Irse a Manuel Jabois

Razón no le falta a Kiko Amat cuando dice que le gusta tanto Manuel Jabois que empieza a caerle mal. Después de leer la recopilación de columnas del periodista de Sanxenxo a uno le invaden dos sentimientos. El primero es el que describe Amat. Porque tú llevas toda una vida, que aunque es corta es tiempo, intentando escribir algo que guste y sobre todo que te guste y resulta que ese algo es lo que hacía un tal Jabois desde hace ya unos años. Tras esa primera sensación ya solo te queda rogar, porque no te deja más opciones, como lo hace otro gallego, Henrique Mariño: “Mamá, yo de mayor quiero ser Manuel Jabois”, escribe.

Yo ahora eso lo canto a los cuatro vientos. No puedo hacer otra cosa que suplicar algún parecido con Jabois tras tragarme una a una las columnas que publicó en el Diario de Pontevedra, El Progreso y FronteraD. “Irse a Madrid” se llama el libro, por una columna del mismo nombre en la que defiende que para escribir bien no hace falta huir a la capital. Desmiente así lo que dijo Pío Baroja un día: “Si quiere ser escritor, váyase a Madrid y póngase a la cola”. Yo, por llevar la contraria, por una paradoja o quién sabe por qué, me vi leyendo la primera columna en un tren que me sacaba de Madrid y la última en otro que me llevaba de vuelta, ya con la certeza, eso sí, de que si en Compostela no se puede imitar a Jabois, intentarlo en Madrid es de todo menos de valientes.

Leer a Jabois produce además un efecto extraño. Sin saber cómo has llegado a ese punto, te ves convertido en un promotor de su obra y no ves el momento de sacar un “pues tiene Jabois una columna…” o “justo de eso habla Jabois”. Tú vas por ahí creyéndote un mini-Jabois que solo por repetir su nombre vas a llegar a casa, te vas a sentar delante de un ordenador y vas a escribir como él. Por desgracia, te das cuenta de que todo es una farsa cuando, en mitad de una conversación de peso y sobrepeso con tres amigas, una te dice: “Pero vamos a ver, ¿quién coño es ese tal Jabois?”. Y a ti te duele que no lo conozcan y te pones si cabe más pesado, tanto que hasta sacas el móvil y tecleas con sumo cuidado su nombre en Google imágenes. “Pues sí que es guapo”, te dicen. Entonces sucede que te cae todavía peor, porque no solo escribe como tú querrías hacerlo sino que además, por mucho que te hagas el “guay”, —como lo hizo él en su columna “Morir en Caneliñas”— nunca estarás a su altura. Ese personaje “canalla, errático, noctámbulo y mujeriego” que creías haber inventado ya tenía su apariencia.