Mañana es domingo y además es otro año

Yo tengo un amigo, de esos amigos que se citan en los textos y cuya existencia está más bien en entredicho, que nochevieja tras nochevieja se dedica a escribir una suerte de propósitos de año nuevo. Los escribe con buena letra en pequeños post-it que luego ordena cronológicamente en pocas al principio, algunas después y muchas cajas ahora. Ha llenado tantas que los últimos cinco años los ha resumido en tan solo un post-it: “Cumplir los propósitos de años anteriores”. Yo, por tonto o por si acaso, he preferido no seguir su ejemplo, que las listas de tareas siempre me han agobiado y más si tienen fecha de caducidad. El caso es que mañana es domingo y además es otro año. Wislawa Szymbrosca escribió una vez un poema: “Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero”, decía uno de sus versos. Yo, desde aquí, pido disculpas a los días, a los meses, a los años que se quedan viejos. Les pido perdón por considerar a los nuevos los primeros. Y a cada una de las noches de sus días, las últimas”.

La línea 1 en época de crisis

En la línea uno del Metro de Madrid suceden muchas cosas. Unas las cuenta Henrique Mariño en este post y otras no. A mí anoche me pasó una cosa que suele suceder si eliges el subterráneo un viernes noche. Sobre todo si vuelves para casa y los demás salen de la suya. En una de las esquinas del vagón te dejas llevar mientras descubres que lo único que distinguen tus ojos son los vaqueros de la gente que se ha puesto delante de ti. Y eso si tienes suerte. A mí, anoche, me tocó lidiar con una pareja que mal, a simple vista, no se lo estaban pasando. Y no es que a mí me guste mirar, pero por si acaso preferí cerrar los ojos, aunque no pude evitar escuchar lo que hablaron en uno de los parones. “Pues Tomás el otro día me envió un mensaje y me dijo que había descubierto unos ojos nunca vistos”, le dijo él a ella. “¿Ah sí?”, preguntó ella. “Sí. Se enamoró de la oficinista del turno de mañana. Ya ves, hasta en época de crisis nos enamoramos”. Y ahí ellos ya siguieron a lo suyo y yo intenté evadirme, que el cotilleo y su vertiente la curiosidad no son buena compañía. Su breve conversación me recordó un artículo de Elvira Lindo que leí hace unos días en el que, acertada, escribió: “La alegría va a acabar siendo un sentimiento subversivo”. Y añadía, al final: “Y dado que la alegría se está convirtiendo en algo subversivo me comprometo a practicarla y difundirla, a riesgo de ser considerada superficial por aquellos que han adoptado la frasecilla «con la que está cayendo» para amargarle la vida al prójimo”. Ya veis. Con la que está cayendo y Tomás se enamoró de la oficinista del turno de mañana.

‘Amarillo’, de Félix Romeo

“A fin de cuentas, lo que está claro es que todas las vidas acaban antes de tiempo”
José Saramago en Ensayo sobre la ceguera


Félix Romeo murió el 7 de octubre en Madrid con 43 años y antes de eso le dio tiempo a escribir tres novelas —Dibujos animados (1994), Discothèque (2001) y Amarillo (2008)—, incontables artículos, reseñas literarias y dirigir el programa de TVE La Mandrágora. Hasta su muerte, yo no había conocido a Romeo; creí haber visto su cara en alguna ocasión, en alguna revista, en la televisión. Puede que fuera el sentimiento de culpa, el notarme un intruso en sus obituarios, lo que me haya llevado a leer Amarillo. Lo hice como se espía desde la mirilla de la puerta. Como se lee la correspondencia de un fallecido a un amigo que se había suicidado. Como un voyeur arrepentido.

Chusé Izuel era uno de los amigos íntimos de Romeo. Un escritor al que una mujer dejó un día 27 y que se suicidó otro día 27. El de febrero de 1992, con 24 años. Quince son los años que Romeo tardaría en publicar Amarillo, una suerte de epístola dirigida a Izuel en la que trata no solo de entender las causas que llevaron a su mejor amigo a precipitarse por un balcón, sino también de desprenderse de una carga de culpabilidad que le acompañaba desde entonces. El 26 de octubre de 1990, Izuel le escribió una carta a Romeo: “Cada vez estoy más convencido de que el acto de escribir, el verdadero y único acto de escribir, consiste en echar toda la puta mierda que llevas dentro. De hecho, no quiero ya oír hablar de creación ni pijadas de ésas. Ni creación, ni hostias. Y lo mismo en cualquier actividad. O te sale de las tripas o no vale una mierda”. Eso hizo Romeo en Amarillo: echar todo lo que llevaba dentro.

Escribió Romeo: “Tu muerte fue una bendición para mí: no habría vuelto a escribir si tú hubieras seguido vivo. No paro de pensar que tu muerte es un siniestro crimen perfecto con un único beneficiario: yo. No te induje. Yo quería que te repusieras, que abandonaras esa tristeza, que a mí me parecía totalmente autoimpuesta, ridícula. No siempre he pensado que tu muerte fue el crimen perfecto. Realmente, sólo fui consciente de ese crimen hace ocho años. Soñé que habías regresado. «He estado dando una vuelta por ahí», decías con una sonrisa en la cara. Me sentía fatal, notaba cómo todo se desmoronaba. Todos los días te presentas como mi mayor culpa, la que me convierte en tu asesino. Siempre he tenido un gran sentimiento de culpa. Si hubiera alguna forma de extraer la culpa de mi cabeza, la utilizaría”.

En una entrevista posterior a la publicación del libro, Romeo negó, no obstante, que hubiera sentido alivio por la muerte de su amigo: “No fue el suicidio de Chusé lo que me convirtió en escritor, porque desde adolescentes ya ambos éramos escritores cachorros. Pero, sin duda, su muerte me cambió profundamente como persona y cambió también mi escritura, de la misma manera que nuestra guerra civil lo hizo con otros autores hace décadas. Y aunque no me gustaría dejar de ser el escritor y la persona que soy, sí me gustaría que Chusé no hubiera muerto. Quizás por eso no logro sentirme aliviado”.

Romeo se acerca a aquello que motivó el suicidio de Izuel a través de los relatos que el último dejó escritos y que luego se publicarían bajo el nombre de Todo sigue tranquilo: “«Todo sigue tranquilo» es el título de uno de los cuentos: en el que un tipo llora páteticamente porque su chica le ha abandonado, y amenaza con suicidarse ante la absoluta indiferencia del narrador”. Todos los relatos de Todo sigue tranquilo hablan de una mujer que deja a un hombre. Todos esos hombres son Chusé Izuel.