Vocación

No recuerdo muy bien el día pero sé que era antes de esas comilonas que se hacen para juntar a la familia. Debía ser grande porque la persona que se me acercó era uno de estos familiares de los que, por dejadez, no sabes ni su nombre. “¿Y tú de mayor qué quieres ser?”, me preguntó. “¿Yo? Escritor”, respondí. Entonces, era pequeño, estaba aficionado a la serie de Jordi Sierra i Fabra Los libros de Víctor y cía y creo que en realidad lo que quería contestar era: “Víctor, yo de mayor quiero ser Víctor, que nunca será mayor”. El hombre sin nombre, aunque familiar, me miró con cierta condescendencia. Me explicó que uno no podía ser escritor por mucho que escribiese y yo todavía dudo de aquella afirmación pero el caso es que, sin saber muy bien cómo, salí de allí convencido de que lo que yo quería era ser periodista. Y a partir de ahí mis cercanos ya respondían por mí a esas cuestiones: “El chico tiene vocación de periodista”. Se decía tanto eso de la vocación que por momentos pensaba que acabaría estudiando periodismo en el seminario.

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Periodismo es algo más que publicar

George Orwell, que es alguien a quien nos gusta mucho citar, dejó escrito, o dicho: “Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas”. Las personas que nos dedicamos a esto aplaudimos sin descanso esa sentencia y la recuperamos siempre que podemos, como yo ahora. Lo hacemos con lamento pero también con una pizca de esperanza, puede que ilusión. “Todo lo demás son relaciones públicas”. “Todo lo demás son relaciones públicas”. Nos lo repetimos de forma incansable. Normalmente acudimos a ella tras una discusión, interna o con más gente, en la que de forma habitual salta esa pregunta que tan poco gusta a algunas personas: “¿Estamos haciendo periodismo?”

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El tren nocturno (I)

El coche 18 del tren nocturno es, junto al coche 20, el más alejado del vagón cafetería, lo cual no deja de resultar curioso, ya que la tercera clase es más dada a la juerga que la primera. Yo de siempre pensé que viajar en turista era significado de colarse en cenas con la gente extraña de los camarotes espaciados y bailes irlandeses sobre mesas de madera. En el coche 18 del tren nocturno hay un camarote con las camas 25, 26, 21 y 22 y no me pregunten el por qué de que no sean números continuos. A mí me tocó ocupar la cama 25, que está encima de la 21 y a la misma altura que la 26. En la 21 viajaba el que a partir de ahora conoceremos como el hombre de 60 años, un tipo que viajó por vez primera en el tren nocturno allá por 1972. “Recuerdo perfectamente las paradas que entonces hacíamos en Ávila. Por megáfono había un señor que siempre repetía: Tren-hotel, procedente de, Madrid, destino, A Coruña, va a efectuar su salida. Hacía una pausa más larga y luego añadía: Los gallegos pueden subirse también“. Así durante varios meses. Un día casi me bajo. Qué ganas tenía de decirle cuatro cosas”. En la cama número 26 se instaló el que de aquí en adelante llamaremos compañero número dos, un informático de poco más de 40 años que se vio obligado, según él, a viajar en el tren nocturno por culpa de Ryanair: “Yo no tengo la culpa de que su sistema informático no reconozca mi billete. Ahora, yo ya se lo he dicho, a partir de ahora haré todos los trayectos en tren. No me vuelven a ver”. El compañero número dos llegó al camarote, como yo, media hora antes de que el tren se pusiese en marcha. Era su primera vez en este medio de transporte y no dejaba de preguntar dónde enchufar el móvil o en qué lugar se solía dejar el equipaje. A mis respuestas añadía siempre un “gracias por la información”, tan alto y tantas veces que yo me sentí por un momento el dueño de la Renfe. Previamente al recargo de la batería de su teléfono dedicó quince minutos a fotografiar sin descanso el coche número 20: “Lo quiere la jefa y si la jefa lo quiere yo se lo doy”. Hasta grabó un vídeo en el que yo salía tanto que poco más y saludo a cámara: “Mamá, lo he conseguido”, al igual que dijo Lebron James cuando Barack Obama recibió a los Miami Heat en la Casa Blanca. El hombre de 60 años llegó cinco minutos antes de partir, aunque lo habíamos visto atravesar la puerta por lo menos diecisiete veces en busca de quién sabe qué. Ya instalados, el revisor pasó a comprobar los billetes y el compañero número 2 se mostró preocupado: “Oye, ¿y el vagón cafetería dónde queda? ¿Lejos, no?”. “Sigan todo recto en esa dirección, no tiene pérdida”, le respondió el revisor sin siquiera mirarle, en lo que yo vi claramente un toque de sarcasmo. “Pues yo me voy a cenar”, dije, provocando la reacción del hombre de 60 años: “De eso nada. Nos vamos todos juntos. Una o dos cervezas antes de dormir”. Continuará…