El tiempo va a cambiar

Una de las fotos de Latinoamérica de la Antología que Gervasio Sánchez expone en La Tabacalera de Lavapiés, en Madrid, muestra a un militar hablando, sentado, con una chica en vestido, también sentada. Él calza botas negras y su arma observa desde la izquierda cómo éste coge las manos de ella. Cerca del muro exterior del edificio del que cuelga la imagen hay un chaval diciéndole a otra joven que no volverá a pasar. Los dos visten chándal, el chándal de toda la vida, y de sus hombros cuelgan dos mochilas, las mochilas de toda la vida. «No volverá a pasar», insiste. La fotografía, por mucho que uno camine despacio para pillar frases al vuelo, no suelta prenda; pero yo, que soy muy de imaginar la vida ajena, escucho cómo el militar también suelta un «no volverá a pasar». Pero qué no volverá a pasar.

Más adelante, una señora les cuenta a dos de sus amigas que «el tiempo va a cambiar». Y esa es la única certeza: el tiempo pasa, y cambia.

Noche de los enamorados

Félix Romeo escribe en su nóvela póstuma, Noche de los enamorados, que entró en la cárcel por insumisión la noche del 14 de febrero de 1995. Ayer en Madrid, y probablemente en el resto del mundo, fue martes 13 de marzo y en una terraza próxima a la Puerta del Sol una chica de gafas de pasta negra y pelo corto les contaba a tres amigas que Brandon la vio bailando el sábado y no se acercó a saludarla. «Me lo encontré ayer en la calle y me lo soltó así, y yo jodida y queriendo decirle que ojalá se hubiera acercado», les dijo. Yo a Brandon no lo conozco, y su vida, para ser honestos, ni me va ni me viene. Pero por algún motivo estúpido, a mí ayer me entraron ganas de llamar a Brandon, un chaval probablemente vergonzoso, y ponerle al día de lo que había oído. Y no seas tonto y sácala a bailar.

Yo en esa terraza leía sin descanso a Romeo y a sus amigos, que escribieron sobre él tras su muerte. De esos textos se adivina que Romeo era un bonachón enorme en todos los sentidos, un enamorado del amor, de la vida y de sus seres queridos. «Félix supo vivir con cada uno de sus seres queridos su propia historia de amor», cuenta Luis Alegre, que además destaca cómo se despedía siempre Romeo en sus cartas o dedicatorias: «Todos los besos del mundo». Al leer eso, me entraron ganas de impartir ánimos por doquier y de repartir todos los besos del mundo a mis seres queridos. Y puede que hasta animar a Brandon a moverse y dar el paso.

A Romeo lo leí también en Pinar de Chamartín, y allí un chaval de camisa blanca salía de un Passat blanco con una maleta y con sus padres, a quienes decía que estaba «lleno de dudas con Marta». Les explicaba que no sabía si quedarse unos días en casa o coger el metro y acercarse a verla. Sus dudas sonaban a certeza. De su no sé si marchar o quedarme se intuía perfectamente el cuándo sale el último tren y por favor no os enfadéis si no me quedo. Yo ahí pensé en coger el metro hasta Chamartín, comprarle el billete y enviárselo acompañado de todos los besos del mundo. Pero seguí caminando y aún hoy pienso si Brandon se habrá atrevido y si el chico de la camisa blanca habrá cogido el tren.

Todos los besos del mundo.