Te quiero, yo tampoco [II]

Te quiero, yo tampoco [I]

Habla Gainsbourg: «Hay una historia extraordinaria, que me contó Lord Snowdon, que hizo el arte de mis discos reggaes. Él acompañaba a la princesa Margaret a islas lejanas, en Oceanía. La orquesta de tambores que se encontraba en la isla conocía sólo dos melodías: el himno inglés, God Save the Queen, y Je t’aime… Moi non plus». La canción de Gainsbourg y Birkin, con perdón de Brigitte Bardot, terminó siendo el himno sexual que actuó de telonero en cualquier cama. Birkin contaría más tarde que el sexo era la obsesión de Gainsbourg. La canción, de hecho, puede resumirse en un ir y venir entre riñones, aparte del te quiero, yo tampoco. El músico francés no es que fuera el tipo más guapo del mundo, pero hasta eso lo utilizaba: «Puede que sea feo, pero la fealdad es más fuerte que la belleza: al menos, dura para siempre». Incluso llegó a denominarse a sí mismo como «el hombre con cara de repollo». Le importaba tan poco el físico y se lo creía tanto, que eran sus parejas las que se planteaban si eran lo suficientemente atractivas como para caminar a su lado. Cuando le conoció, Birkin, que también era modelo, pensó que a Gainsbourg no le parecería demasiado guapa y que jamás se interesaría por ella: «No parecía querer hacerme mucho caso». No obstante, Gainsbourg para ella tenía la cara más interesante que había visto nunca, «con unos extraordinarios ojos tristes y una boca preciosa. […] Su gran atractivo radicaba en que hacía reír y era extremadamente erótico». Él nunca llegó a creerse de todo su éxito, aunque puede que eso fuera parte de una falsa modestia bastante descarada. Un día podía soltar que jamás se habría imaginado que fuera él quien se acostaba con las intérpretes de sus canciones —«bueno, no con todas»—, y al siguiente afirmar que, de ser más guapo, se moriría de agotamiento. De hecho, años antes de morir, Gainsbourg concedió una entrevista póstuma a Libèration. En ella, imaginaba que se había muerto después de acostarse con una mujer y que aún le esperaban otras cinco. Y lo cierto es que murió solo, en su cama, de una parada al corazón.

¿Por qué «te quiero, yo tampoco»? «Porque soy demasiado púdico para decir yo también».

Te quiero, yo tampoco [I]

Jane Birkin y Serge Gainsbourg se conocieron en el rodaje de la película Slogan, en la que el segundo interpretaba a un anunciante casado con una mujer embarazada que conoce en París a una joven inglesa llamada Evelyne [Birkin], con la que se va a vivir a las pocas horas de conocerse. Durante los primeros días de rodaje, la relación entre ambos era más bien hostil. Gainsbourg, francés, llegó a decirle a Birkin, que, como la mujer que interpretaba en la película, era inglesa: «Si no hablas francés, no entiendo por qué haces esta película». El director de la cinta, Pierre Grimblat, pensando que la cosa se podía ir al garete si los dos no se llevaban mejor, decidió organizar una cena a la que debían asistir los tres. Pero Grimblat lo tenía todo pensado. Confiaba en que si él no aparecía, entre Birkin y Gainsbourg surgiría algo. O al menos dejarían de lanzarse objetos durante el rodaje. Lo que sucedió esa noche, según Birkin, recién separada del compositor John Barry, fue lo siguiente: «Pierre Grimblat, el director, organizó una cena para nosotros. Quedé con Serge, pensando que sería un arrogante. Me sorprendí cuando, al sacarlo a bailar a la pista, dijo: “No, no sé bailar”. Me pisó y yo pensé que era encantador. Luego me llevó a un club nocturno ruso, donde hizo que todos los músicos tocaran para mí en la acera. Fuimos a otro club, y cantó con Big Joe Turner. Más tarde, me llevó al hotel Hilton. Yo entré en el baño, y al salir, él se había quedado dormido, lo que me dio el tiempo suficiente para comprarle el disco que habíamos bailado. Lo dejé entre sus dedos y regresé a mi hotel. Fue la más romántica de las noches». Bien. Esto es lo que cuenta Gainsbourg, liado aún entonces con Brigitte Bardot: «La llevé al Hilton solo para follármela. Y allí metieron la pata terriblemente: “Entonces, señor Gainsbourg, como siempre en la 315”. Estaba tan borracho que no la toqué. Cuando la tuve, además, no supe bailar. Eso la conmovió mucho. Yo era un desastre». Gainsbourg era así. Para la historia quedará esa entrevista en la que el francés le suelta, visiblemente borracho, como de costumbre, a Whitney Houston: «Quiero follarte». El caso es que el director de Slogan estaba en lo cierto, y el lunes siguiente los dos entraron en el estudio cogidos de la mano. Faltaban meses para que grabaran, según The Guardian, la canción más sexy de la historia.

Je t’aime… Moi non plus fue, según Gainsbourg, la primera canción erótica impulsada por el Vaticano. Manuel Jabois la define como una canción «sembrada de alcohol, susurros y jadeos que acaba como acabará el mundo: con un orgasmo implacable». El artista francés la grabó en 1968 con Brigitte Bardot, pero esta le pidió que, por su marido, no la hiciese pública. Gainsbourg aceptó, aunque un año más tarde, en 1969, le espetó a Birkin: «¿Quieres grabarla conmigo en Londres?». Birkin no dudó: «Lo hice porque no quería que lo hiciese nadie más», reconoció años después. La relación entre Birkin y Gainsbourg se alargó durante veinte años. Dos década en la que el francés no se separó jamás de sus botellas, algo que terminó por cansar a Birkin: «Era alguien que bebía mucho. Empezó siendo divertido los diez primeros años, pero luego se convirtió en algo monótono. Después de dejarlo, por extraño que parezca, me escribió las mejores canciones que me había hecho nunca». Gainsbourg siempre fue consciente de sus excesos: «Éramos una pareja. Jane era la misma mano, la mía. Soportaba mis excesos de bebida. Ella sufría porque yo me volvía muy violento, bruto. En el test de Proust, a la pregunta “¿por qué error tienes más indulgencia?”, respondí: “Los errores de los golpes físicos”. Fui duro con ella. Era un amor violento». Gainsbourg se dio cuenta del agotamiento de Birkin después de comprarle un Porsche en 1980: «En el verano del 80 le compré un Porsche Targa, cuando ella ya tenía un pie fuera. Yo no lo sabía, me quedé pasmado. Fue doloroso. Le di el Porsche y vi en su mirada que ella pensaba que yo le había dado esa máquina para que se matara. Quizás es mi sensación, pero creo haber visto esa luz de terror. Después del Porsche, tenía los dos pies fuera. Era irreversible, me había pasado demasiado. Era insostenible para ella, yo la molestaba, era innoble. Me lo busqué. No fue maldad, fue pasión. La perdí por mis excesos». Pese a todo, Birkin llegó a confesar, tras la muerte de Gainsbourg, que nunca dejó de estar enamorada. Fueron amigos hasta el día de su muerte: «Me llamó por teléfono a Londres para decirme que me había comprado un diamante grande, porque yo había perdido uno que me había dado. Le dije: “¡Oh, deja de beber, Serge!”. Un día después, el 2 de marzo de 1991, murió». Hace apenas un año, Birkin escribió: «Serge vuelve a mí como un fantasma con su chaqueta de pana, le rodeo por la cintura y le digo: “Quédate un poco más”. Y responde: “No, me tengo que ir”. Lo echo de menos. Toda Francia lo hace. Fue fiel y amable hasta el final».

Te quiero, yo tampoco [II]

Conversaciones sin crisis: Manuel Jabois (I)

Es viernes 8 de junio. Manuel Jabois llega a Madrid para pasar el fin de semana en la Feria del Libro firmando ejemplares del último libro que ha publicado con Libros del KO, Grupo Salvaje. Y supongo que también para salir de farra por la capital, aunque esa es otra historia. La conversación estaba prevista desde hacía varios días. El jueves me envió, ya de noche, un último correo, ofreciéndome varios lugares en los que charlar: “Cazorla, en Alcalá con Raquel Mellar; Rock&Niños, en Alcalá 230; y Tendido 11, frente a Las Ventas”. A mí, que no conocía ninguno de ellos, me hizo mucha gracia eso de Rock&Niños, así que con la ingenuidad del tipo que lleva apenas un año y medio en Madrid, pensé que el sitio bien podía existir, peores cosas se han visto. Lo escogí sin dudar. La realidad quiso que el local en realidad se llamase Rock&Vinos y, para mayor desgracia, no abre de mañana. Recibo un mensaje vía Twitter. Es Jabois: “Llego quince minutos tarde”. Yo desesperado, sin saber qué hacer, perdido en mitad de Alcalá. ¿Le escribo y le digo ya otro sitio? Entre tanto pensamiento y tanta tontería, escucho un grito desde el otro lado de la calle. Y ahí está: Jabois, pelo largo, gafas de sol, camisa blanca con el primer botón desabrochado, vaqueros y botas elegantes. Cruza la calle, lo acompaña Ana, su pareja, embarazada, y un amigo. “Está cerrado. ¿Sabes?, cuando me enviaste eso de Rock&Niños pensé inevitablemente en un sitio religioso”, le digo para resultar algo gracioso. “Maldito corrector del iPhone”, responde. En todo caso, sin llegar a planearlo demasiado y como un buen par de antitaurinos, escogemos como segunda opción el bar taurino Tendido 11. Y así terminamos desayunando tres cañas con la plaza de toros de Las Ventas observándonos desde la otra orilla.

A ver si lo conseguimos y no hablamos de periodismo, que al final siempre caemos en lo mismo.
Es muy endogámico. En eso tengo la suerte de que mis amigos son ajenos a mi trabajo. Se toca la actualidad, sí, pero cualquier cosa sirve. Nunca tuve esa obsesión por charlar sobre periodismo a cada rato.

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Cantan porque la mañana va a llegar

Habla el poeta brasileño Thiago de Mello: «Escribí un libro que se llama Está oscuro, pero yo canto, que fue inmediatamente prohibido por la dictadura, hoy ya traducido a tantos idiomas. Una vez estaba en mi casa, en Río de Janeiro, cuando de madrugada entró la policía con ametralladoras y me cogieron preso. Fue una de las tantas veces que he estado en la cárcel. Es el precio que tuve que pagar por la justicia. La nueva celda era muy alta. Había un catre, ratones, cucarachas. Yo estaba bastante deprimido, empezó a entrar la luz de la mañana y vi que en el muro de la celda había muchos trazos, pero fue entrando más luz y me di cuenta de que había palabras. Con la claridad pude leer: ‘Estaba oscuro, pero yo canto porque la mañana va a llegar’. Algún compañero que estuvo allí antes de mí se salió de mis versos para ganar fuerzas y súbitamente esos versos dejaron de ser míos, para ser puramente poesía y darme fuerzas a mí también, que estaba cagándome de miedo». En el marco del libro, De Mello escribió una suerte de nuevos estatutos para el ser humano, constituidos por doce artículos, por ejemplo, este: «Por decreto irrevocable / queda establecido / el reinado permanente / de la justicia y de la claridad. / Y la alegría será una bandera generosa para siempre enarbolada en el alma del pueblo». O este: «Queda decretado que las personas / están libres del yugo de la mentira. / Nunca más será preciso usar / la coraza del silencio / ni la armadura de las palabras.» O este: «Queda decretado que el mayor dolor / siempre fue y será siempre / no poder dar amor a quien se ama, / sabiendo que es el agua / quien da a la planta el milagro de la flor». O este otro: «Decrétese que nada estará obligado ni prohibido. / Todo será permitido, / incluso brincar con los rinocerontes / y caminar por las tardes / con una inmensa begonia en la solapa». Incluyó sin embargo una excepción a ese nuevo decreto: «Sólo una cosa quedará prohibida: / amar sin amor». Alguien me dijo que los estatutos, leídos al son de una canción de Bon Iver, resultan todavía más estremecedores. Hoy tocan Los Evangelistas en Madrid. Podíamos ir.

Conciertos

Hay canciones que son para follar y otras que están hechas para escuchar mientras haces el amor. O mientras él te hace, que decía Cortázar: «Ven a dormir esta noche. No haremos el amor. Él nos hará». Me gusta, es evidente, la categoría moleskine del blog de Ramón Lobo, y siempre encuentro un hueco para citarle. «La música es un chaleco antibalas contra la estupidez y la mezquindad». Repaso la lista de conciertos del verano y no puedo hacer más que tambalearme suspirando. Cada cartel de agotado es como una especie de rechazo. Mierda, qué tarde hemos llegado. En el Jazzaldia tocan aquellos que al principio eran demasiado pero luego, y voy a traducirles, entendían aquello que no se podía decir. Están por Donosti y la última vez el plan, la locura, el delirio, era verlos en New York allá por el mes de enero. Pues el 22 de julio se dejarán ver por Donosti pero ya da igual, porque no quedan entradas. Diecinueve días antes, las cosas son así y es mejor no darle muchas vueltas, estarán en la ciudad de Saint-Exupéry. En Lyon. En ese pequeño París levantado para mudarse a vivir allí. Pero tampoco importa. «SPECTACLE COMPLET», anuncian en letras grandes. The show must go on, venga, que sí. Que debe continuar y ya habrá otras ocasiones. La lista es infinita. El 22 de julio, a pocos kilómetros de Donosti, toca el del, y esto es literal, «amor flaco». En un sitio que llaman Palacio Euskalduna. Y, que no, que mejor no darle muchas vueltas, las cosas son así, también él estará el 30 de julio por Lyon, ese pequeño París levantado para mudarse a vivir allí. Para escuchar al buen invierno aún quedan entradas. Pocas, caras. Me rasco entonces los bolsillos y las preguntas que todavía no puedo hacer. Hay canciones que pierden su identidad y se convierten en noches a su lado.

De tangos

Esta noche leí sobre tangos porque me imaginé en Buenos Aires. Y pensé que para imaginarme bien en Argentina debía saber algo de tangos. Quien escribe sobre tangos, sobre poética tanguera, es un bailarín, Ramiro Gigliotti. «Enamorados en tiempo de tango», se titula el texto. Empieza: «Las letras de los tangos hablan de la soledad, del lugar de pertenencia, de la identidad, de la muerte y —por supuesto— del amor. No son pocos quienes se apresuran a creer que los tangos solo están poblados por muchachos abandonados que llorisquean por la dama que los dejó; sin embargo, un análisis apenas ligero revela que en el tango se expresan situaciones que hablan del amor con una complejidad que trasciende el lamento córneo y sus pudorosas consecuencias». Gigliotti repasa así las obras de Manuel Romero, José María Contursi, José Canet, Luis César Amadori, Enrique Santos Discépolo, Celedonio Flores, Homero Manzi, Homero Expósito y Alfredo Le Pera. Pero yo al único que conocía un poco era a Carlos Gardel. Y después de todo no sé si me gusta el tango. A quien sí le gustaba el tango era a Ray Bradbury. Llegó a decir de Gardel que «fueiserá» el mejor cantor de tango de la historia. Bradbury aparece incluso en la letra de una canción de tango, que escribió en su día Horacio Ferrer. Dice: «Se rechifló el colectivo que tomé para tu casa / yo vi que el colectivero, por Sandiablo, bocinaba / raros tangos que Alfonsina con Ray Bradbury bailaba / sobre el capó en un tumulto de camelias y galaxias…». Ray Bradbury murió hace pocos días y la revista QUO publicó entonces una de las últimas entrevistas que había concedido. Hablaba sobre el futuro y le preguntaron cómo sería dentro de unos años el amor y la amistad. «No cambiará. Seguiremos siendo los mismos estúpidos románticos», respondió. Y sobre todo lo primero Ray, lo primero acompañando a lo segundo.