Futuribles

Olvidé ya el sitio, quizás no apunté el enlace, en el que leí: “No conozco a ningún periodista que no tenga puesta la mirada en las señales de salida”. Lo escribió una periodista que dejó, contaba, la profesión cerca de los treinta. A mí la afirmación me llevó de inmediato a un taxi. Imaginario, vaya. Tengo muchas rarezas y una de ellas es la de memorizar la placa que los taxistas colocan entre la puerta delantera y la trasera. En ella figuran el número de licencia y la matrícula del coche. Todo es cuestión de futuribles. Que ocurrirá en un futuro si se cumplen determinadas condiciones. El futurible, para la periodista, seguía siendo la redacción. De ahí la huida. En el caso de los taxis, el futurible, imbecilidad aparte, sería un secuestro. O una carrera incierta. Qué quieren que les diga. Al final esto se resume en futuros si se cumplen determinadas condiciones. La acepción recoge una suerte de inercia a la hora de hablar de condiciones. Si se cumplen. Y si no, al carajo. Se siente, pero el esfuerzo es imperioso. Leo El pintor de batallas, de Arturo Pérez-Reverte: “De no haberse dejado llevar por su búsqueda de lo intenso, por la necesidad de recorrer el límite exterior de lo razonable sin renunciar a su memoria y a su cultura, o de haber vivido lo suficiente para alcanzar la sombra de sí misma que perseguía a largas zancadas…”.

Hace unos días, de madrugada, volvía a casa con el quiero irme entre los dientes. Ya saben. Las señales de salida. La búsqueda de lo intenso.

Los quiero irme, sí. Pero cuántos. Cuántos sin el vámonos.

Ya luego nos coseríamos nuestras sombras. Sombras que por suerte abandonaron el deber.

Las eses de Antonio Vega

Ojos divisan infinitos semilla sol espiga deseo manos abismos sitio escenario cuesta más silencio brisa crepúsculo soledad barcas mecéis dormidos consulta pasajeras desperezad alas señal ríos. Las eses de Antonio Vega. Y son solo algunas, valgan las tres eses. El sitio de mi recreo y La hora del crepúsculo. A Antonio Vega lo vi poco antes de morir. De morir él, digo. Una figura infinita inmóvil a quien terceros le cambiaban las guitarras. Me acuerdo de aquello, de una pose gibosa y de un rostro invisible tras un pelo en cascada. Recuerdo todo eso y también las eses. La cadencia de sus eses. El modo en que dejaba permanecer la ese entre letra y letra. Palabra y palabra.

En fin, que quizás todo esto solo sea una estupidez.

Olimpiadas

En un acto ilógico trataba de recordar el día en el que vi pasar la antorcha olímpica por Ourense en 1992 y va Wikipedia y me saca de mi estúpida obsesión: el 3 de julio. Entonces vivía en la calle Peña Trevinca y a saber qué hacíamos en casa mi hermano, mi madre, mi padre, nuestro pastor alemán y yo, pero llegado el momento nos asomamos al balcón, o a la ventana, ya no sé, y desde allí vimos la llama en manos de Marta Bobo, rodeada de varios atletas, perseguida por algunos coches y con tantas personas apelotonadas en la acera que uno ya dudaba si aquello no sería una cabalgata postergada.

He olvidado si la imagen que evoco es la del instante o simplemente la de la fotografía que tomó mi padre desde el balcón, o ventana, ya no sé. Tenía cinco años, ya veis, qué crío. Y ya siento la más que probable decepción, pero de aquella no leía el periódico. Si lo hubiera hecho, sabría, bendita hemeroteca, que Marta Bobo dejaría la antorcha en el pebetero ourensano -¿había un pebetero por municipio?- a eso de las diez. Y que en el acto de recibimiento de la llama no estaría Manuel Fraga por “la presumible enemistad” con el alcalde, que era del PSOE.

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El mundo, ese lugar extraño

La cosa va de amigos y yo tengo uno que ayer de madrugada me llamó alarmado: “¿Te has enterado?” Respondí que sí, que justo leía a Jon Lee Anderson en El Puercoespín, pero ni caso debió hacerme, porque a continuación me dijo con cierto nerviosismo que vaya, la que podía montarse si no “ganábamos nosotros”. Mi amigo siempre fue defensor de Chávez y yo pensé que estaba preocupado por una posible derrota del chavismo en las próximas elecciones. Y fue ahí cuando me descolocó: “¿Pero qué elecciones ni qué hostias? A mí ahora Rosell me preocupa bien poco, pero si no ganamos al Milán ya no sé qué más puede pasar”.

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El futuro de la especie

Yo tengo un amigo que cualquier debate sobre la persistencia de la especie lo zanja con la palabra extinción. Es su ley de Godwin particular. Incluso cuando el tema es la nostalgia por la revolución: “La mejor revolución sería la extinción”, se atrevió a decir un día. A mi amigo no le pregunté ayer su opinión sobre las palabras del ministro del Interior, Jorge Fernández Diaz, no fuera a defenderlo a su manera y me obligara a liquidar por cierre la amistad.

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