Once del once del once

A mí esto de las fechas empieza a cansarme. Y no hablo en sentido figurado, sino que me cansa, me cansa de verdad. Físicamente hablando. Recuerdo que a finales de 1999 muchas personas, de confianza entonces y menos después de aquello, me decían que tenía que aprovechar los días que quedaban antes de que llegara el año 2000, que los había que pensaban que el cambio de siglo se produjo por esas fechas. Yo, por tonto o por si acaso, no pude más que hacerles caso y me dejé el cuerpo en juergas y farras. No fuera que, como me insistían, el mundo se fuera a terminar. El caso es que no fue así y pronto llegó diciembre de 2000 con las mismas advertencias. Y volvieron las juergas y las farras. Las mariscadas y el agua, porque es agua, que venden la última noche del año. “La del siglo, chaval”, me espetó un amigo para añadir: “No, no. La de la historia. La última noche de la historia”. Yo ahí pensé que de lo que en realidad hablaba mi amigo era de la última noche pero en sentido figurado. Algo así como una noche histórica, de esas en las que no resucitas hasta dentro de tres días. Pero 2001 llegó y aquí todo siguió igual. Ese colega mío me dijo que había fallado los cálculos y que en realidad todo acabaría en 2012, y ahí ya me agobié. “Lo leí en un libro, chaval”, me dijo, porque entonces los libros eran como ahora la televisión. Pero hace unos días, después de varias “últimas noches de la historia”, este amigo, un tanto desconocido ahora, me llamó. “El libro no decía la verdad. No pasará en 2012, sino el viernes”. “¿El viernes?”, pregunté un poco nervioso. Porque yo, si se puede elegir, preferiría que esto no acabara entre semana y con la ropa sin planchar. “Sí, sí. Once del once del once. Lo he visto en la tele, chaval”. Será mentira, oye, pero por tonto o por si acaso…