El paro

Se lo aseguro, el paro es un lugar desagradable. Y si no me creen, pregúntenselo a mis compañeros de fábrica. Lugares para aborrecer hay cientos, quizás este sea el peor, solo detrás de los hospitales. Esos hospitales de pasillos embaldosados, camastros yermos y el secuestro con muerte de familiares y amigos. El paro, entiéndase como espacio físico, es una suerte de estadio deportivo. Ahí estamos todos, a lo mismo sin apenas conocernos. Por momentos eufóricos por momentos lagrimados. En el paro uno es al mismo tiempo jugador suplente y público expectante sin ninguna expectativa. El paro son hileras de sillas engorrosas y silencios cabizbajos. Es una espera cuya única turbación es un panel con letras y números. Información. Demanda. Faltaría, creo, un mostrador de oferta. El paro es un lugar desagradable. Un estadio deportivo en el que unas voces lejanas dicen que el triunfo será posible si trabajamos en equipo mientras suben sin demora el precio de la entrada.

– ¿Le pongo alguna profesión más además de periodista? – me preguntan desde la ventanilla de Demanda.

– Solo si hay alguna por la que me vayan a llamar – respondo.

– Dejamos entonces periodista. Y añadimos redactor.

El paro es un lugar desagradable. Donde el miedo es propio y es ajeno, aunque por suerte los abrazos, colectivos.

Borde

Dicen que soy borde. Hace unos días, por la noche, un amigo y yo nos refrigerábamos con ginebra en un bar madrileño. Los dos nos habíamos fijado en la misma mujer. Para evitar que os evadáis con absurdas especulaciones: él durmió acompañado y yo al calor de mis sábanas. El caso es que él desapareció un instante y a ella le dio tiempo a decirme que también era gallega, de Vigo, a lo que yo, por darle un cariz ingenioso al asunto, respondí: “Vaya, qué ciudad más fea”. Unas horas más tarde, saliendo mi amigo de su casa, me llama: “Oye, explícame por qué al salir del local me dijo: ‘Tu amigo es un borde’. ¿Qué hiciste?”

Una amiga, yo sé que lo hace en parte por salvarme la apariencia, siempre dice que lo que ocurre es que tengo un sentido del humor sofisticado, y eso es algo que no comprende todo el mundo. Yo se lo agradezco, que entre borde y sofisticado siempre queda mejor adueñarse de lo segundo.

Lo de borde, perdón, lo del humor sofisticado, va de la mano con el inaguantable, dice otro amigo, rollo maldito de barra, que como pose está bien pero de continuo es extenuante. Razón no le falta, pues no hace muchas noches asistí a un nuevo fracaso personal tras encadenar mi cuerpo a una especie de barra-barandilla en un bar de Malasaña. Desde la distancia me negué a bailar tantas veces que al final los que follaron fueron los que abandonaron, quizás por un instante, el humor sofisticado y levaron anclas para dejarse llevar por el nostálgico sonido de las canciones pop de los ochenta y los noventa.

Instalarse retrovisores

Me dijo un día un compañero: “Chaval, en este mundo hay que andarse con cuidado, así que, si puedes, instálate unos buenos retrovisores”. El tipo, de esos tipos que querrían fumar y beber en el teclado, un periodista de filme, continuó: “Nunca se sabe quién se va a poner a rebufo y qué tácticas sucias empleará para adelantar, y no pienses que hablo de becarios, o de redactores, aquí todos se joden entre sí, de abajo a arriba y de arriba a abajo”.

A este compañero lo echaron, creo, una putada. El contacto se perdió y ya no me atrevo a escribirle y preguntarle si lo jodieron desde arriba o desde abajo. Apostaría a lo primero, quién sabe. Tenía, a sus años, y como escribió Allyson Bird, la mirada puesta en las señales de salida, y los de arriba en su poltrona.

Nos faltó tiempo para charlar sobre aquellos que se plantan, severos e iracundos, en los ángulos muertos. Se aprende con el tiempo.

Galicia contrabandista

Dice Feijóo que la amistad con Marcial Dorado es de hace muchos años, él contaba treinta y pico, vamos, un prepúber, y que apenas sabía del negociado y la empresa del colega. Ya saben, del contrabandista.

A mí, sus explicaciones, si bien no me las creo, me recordaron el día en el que subí a casa del colega de un amigo sin saber que aquel era contrabandista. Un camello, vaya. Un dealer de costa y barrio.

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