si le ponían la cara como el interior de una granadina. En una ocasión, después de una derrota, llegó a cogerse un vuelo directo a otro país. Miedo a que las cosas no salgan como uno anhela hay que tener, siempre, pero a mí me atrae más el estilo de Muhammad Ali, que la primera vez que se vio obligado a tomar un avión, para asistir a los Juegos Olímpicos de Roma, pasó antes a comprarse un paracaídas. No se lo quitó hasta alcanzar la ciudad eterna. El avión podía despeñarse, y eso Ali lo sabía -los que tememos a la gravedad podemos entenderlo-, pero al menos iba preparado. Quién sabe qué podía lograr aquel que evitaba los embistes echando la cabeza hacia los lados.

El caso, que la noche del 26 de junio -ojo que se viene un análisis profundo- será una de esas que a uno le dejan pensando hasta que tenga otra en la que situar sus proyecciones. La cosa tiene su enjundia. Podría ahora aventurarme como Ali y predecir el número de asaltos que faltan para ganar, para ganar del todo, vaya, que con el tiempo entenderemos el valor de aquella victoria de la noche del 26 de junio. No lo haré, el pronóstico, digo, pero apuesto todo a seguir corriendo por el ring. Ya ven, lo más alejado a un análisis.

Reflexión

He perdido la cuenta del número de discursos que he leído y escuchado en las últimas semanas, hasta Reagan los tenía buenos, qué actorazo. Por qué, por nada, para presentarme aquí un poco vehemente y soltar prácticamente una suerte de homilía que convenciera a confesos y sedujera a vacilantes. He leído demasiadas palabras complejas y escuchado voces con manido trasfondo intelectual. Tonto de mí. Hablaba el otro día con mi hermano y no tardé mucho en descubrir que, en esta ocasión, no son tan importantes los grandes sermones. El discurso, el de mi hermano, no anexionaba relatos leídos en tomos de final desconocido. El discurso, el de mi hermano, disertaba sobre algo que para unos pocos quizás pueda resultar algo trivial, la vida, que es tanto en tan poco. Hablábamos de pasta, guita, de los cuartos, que decían nuestros abuelos. Me dijo así: a final de mes, con suerte y después de los pañales, nos quedamos con una moneda de cinco céntimos. Sigo sin entrecomillado pero esto es suyo. Si en la última compra del mes me quedan 100 euros, los gastamos en lugar de los 90 euros habituales, permitiéndonos, así, disfrutar de unos helados, una empanada de atún… Alguna vez nos sobran 10, quizás 15, de los cuales 5 van al túnel de lavado y 10 para gasoil. Todo esto calculando siempre la última semana, en caso de que no haya bombona nueva. Si esta está a punto de acabarse, gastamos 80 en la compra y 20 van a la bombona. No hay entrecomillado de cierre, sigo yo. Le pregunto si le supone un problema que le destape un poco en estas letras. No, me dice, de hecho, me dice, di también que hace meses que no compramos ropa ni juguetes para los niños, que para eso necesitamos esperar a la paga extra, porque con lo que pagamos de alquiler, luz, bombona, coche… Lo que queda es para comida. Termina: no vamos al peluquero, el pelo se corta en casa. Tras esto, comenzó una disertación sobre la variación entre los precios de la leche, los yogures, unos flanes, también zumos. Entro yo, y ahora entrecomillo: “Claro, ahora os toca control al milímetro”. “Ya te digo. Pero si le preguntas a Rajoy no, te dirá que estamos bien”.

Lo bueno, hermano, es que mañana a quien preguntan es a ti.

Escribir de noche

Son demasiadas las veces que uno escribe por las noches sin dejar rastro escrito de lo imaginado. Sucedió ayer, por ejemplo, que en mi cabeza un alguien cualquiera, que podía ser yo u otro, se acercaba con una suerte de aliento fugado a otro alguien cualquiera y le decía: “Tu convencimiento podría transformarse en mi alegría”. Ese mismo alguien cualquiera, al menos en algún momento tras amnesia prolongada, decidía erguirse en autocrítica: “Sé muy bien que si genero algún incendio luego no puedo pretender llamar a los bomberos”. Hay quien, a duermevela, apoya un cuaderno en la mesilla para momentos como este, y yo eso lo probé una vez, con tan malos resultados que al día siguiente las notas parecían cuadros de cubismo antes que reflexiones comprensibles. En fin, la realidad es que tengo los borradores del blog colmados de a saber cuántos relatos escritos por las noches. Y como el silencio no debería dilatarse hasta el olvido, he querido juntar alguno de ellos buscando evitar que se conviertan en simple verborrea que sonroje. Aburriría a Cristo, ya lo dijo Pereiro, tras haber tantos iguales en todos los idiomas y en todos los lugares. Uno empieza: saltaré todas las putas vallas hasta alcanzar la playa. Y si hubiese también muros, los sortearé con la soberana libertad con la que decía actuar Cortázar en su Rayuela, que no es si no un juego de saltos. Saltaré todas las putas vallas, rasgaré las vestiduras, qué más da, hasta llegar despojado de cualquier peso que impida el baño. Solo así la cena será como la que dirigió Lubitsch: la luna en las copas, y por qué no también la entrega al placer de una botella en la luna. Saltaré todas las putas vallas hasta alcanzar la playa, y vendrán entonces las mareas a buscarnos, sin tener nosotros temor a las subidas y bajadas, y saltaré todas las putas vallas hasta alcanzar la playa y hasta que se descubra el sol y grite como lo hizo Rimbaud: “¡La hemos vuelto a hallar! / ¿Qué? / La eternidad. / Es la mar mezclada / con el sol”. Saltaré todas las putas vallas hasta alcanzar la playa que no es si no un lugar para nosotros, tan cierto como lo aseveraron las manos de Mark Knopfler. Y no habrá guía que no sea la lectura de un mapa de lunares con ojos mudados en meteoros, que pondrán sonoridad al silencio y conversarán sin nosotros saber cómo ni en qué idioma. Y en este lugar lo esencial será lo mismo que en la carta que Saint-Exupéry le escribió a su amigo Léon Werth, y copio: “Lo esencial, lo más frecuente, no tiene peso. Aquí lo esencial solo fue, aparentemente, una sonrisa. Una sonrisa esencial. Una sonrisa paga. Una sonrisa recompensa. Una sonrisa anima. Y la cualidad de una sonrisa puede hacer morir. […] Esa cualidad nos liberaba tan plenamente de la angustia de los tiempos presentes y nos otorgaba la certeza, la paz”. Y saltaré todas las putas vallas hasta alcanzar la playa y caminaré la orilla de punta a punta para demorarme en sus extremos, comisuras de la sonrisa que ilumina la fiesta, el sitio de mi recreo y como tal me recrearé en las olas y en su espuma. Sí, no se equivocan, me he quedado en un relato.

La tienda de discos

Yo creo que si alguna vez crecí, entendiendo crecer como el tránsito a la edad sensata, fue aquel día en el que de la noche a la mañana mi tienda de discos se había convertido en el establecimiento de unos grandes almacenes. Ahora entiendo eso que el otro día me largó un amigo: “La vida no tiene banda sonora original”. Es una de esas sentencias sobrias y por un tiempo incomprensibles pero que a uno se le quedan grabadas como inscripciones en piedra de Rosetta. Banda sonora no sé, pero centros comerciales, tantos como para exasperarse de forma urgente. A mí aquella permuta de locales, que más que permuta fue un auténtico cambalache, me pilló desprevenido, sobre todo por la ausencia de efemérides que ayudasen a digerirlo. Regresé a casa como lo hace un derrotado después de una liviana contienda y enfilé los pasos hacia el salón, donde esperaban mis padres sin saber qué les esperaba. Les arrojé un discurso a lo cubano cargado de sentimentalismo y profunda sensación de engaño. Ni caso. “¿Qué te pasa?”, respondieron sin haber siquiera reparado en mi aturdimiento. La madurez es eso, comprender que lo que uno desearía ficción no es más que una consistente realidad. Y hoy, absorto en una acelerada superposición de ficciones, mascullo la posibilidad de modificar la realidad, tan voluble como lo fue entonces mi tienda de discos.

Revolución

Hace un tiempo acudí al teatro para ver una adaptación de la obra de James Matthew Barrie Peter Pan. Trataba sobre un joven Peter Pan contemporáneo, un chaval como cualquiera de nosotros que no es que no quisiera crecer por convicción, sino porque su contexto y situación nunca se lo permitirían. Nadie le dejaría crecer y experimentar lo que sería una vida digna. Entonces, pensaba él, para qué siquiera adelantarse a las edades. Aquella obra terminaba –quizás empezaba así, no recuerdo bien– con las voces en off de las abuelas y abuelos del elenco. Una de ellas logró emocionarme al preguntarse cuánto tiempo más tendría que seguir viendo a su nieto a través de Skype. Pienso ahora en mi madre y en mi padre, y en la de graduación que suman al día para poder ver a su nieta a través de las fotos que mi hermano nos envía a través del móvil. Solo así pueden ser testigos del paso de los tiempos por la que ya siempre será su primera nieta. Y ahí va, despacio, deslizándose una lágrima por esta jeta.

Cuántas personas, y de verdad me lo planteo, movido acaso por la sempiterna curiosidad, cuántas personas han tenido que memorizar el camino de su hogar al aeropuerto, cuántas personas se han visto obligadas a instruirse y adaptarse al uso cotidiano de las herramientas de comunicación vía internet para poder siquiera saber cuál es el último corte de pelo de su hijo, de su nieta, de su pareja. Y regreso, permitid, de nuevo, que hable de mí, regreso, decía, de nuevo, a una experiencia muy cercana. Cuántas personas se han sentido solas, incluso achacadas por la vergüenza, al tener que decirle a sus hijos que este año no podrán disponer del mismo material escolar que sus compañeros de aula. Y ahí va, despacio, deslizándose una jodida lágrima por esta jeta.

Cuántas personas, y qué más da si ya esto no tiene una estructura, cuántas personas tienen que hacer perpetuos malabares para ser capaces de adquirir al menos alguno de los regalos que sus hijos reclaman esta navidad. Sí, llamadme superficial, hay que vivirlo, hay que experimentar el cumpleaños de un hijo o de una hija para comprender el sufrimiento, los sofocos que provoca el recorrerse un sinfín de pastelerías en busca de algún dulce que el bolsillo pueda permitirse. Cuánto placebo por sanidad privatizada, cuánta agua por leche, cuánta fatiga por recibos impagados, cuánta cera por luz inexistente, cuánto abrigo por calefactores moribundos. Y ahí va, despacio, otra fastidiosa lágrima por la jeta.

Y ahí va, de forma apresurada, un voto, un sobre por tanta jodida lágrima, unas ganas de ganar por tantas veces de meros participantes, unas ansias de victoria por tantas veces ausentes en su partida de ajedrez. Y ahí va, un peón que será torre, una torre que será caballo, un caballo que será alfil. Y ahí va, un peón que será reina y que será rey. Y ahí va, cada vez más cerca, un Peter Pan a quien nadie impedirá seguir creciendo.

No había estructura programada, no importa si este párrafo parece estar fuera de lugar, ni siquiera sé si jugaría el papel de un post scriptum, pero no importa, no importa porque siempre faltarán palabras. No sé qué pasará mañana, no sé con quién estará cada uno, ni si será fácil o difícil, pero estoy seguro de que en el trance hay que arriesgar. Quiero ganar. Y quiero hacerlo porque, pese a embudos y descartes, siempre aposté por ser revolución.

Dejad que sea yo

Por qué tanta insistencia en que comprometáis mis incumbencias, por qué ese empeño en apropiarse de mis voces, por qué esa porfía, ese intento desesperado y nada astuto de apresarme y transformarme en un vulgar prosélito. Acaso he mostrado yo cualquier sutil muestra de permitir que alguna fracción se adueñe de mi todavía naciente autonomía, acaso he dado pruebas de ser un nadie –que lo soy– que busca impaciente un abrigo que querréis venderme de piel cara. Dejad que vista con orgullo mis prendas de ocasión, porque el tiempo lo merece, dejad que calce, si así lo quiero, mis zapatos viejos, que me arregle con mis suelas desgastadas que todavía poca calle han infringido, dejad que me atavíe, si me da la gana y no os importa, con mis pulseras ya raídas, con mi reloj de cuerda floja y manillas rotas. Permitid que enfile la senda que yo elija, incluso si al final resulta equivocada, qué os importa, permitid que sea yo quien continúe repudiando a lo de siempre, es más, aceptad que sea yo quien acote ese lo de siempre. Quizás vosotros seáis lo de siempre, quizás mañana lo sea yo, qué os importa ahora si no podéis impedir que en este cruce termine optando por según qué vía paralela, si no podéis pretender ya el levantamiento de ninguna empalizada que me aferre a vuestras chaquetas de cuero inasequible, dejad que me acicale con las mías, sí, con mis chaquetas de lana usada y mangas remangadas, no queráis revestir de vuestra inmensa charlatanería los cristales de mis gafas, no os situéis enfrente cuando quiera que sean vidrio enlagrimado, transigid, sin grandes condescendencias, os lo pido, aceptad que hoy, ahora, sea yo quien por fin me aventure al desamparo.

Cambio

Hace unos años, en la facultad, llegaron los tiempos de decidir si uno quería estudiar el siguiente curso en alguna otra ciudad europea, el famoso Erasmus. Entonces, yo estudiaba en mi ciudad de nacimiento, en Compostela, lo que me permitía vivir y acudir siempre que lo necesitase a la casa familiar. Estaba seguro, con un lugar tranquilo, protegido, en el que ocultarme cuando llegasen los monstruos. Estaba seguro, me sentía a gusto y cualquier cambio resultaba una llamada a la intranquilidad. Fue por ello que al final cometí el error, insalvable ya, de no estudiar un año, quizás seis meses, lejos de casa. Miedo al cambio. Esa misma sensación, aquel temor, volví a experimentarlo cuando las oportunidades laborales en Galicia se acabaron para un menda y frente a mí se abría la posibilidad de marchar, que es un verbo muy gallego, a Madrid. Frente a mí, el cambio, la mudanza obligada. La edad, supongo, quizás también el no haberlo hecho con anterioridad, me llevó a decidirme, a decirme a mí mismo que sí, que había que dar el paso, arriesgarse al desamparo. En Madrid conseguí trabajo, y no uno, sino varios, curros con los que siempre había fantaseado. En Madrid conocí a gran parte de las personas que hoy y ya siempre me acompañarán, cerca o lejos. En Madrid, también, me enamoré.

La alegoría es sencilla, y no hacen falta explicaciones.

Ganar

Hablaba el otro día con un buen amigo sobre la importancia de ganar, salvando, ahora, la eterna épica que nos gustaba inculcar a la derrota. Charlábamos de política, de qué si no, de este momento -o de aquel momento- en el que vislumbramos por vez primera la opción abierta a la victoria. Entonces, ¿nos vale únicamente participar, en esta ocasión? Entendimos, sin necesidad de muchas curvas, que no, ya no resulta suficiente. No nos vale, ahora no. Y así lo repetíamos una y otra vez, como si el hecho de reiterarlo fuera a subir el ratio de posibilidades de éxito. Nos convertimos en ese instante en una suerte de Bobby Fischer, de aquel Bobby Fischer que, siendo todavía un enano, se plantó en un torneo en Manhattan y le dijo a su colega Ron Gross: “¿Sabes qué? Puedo ganar a todos esos tipos”. Gross se explicó tiempo después: “Yo creí que hablaba de la gente del torneo en que estábamos participando y pensé que lo que estaba diciendo era una perogrullada. […] Pero él no se refería a eso. Él se refería a que podía vencer a cualquiera en los Estados Unidos. Y a finales de ese mismo año, eso es precisamente lo que hizo”. Y yo ahora quiero permitirme, como quisimos hacerlo mi amigo y yo, quisimos permitirnos la analogía, hoy que las comparaciones ajedrecistas están en boga. Escribo el guion, a tiempo pasado, de lo que sucedió el día en que pensamos romper las tablas. 01. PLAZA. EXT/DÍA. Un grupo de personas se miran, agazapadas en varias esterillas. PERSONA 1: “¿Sabes qué? Podemos ganar a todos esos tipos”. Y qué si no fue así, si lo que importa es el reconocimiento a que hubo quien, frente a todos esos tipos, dijo: quiero ganar. Quizás haya quien piense que está afirmación vaya acompañada de no una, sino varias renuncias, al menos en principio. También Fischer, en su sexta partida contra Boris Spassky, renunció a su salida preferida en un intento de descolocar desde el inicio al soviético. Bueno, Spassky terminó la partida sumándose al entregado aplauso del público al estadounidense.

Carta a mi sobrina

La cosa va de cartas y a mí siempre me gustó la corrrespondencia. Antes de sentarme a escribir le di muchas vueltas al nombre que debía poner en el destinatario, y supuse que no habría mejor persona que tú a quien explicar lo que sucede. Quería comenzar con una disculpa, sincera, por no estar todo lo presente que querría, también que debería, lo sé. No busco excusarme por mi falta, más allá de la supongo obligada distancia que nos separa. Una amiga tiene la teoría de que hay ciudades cuya velocidad atrapa a quien la habita, y es posible que Madrid sea una de ellas. Querría explicarte qué hago, y por qué hay días en los que no escribo o no llamo lo que tanto te correspondería, pero he pensado que sería mejor contarte lo que hace la gente que aquí he conocido, esas personas que siembran el mundo que pisarás en unos años. ¿Recuerdas aquel día que fuimos al parque y quisiste columpiarte? Bien sabes que para el balanceo es necesario mover adelante y atrás las piernas. Pues aquello en lo que estamos inmersos es muy parecido, nos hemos sumergido en un columpio en el que para continuar subiendo debemos seguir moviéndonos. A veces nos paramos, se nos cansan las piernas, como entiendo te sucederá continuamente, en esos momentos en los que apurada asaltas los brazos de mi hermano. Qué mejor fuente de energía. Ahora, estos días, estas semanas, nos sucede algo similar, sobre todo a esas personas que me muestran cada día lo imprescindibles que resultan. A algunas las conoces, al menos a una de ellas, a quien espero sigas viendo. Sucede que ahora están algo cansadas, frustradas, decepcionadas por motivos que confío en relatarte en otro tiempo. Por mi parte, trato de recoger la energía que sé te transmiten los brazos de mi hermano y hacérsela notar, pero es posible que no siempre funcione como espero. Estas personas, con quienes comparto ahora mi vida, tuvieron una idea, una fantástica, la de una aventura como la que puedes encontrar en alguno de tus cuentos. Su propósito es luchar contra los malos, contra los que no quieren que tengas mañana la dignidad que te mereces. Piensan en ti, sin conocerte, yo lo he visto. En estos últimos meses dedicaron todas las horas de sus días a esta labor, quisieron provocar un terremoto, pero uno bueno, uno en el que solo se cayera la decoración de sus despachos. Hace unos años entendieron que juntos teníamos más fuerza, más opciones de lograr temblores, y a ello se han dedicado últimamente. Pero hay cosas que a veces no salen cómo y cuando uno quiere, y no les ha salido. No pienses, sin embargo, que se han rendido. Piensa en el columpio, en aquellos instantes en los que, aunque cansada, no quieres bajarte de la silla y reclamas, de nuevo, la fuerza de mi hermano, o de tu madre, para que sean ellos los que vuelvan a iniciar el balanceo. En ello estamos, empujando, tratando de recuperar el balanceo. Nunca nos bajaremos del columpio.

Fuegos que no queman

Eran tiempos complejos y por tanto requerían de cierta dedicación inalterable, acaso una entrega ensimismada. A él le gustaba pensar, incluso bebía la literatura y los discursos que apoyaban sus supuestos, que tal afán podía obstruir, también en cierto modo, su propia dedicación inalterable. Entendía bien que sus argumentos, cuando buscaba contrariar, podían resultar no inútiles, sino bastante inoperantes. No es que rechazase por completo la opción de trabajar, del trabajar considerado empleo, por supuesto, si bien su empleo, pensaba, consistía en batallar por el afecto. Dónde la contradicción, en que aquel afecto lo encontraba en aquellas personas a las que llamaba, por no ceder al trance de lo apasionado, semillas que sembrarán mundos mejores, justos, dignos, unos en los que no fuera impertinente entregarse sin demora al afán de la atracción. Ahí residía la duda que planeaba sobre sus ideas, la conjunción de dos afanes en tiempos complejos. Su insistencia, al final, se deducía errónea, y lo sabía. En conversaciones largas se volcaba en la defensa del amor en tiempos de cambio, en la esencial necesidad de mantener vivas unas relaciones, de amistad, de lo que fuera, cuyos pilares básicos fueran la ternura, la empatía, el cariño, en última instancia el sentimiento orgánico que nos empuja al bregado empeño de transformar la sociedad, de provocar el encuentro de dos fallas que provoquen un terremoto cuyo único fruto sea un territorio sin fallas, una patria con la vida digna por bandera. Tal era su alegato, y en la soledad que queda tras toda conversación profunda entendía que no difería del resto de pretextos, que quizás no existen dos afanes diferenciados porque ambos nacen con la misma pretensión, o acaso se distinguen el cambiar por mejorar que el cambiarse por mejorarse. Cuando leía aquel poema de Ángel González (“No fue un sueño, lo vi, la nieve ardía”) quería centrarse únicamente en su lectura. Lo vio, la nieve ardía, hay imposibles transmutables, realizables, pero cuáles. ¿Hablaba del afecto, del amor, o hablaba de una victoria en unas elecciones generales en diciembre? Entonces comprendía que ninguna respuesta circulaba al margen de la otra, pero que para una darse debían existir ambas, que para lograrlo todo era necesario encender una mecha en terreno nevado, y que si la nieve ardía lo haría permitiendo luego el florecer de una nueva primavera. Hay fuegos que no queman, y de eso estaba ahora convencido.