El poder

Escribe Luc Sante en Mata a tus ídolos: «Solo queríamos que el poder desapareciera, y a veces parecía que ya lo había hecho». La frase bien se puede aplicar al presente, y a nuestro pasado más reciente, entendiéndola como que buscamos que desaparezca el abuso de poder, del poder en su primera acepción: «Dominio, imperio, facultad y jurisdicción que alguien tiene para mandar o ejecutar algo». Al igual que Bogart fue a Casablanca en busca de agua, nosotros vinimos aquí en busca de trabajo y con la esperanza del bienestar; alguien nos había informado mal. Nos juntamos de forma pacífica en las plazas, hicimos lo que siempre nos habían enseñado: levantar la mano para hablar y un año después, nadie escucha. Esto es «un sindiós», escribe Juan José Millás. Un sindiós en el que hay muchas personas que se han erigido como dioses. Nos toca creernos héroes… Solo queremos que el abuso de poder desaparezca, y a veces parece que no habrá forma de que termine.

Reírse de uno mismo (I)

Esta tarde he tenido la suerte de pasar un rato con Fernando Rapa, uno de los codirectores de la Revista Mongolia, y entre otras cosas, me ha recordado algo que en estos tiempos en los que las bolsas se desmoronan solemos olvidar: “Qué importante es saber reírse de uno mismo”, me dijo. Yo en ese instante recordé un texto que escribí no hace mucho en el que intentaba reunir aspectos vergonzosos de mi vida. Por tonto o por si acaso, hasta hoy no me he decidido a publicarlos, pero qué demonios, lo importante es saber reírse de uno mismo:

Estos días se habla mucho de fútbol. Yo jugué al fútbol en un equipo hace muchos años. Duré en sus filas apenas unos meses. Mi retirada estuvo motivada más que nada por el hecho de que no disfrutaba en absoluto, pero el caso es que también era un paquete. Uno de esos paquetes de libro que no levantaba el balón del suelo. De mi etapa de futbolista de tres al cuarto recuerdo sobre todo un momento. Era un día cualquiera por la noche y nos tocaba entrenar el disparo a portería. La cosa consistía en que el entrenador nos pasaba el balón y teníamos que chutar desde fuera del área, y resulta que ahí todos pegaban zambombazos y a mí jamás supe por qué pero todos los tiros se me iban rasos, o lo que es peor, dando pequeños saltos antes siquiera de acercarse al portero. Sea como fuere, al quinto disparo y viendo el entrenador que mis golpes no mejoraban, me llevó a un lado y me puso a disparar de cara a un muro. Y ahí estuve un buen rato, chutando sin descanso, que si no estuve días con el empeine en carne viva era porque otra cosa no, pero unas buenas botas sí tenía. Y total para qué. Yéndonos ya a los partidos en sí, probablemente habré jugado unos quince minutos en total, los cinco últimos de tres enfrentamientos diferentes. Incluso hice un viaje en bus con el equipo. Nos fuimos a un pueblo con playa que tenía el único campo de hierba de la liga. Imagínense, todos los chavales esperaban entusiasmados la llegada de ese domingo. No me voy a demorar más en esto: una vez todos dentro del vestuario, el entrenador, empujado quizás por mis chutes rasos, me comentó que no había sido convocado.

Y qué mejor que terminar la historia hablando del último partido de la competición. Último encuentro, el entrenador tuvo un gesto y los que conocíamos de sobra la madera que hacía de banquillo salimos a jugar la segunda parte. Toqué dos veces la pelota: la primera un simple pase a un compañero, al que por cierto metí en un buen lío; la segunda, la oportunidad de resarcirme, de demostrar a los demás que mis disparos habían progresado. Tras un saque de esquina y un poco de barullo en el área contraria, me vi pegado al poste de la portería, solo, con el balón delante de mis pies. Pensé en todos esos tiros contra el muro, en todos esos minutos sin jugar, pero sobre todo me imaginaba esa palmera que el entrenador regalaba a quien metiese un gol. Levanté la pierna derecha con cuidado, sabía que ese sería mi último partido, bajé poco a poco la pierna, la retirada deseada por cualquiera. Vamos, que sin saber cómo le di con el exterior al balón, que se fue de bruces con el poste y hasta lo hizo sonriendo. Lo dicho, un paquete. Por cierto, ese día, por ser el último encuentro de la liga, el entrenador trajo palmeras para todos. La mía supo a poste y a disparo con el exterior.

Ineficiencia amorosa (I)

Desde el principio tuve las ideas claras, o así pensaba. No es lo mismo tener pesadillas que sueños de mierda. Las primeras te despiertan del susto, te hacen sudar pero ya está. Te despiertas, descubres que no hay monstruos debajo de la cama, que lo que hay en la silla es ropa, solo es ropa, y que nadie te vigila desde la mirilla de la puerta. Las pesadillas son así, pesadillas y ya está, no como los sueños de mierda. Los sueños de mierda son diferentes. Los sueños de mierda tienen ese fatídico efecto de parecer pura realidad, hay quien se pone fino y lo llama realismo mágico pero onírico. Yo no sé lo qué es aunque el otro día tuve un sueño de esos. De esos sueños en los que lo que uno quiere es despertar pero evita hacerlo por saber cómo terminan, no vaya a ser que pasen de verdad. Y en ese sueño estabas tú claro, y también estaba él. Estabas tú y estaba él, cómo no, porque él siempre tenía que estar. Por estar, estaba hasta en tu Rolex, ese que nunca me gustó, y estaba en las pulseras de tus festivales, esas que ya dejaban ver y bastante el paso del tiempo sobre ellas. Estar estaba en todo, incluso en mis sueños de mierda. Estaba tanto que yo dejé de estar. Estabas tú y estaba él, porque él siempre estaba ahí. Estaba en las llaves de tu piso, que era nuestro piso pero antes lo fue vuestro, siempre lo fue, porque él estaba en el color de las paredes, que a mí no me convencían, y estaba en la elección de los sofás y estaba en esa terrible y equivocada decisión de haber eliminado aquella pared de la cocina. Y sí, estaba en nuestra cama, porque antes había sido vuestra, y estaba en el colchón y en ese despertador de sonido insoportable. Y estaba también en las canciones que, supongo, aún hoy desafinas en la ducha, y estaba en el champú de pelo liso y en tus insistencias de que el mío es graso. Tú estabas, él estaba, el que parece que no nunca estaba era yo. Porque él estaba hasta en los cajones de mi ropa y en esa camisa olvidada que a mí no me servía porque lo siento, no tienes sus hombros. En mi último sueño de mierda estabas tú y, claro, tenía que estar él, porque él siempre estaba ahí. Pero no importa, no importa porque estaba tanto que yo ya dejé de estar.

Bailes

Cristina Kirchner anunciaba la nacionalización de YPF y en Asuntos Propios, minutos después, entrevistaban a Xoel López, que saca disco. Xoel López antes tenía un grupo, Deluxe, y en un momento dado hizo una versión de aquellas Perlas Ensangrentadas de Alaska y Dinarama. Y yo pensé que qué mas da todo si queda la música y el baile, aunque no baile porque no sé y porque me da vergüenza, pero qué demonios, por qué no. Llegado el caso, es mejor decidirse a mover la cadera, pero que no sea de caza por Botsuana. Y más ahora, que el resistirse es casi una suerte de terrorismo, las clases tendrán el aforo de una discoteca y los institutos, antidisturbios de porteros. Hay que saber leer entre líneas y lo que quieren es que bailemos. En el programa de Jordi Évole, el comisario de la Brigada Móvil de los Mossos dice que no van a ponerse a darle flores a los manifestantes, y ya se canta en Perlas Ensangrentadas: «Flores pisoteadas». Hablando de flores, los claveles de la revolución portuguesa. También entonces había música: el Grândola, vila morena de José Afonso. Hoy se habla de petróleo y a mí me viene a la mente el del Prestige y Manfred, la persona y la canción de Joan Isaac. Dijo Toni Garrido durante la entrevista a Xoel López: «Yo no sé cómo, pero esto lo vamos a pagar tú y yo, quien nos esté escuchando… No sé muy bien por qué, pero ya hemos asumido que esto lo pagamos nosotros».

Una jodida historia de amor

En Tipos Infames había una fiesta. Era la presentación de un libro, del último de Luisgé Marti, La mujer de sombra. El evento lo organizaba la editorial Anagrama, yo llegué a las ocho y medía y había comenzado una hora antes y había terminado, seguramente, hacía poco. Y pedí un vino y allí estaban, que yo conociese, Fernando Marías y estaba también la que antes era ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde. Y yo me pedí un vino y Fernando Marías solo quiso agua del grifo. Quise pagar el vino pero me dijeron que invitaba la editorial y no les importaba que no hubiera asistido a la presentación. Por si acaso, y para no sentirme mal, diré que La mujer de la sombra habla de sexo y habla del amor y habla del sadomasoquismo. En Tipos Infames había una fiesta y era imposible sentarse a escribir, así que me fui al bar de la esquina, recuerdas, que también nos había gustado.

Y al bar de la esquina me llevé un libro, el conjunto de relatos de Víctor Balcells Matas, que es sobrino de Enrique Vila-Matas, y que ha juntado sus textos en un pequeño volumen cuadrado bajo el nombre de Yo mataré monstruos por ti. Y Yo mataré monstruos por ti. Y allí releí también a Carlos Salem, que escribió un libro que también comienza con un Yo. Yo también puedo escribir una jodida historia de amor. En la contra del libro de Balcells pone: «Relatos de amor y desamor en refinerías, mares, librerías, filmotecas». La editorial que publicó a Salem escribe de la obra de este: «Esta colección de relatos nace de un desafío. Y tras aceptarlo, Salem comprobó que sus cuentos preferidos o los que más le apetecía escribir tenían mucho que ver con el amor». Y yo mataré monstruos por ti y yo también puedo escribir una jodida historia de amor. Cualquiera puede escribir una jodida historia de amor porque cualquiera puede enamorarse. Cualquiera ha creído enamorarse y cualquiera lo estará ahora mismo. Ilsa y Rick lo estuvieron con los nazis y nosotros, las personas de hoy en día, lo estamos con el desplome de las bolsas.

En el bar de la esquina me acordé de aquel lugar de Madrid en el que pinchan con vinilos. Y recordé que tú diste el primer paso. Rememoré aquel beso que me calló después de un sinfín de madrugadas sin dormir. Estaba en el bar de la esquina porque en Tipos Infames se cerraba la presentación de un libro y yo no podía sentarme. En el bar de la esquina hay wifi y también sirven comidas.

Exilio

En uno de los capítulos, o fragmentos, de la crónica que Roberto Bolaño escribió tras su regreso a su país natal, Chile, después de veinte años sin pisarlo, cuenta como Lemebel, a quien el consideraba el más grande poeta de su generación, se extrañaba al notar que había perdido el acento chileno. «Qué edad tenías al marchar de Chile. Veinte. ¿Y entonces cómo pudiste perder el acento? No lo sé, pero lo perdí. Es imposible que lo perdieras, a los veinte ya no se puede perder nada. Se pueden perder muchas cosas. Pero no el acento. Bueno, yo lo perdí». Yo a Madrid vine con veintitrés años y al mes en Galicia ya me decían que parecía madrileño que vaya acento que me traes. Nacer, nací en Santiago y tampoco es que sea la ciudad gallega que más acento traiga preinstalado, pero en Madrid, incluso ahora, me ven gallego solo con el hola. Uno a estas alturas pisa Galicia y allí le ven medio madrileño al mismo tiempo que en Madrid le ven el más de los gallegos. A mí los acentos, de siempre, se me pegaron mucho. Tanto que cuando fui a Asturias regresé con el bable entre los dientes, que me pasaba el día cantando eso que clamaba un grupo asturiano, Mala Reputación: «L’asturianu, llingua oficial». Lo mismo en Euskadi, y peor, que ahí soy capaz de hasta defender que es por mis raíces vascas, que haberlas haylas.

En la misma crónica, Bolaño escribe mucho sobre el exilio, algo de lo que se puede hablar largo y tendido, sobre todo largo, que es lo que le dicen a muchas personas que se exilian. Exiliarse se puede exiliar de un país o de uno mismo, pero siempre es distinto hacerlo queriendo o sin querer. En 1951, Julio Cortázar abandonó Argentina para mudarse a París tras la llegada de Perón. Pero Cortázar no se consideró exiliado hasta el golpe de Videla. «Nunca me consideré un exiliado [antes del golpe] porque para mí el exilio es una cosa compulsiva, y yo vivía en Francia porque me daba la gana. Porque es un país que me gusta, donde me siento bien y donde iba escribiendo mi obra sin dificultades ni problemas. Y de repente, a partir del golpe militar, supe que me había convertido en un verdadero exiliado». Según la RAE, exilio es: «1. m. Separación de una persona de la tierra en que vive. 2. m. Expatriación, generalmente por motivos políticos». Al final, sale siempre el tema de la patria. Cortázar, con Videla, se convirtió en un exiliado, pero latinoamericano, no argentino: «Yo estoy muy contento de ser argentino, pero lo que yo soy es latinoamericano, cosa que molesta incluso a muchos argentinos, porque las nociones de patriotismo lamentablemente juegan demasiado actualmente». Hablando de esto yo recuerdo el diálogo escrito por Adolfo Aristarain y Kathy Saavedra en Martín (Hache): «El que se siente patriota, el que cree que pertenece a un país, es un tarado mental, la patria es un invento. ¿Qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués, una estadística, un número sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos, y eso sí se extraña». Y en cierto modo estoy manipulando, porque borro el último «pero se pasa» del diálogo.

Si hay algo que al marchar se pasa, inevitablemente es el acento. Y este al final lo que determina es el lugar donde se nació, no de dónde se es. Uno es de su gente. Y poco más. La crónica de Bolaño, por cierto, se llama Fragmentos de un regreso al país natal.

Y nosotros

Los nazis entraban en París e Ingrid Bergman, entonces Ilsa, le susurraba a Humphrey Bogart, que era Rick: «El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos». Jabois lo transformó: «El Ibex se hundía y nosotros nos enamorábamos». O la prima, o directamente los hachazos a nuestro bienestar. Y nos recortan ayudas al alquiler y nosotros amanecemos juntos. Y sube la gasolina pero nos quedan las estaciones de servicio. En otro orden de cosas, Ricardo Cantalapiedra se preguntó: «¿Cuántos seres queridos tiene una persona normal?». Respuesta no hay, pero Javier Marías, en Los Enamoramientos, acerca algo interesante, también sobre seres queridos. Sobre quien fue ser querido de alguien que ahora lo es nuestro. O no: «Todos somos remedos de gente que casi nunca hemos conocido, gente que no se acercó o pasó de largo en la vida de quienes ahora queremos, o que sí se detuvo pero se cansó al cabo del tiempo y desapareció sin dejar rastro o sólo la polvareda de los pies que van huyendo, o que se les murió a esos que amamos causándoles mortal herida que casi siempre acaba cerrándose. No podemos pretender ser los primeros, o los preferidos, sólo somos lo que está disponible, los restos, las sobras, los supervivientes, lo que va quedando, los saldos, y es con eso poco noble con lo que se erigen los grandes amores y se fundan las mejores familias, de eso provenimos todos, producto de la casualidad y el conformismo, de los descartes y las timideces y los fracasos ajenos, y aun así daríamos cualquier cosa a veces por seguir junto a quien rescatamos un día de un desván o una almoneda, o nos tocó en suerte a los naipes o nos recogió de los desperdicios; inverosímilmente logramos convencemos de nuestros azarosos enamoramientos, y son muchos los que creen ver la mano del destino en lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano». E Ilsa podría haber dicho: «El mundo se derrumba y nosotros nos erigimos y fundamos».

Fragas do Eume

¿Lembras, Galicia, cando choviamos? ¿Cando batiamos récords de auga por metro cadrado e cando convertiamos en postais as rúas empedradas? ¿Lembras as praias impolutas, a Man de Camelle? ¿Lembras os bosques, os montes, as hectáreas que nos roubaron? ¿Lembras os pinos, os carballos? ¿Lembras cando os únicos lumes eran os da noite de San Xoán? ¿Lembrarémonos, Galicia, das Fragas do Eume?

¿Recuerdas, Galicia, cuando llovíamos? ¿Cuando batíamos récords de agua por metro cuadrado y cuando convertíamos en postales las calles empedradas? ¿Recuerdas las playas impolutas, a Man de Camelle? ¿Recuerdas los bosques, los montes, las hectáreas que nos robaron? ¿Recuerdas los pinos, los carballos? ¿Recuerdas cuando los únicos fuegos eran los de la noche de San Juan? ¿Recordaremos, Galicia, las Fragas do Eume?