La última fila del cine

Ayer fui al cine y, de tan lleno, no tuve más remedio que sentarme en la última fila de la sala, con tan mala suerte de que a cada movimiento, por leve y sutil que fuese, aquello crujía como un colchón de muelles sueltos. Nunca se me dieron bien las últimas filas de los cines. La primera vez fue como todas las primeras veces, horrible e imposible de olvidar. Demasiado joven y hormonado, sin casa y sin coche, a uno entonces se le ocurre que el mejor lugar para intimar es el oscuro fondo de una sala de proyecciones. Y ahí fui con ella, que al final ni primera ni hostias. A nuestro lado, dos asientos más allá, se sentó un chaval de esos que te joden la película, vayas a verla o a meter mano a quien te acompaña. El tipo, pues yo lo odiaba y aún hoy tengo cierto resquemor, no dejó tiempo a que apagaran las luces para encenderse un cigarro. Yo veía que mi acompañante no dejaba de mirarle, como hipnotizada por el humo. Aunque por naturaleza soy cobarde pero altivo, quise hacerme el héroe, tal que le espeté al otro: “Eh, tío, aquí no se fuma, ¿vale?”. “¿Me lo vas a impedir tú o qué?” Y eso es lo peor que le puede pasar… Que le puede pasar a alguien como tú, que de héroe poco y de masa muscular menos todavía. Así que siguió fumando y ella mientras despistada con los aros perfectos que exhalaba el imbécil de su boca, ensimismada con la chispa del pitillo al inspirar. “Perdona, ahora vuelvo”, le susurré al oído de la forma más sensual que pude, casi como si le regalase un sucinto ósculo. Ella no respondió, y hoy ya sospecho que no fue porque se excitó tanto que ni hablar podía. Enfilé las silas hacia el pasillo, salté por encima las piernas estiradas del payaso del cigarro y salí de la sala en busca de alguien que me arreglase la noche: el acomodador. “Oye, perdona”, yo perdonaba siempre antes de hablar, “hay un joven fumando dentro de la sala y nos está molestando”. El acomodador leía y creo que le jodí la lectura sin esperar a que llegase al punto, que es una de las peores cosas que se le puede hacer a alguien. Lo miré con pánico, como intentando transmitirle que yo tampoco había llegado al punto por culpa de un macarra. Cogió su linterna y entró en la sala, yo delante, como guía. Caminé deprisa, con una sonrisa que era una suerte de victoria. “Ahí, en la última fil…” Ahí. Ahí estaban. Los dos. El imbécil del cigarro y ella, pitillo pegado al labio inferior. Y el final no importa, pero lo cierto es que la película no estaba tan mal.

Te recuerdo Amanda

Hace unos años yo no sabía quién era Amanda ni quién Manuel. Entonces, cuándo, tampoco sabía de Víctor Jara, ni conocía calles mojadas que no fueran las de Compostela, o sí, pero solo estas podrían, pensaba, hacerse canción. Lo que sí entendía eran las sonrisas anchas, aquellas sonrisas de los días en los que en casa se cantaba el Te recuerdo Amanda. A mí lo que me gustaba era ver y escuchar a mi padre y a mi madre entonarla. Y sin saberlo al final se coló Víctor Jara y puede que aún hoy no lo comprenda pero sí, qué diablos, la vida puede ser eterna en cinco minutos.

Ayer un juez procesó a siete exmilitares por el asesinato de Víctor Jara.

Dos semanas para investigar y otra para escribir

Llego tarde al documental Page One: A Year Inside the New York Times. Se centra en el periódico claro, en su futuro, en el papel, en lo digital. Lo de los últimos años, y si me apuran, lo de siempre.

A mí, no obstante, me fascina más uno de los periodistas que sale en la película, David Carr, columnista y redactor de medios en el diario. Y sobre todo uno de los intercambios que mantiene con el redactor jefe delTimesBruce Headlam. Carr prepara un tema sobre la caída de la Tribune Company y el nebuloso estilo de vida de sus directivos. Para cuándo lo tendrás, le pregunta Headlam, o algo así. “Voy a estar dos semanas más investigando y otra escribiendo. Luego te lo enseñaré”, le espeta Carr, voz ronca y cabeza echada sobre el cuello.

Dos semanas más investigando y otra escribiendo.

Sigue en JotDown –>