Diego López

El Real Madrid ficha al portero Diego López y yo, que abandoné el fútbol por incompatibilidades con una portería, recuerdo uno de los primeros lugares a los que me envió La Voz de Galicia para probar mis cualidades como reportero local. Estaba en Santiago de Compostela y por supuesto mi destino, el de aquel chaval que se creía corresponsal dicharachero, era una de las parroquias de la ciudad. Allí se reuniría a mediodía la Orden del Camino para nombrar nuevas damas y caballeros de la congregación. Todo muy actual, con sus birretes, sus espadas, sus cruces y sus veneras. El caso es que uno de esos novicios era Diego López, entonces portero del Villareal. Cuando entró en la iglesia yo me protegía tras uno de los pilares que daban acceso a la nave central y desde allí apuntaba en un cuaderno vacío absolutamente todo lo que acontecía, como si pensara en llegar al periódico, estampársela a mi redactor jefe y espetar: “Tira lo que tengas que traigo la portada de mañana”. Y al final de todo aquello resultó una terrible columna en la contraportada que concentra una buena dosis vergüenza y no por el lugar común de la primera línea o los consiguientes tópicos, sino más por lo reciente de la publicación.

Sal en las calles

Dicen que nieva y poco más y salifican las calles. No es que me parezca mal, que el invierno siempre tuvo algo de amargo. Y la nieve de utopía, algo así como el horizonte. No importa cuánto te acerques que se escapa al mismo paso. A mí la nieve no es que me disguste. Antaño, así parezco menos joven, era habitual el día en el que el patio del colegio era la campiña donde tenía lugar una contienda con bolas de nieve como armas. Balas blancas, cantaba Barricada. De chaval uno nunca sabe dónde está el límite entre la diversión y el combate de verdad y al final de allí salíamos todos a hostia limpia con los guantes escarchados. En fin, la efeméride se prohibió con el paso de los años y yo recuerdo como nos plantábamos todos en el cubierto mirándonos con rabia: “Si estuviéramos ahí fuera te iba a soltar un bolazo que ríete tú de Normandía”. Al tiempo, ya con curro y el colegio convertido solo en un diploma, entendí que la nieve mola si no hay que conducir. Era viernes y yo solo pensaba en coger el coche, procastinar siete horas en la oficina y luego salir de la ciudad con las vistas puestas en el pueblo de mi novia. Y todo lo más que pude hacer fue atascarme a primera hora de la mañana y ver cómo entre hielo y nieve deslizaban el auto en dirección a la cuneta, casi a la misma velocidad con la que se desmoronaban las expectativas de sexo el fin de semana.

Gonzalo Canedo

En el restaurante de una amiga mía en Compostela, que se llama Rúa y está en la rúa de San Pedro, hay una barra con bajos de cristal en los que se escribe y se reescribe la literatura gallega. En 2011, por esto del Día de las Letras Galegas, se leía a Lois Pereiro:

Teño liberdade de acción para exiliar o meo espírito no Ártico, en Asia ou en Nepal, e teño permiso para que nada humano me sexa alleo. Por iso podo decidir militar na miña propia lingua.

Mi amiga, que como su restaurante se apellida Rúa, completaba el texto con aquel verso que, deitado frente ao mar, escribió Celso Emilio Ferreiro:

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Preguntas sin respuesta

Me llegó la noticia de la muerte de E.M. cuando preparaba, casi finiquitaba, un artículo para el blog. El cometido era el siguiente: hablar de esa frustración tan periodística y tan de todo lo demás que son las preguntas sin respuesta. Partía de la mal llamada entrevista al rey que se emitió el pasado viernes en RTVE y hacía una suerte de comparación, distancia, con las entrevistas de David Frost a Richard Nixon. La historia, en resumen, era un poco así: Nixon y Juan Carlos buscan lavar su imagen; Frost y Hermida se presuponen entrevistadores amables. El primero sorprende, aún al final, por preguntar lo que debía. El segundo… El segundo cumple con la presuposición. Con creces.

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