La pulsera más antigua

Estaba yo comiendo con una ex compañera de trabajo, y sin embargo amiga, cuando sin previo aviso ni venir a cuento se me jodió la pulsera más antigua que vestía. Mi amiga y yo conversábamos como buenos ex compañeros de trabajo, esto es, acerca de las miserias de la ocupación que compartimos. Es una extraña forma de desahogo ya convertida en convicción: dos o más personas que trabajan o han trabajado juntas en alguna ocasión tienen que hablar de ello. Y mal. En una de las redacciones en las que me inicié como periodista había un cuartucho con máquinas de chocolatinas, café y bebida, el típico cenicero del periódico, al que de forma asidua acudíamos becarios a reconstruir el final de la noche anterior y llegado el caso, criticar al superior de turno. Uno de ellos se asomó un día al chamizo y al vernos decidió que su café podía esperar. Nosotros, los dos becarios a los que solo faltaba comprar una alfombrilla para convertir aquello en nuestro hogar, le hicimos saber que ya habíamos resuelto la resaca y que no nos importaba la compañía. Su respuesta reflejó cierta filosofía de trabajo: “Un jefe ha de saber que sus redactores trabajan mejor cuando se les da tiempo y espacio para criticarlo”.

Aquel verano había adquirido esa pulsera que interrumpió la comida con mi amiga, casi hasta la semana y por poco el mes. Era el recuerdo de una buena etapa, la del tipo que quería escribir y que nunca pudo entrevistar a Lou Reed, porque, como Snowden, jamás salió por aquella puerta del aeropuerto de Santiago. Por un motivo que no llego a comprender, quizás la poca fotogenia, las pulseras que visto son una suerte de reminiscencias. O puede que esta sea simplemente una forma estúpida de justificar la cantidad de cuero que hay en mis muñecas.

Taberna madrileña

Estaba yo en un bar cerca de Gran Vía y allí presencié una escena maravillosa: una señora malgastaba sin cesar un sinfín de monedas de euro al calor de una máquina tragaperras. Tres de sus amigas se levantan de la mesa, pagan, se acercan a ella y una le pregunta, medio asustada por una posible reacción airosa: “¿Vienes?” Casi sin mirarla, la jugadora responde: “Voy”. Las tres salen del bar y otra, sin esperar respuesta, se muestra falsamente interesada: “¿Ha caído algo?” Ya sola, la primera señora, que prácticamente araña la máquina como buscando colocar en línea las uvas, zanja en voz alta: “Nada, me cago en la puta, no ha caído nada”.

Me gusta pensar que la vida se parece un poco a una taberna madrileña. Hay una, la FM, cerca de Antón Martín, a la que voy de forma asidua con un amigo, J. La regenta un tipo mayor y sus dos perros, uno de ellos ciego y yo juraría que el otro medio sordo, pero es algo que está sin confirmar. En la taberna, este tipo, Paco, escucha siempre Kiss FM y pone de tapa un jamón ibérico que dan ganas de quedarse a vivir con él. Mi amigo y yo, a pesar de conocerlo bien, siempre encontramos un hueco para repasar la decoración del local: que si vinilos de Soziedad Alkohólika acompañados de mazorcas, un póster de algo que parece una portada de la Interviú, otro de una Harley Davidson y demás variedades que darían para un ensayo antropológico.

En el FM estábamos J. y yo hace unos días y yo a J., entre canciones de Pitingo, Pablo Alborán y creo que Madonna, le confesé que me había enamorado. Yo cuando me enamoro necesito contarlo y prácticamente paro a la gente por la calle para comunicarle la buena nueva. Tanto es así que por las mañanas me paso por el quiosco a ver si ya salgo en las portadas. J., al que le costó creerse la noticia, escuchó como si se tratara de un monólogo sin gracia, con cierta vergüenza ajena y hasta sintiendo lástima por mí, las vicisitudes de mi estado y cómo, en definitiva, le dejaba entrever que el conjunto de mi plan consistía en no decirle nada a esta mujer. Sincero, espetó: “Claro, porque hacer algo significaría ser valiente”.

En fin, la vida.

Cines Valle Inclán

Tengo muchas manías y una de ellas es la de leer los periódicos gallegos siempre al levantarme, normalmente por masoquismo, por comprobar que allí todo sigue igual. Esto es, una mierda. Ayer, pronto, leí que los cines Valle Inclán, de Compostela, cerrarán a final de mes. Era un texto de apenas tres párrafos, una suerte de breve ampliado con poca profundidad. Una noticia oculta en páginas interiores. Otro libro quemado más de este Fahrenheit 451. A mí el cierre de estos cines me jode especialmente, quizás porque fueron los primeros en los que usé la última fila de una de las salas para enrollarme sin atender a la película, qué sé yo, por la infancia, por la adolescencia, por la habitual incomodidad de las butacas. Los Valle Inclán están en unas galerías de la calle Fernando III o Santo. Allí hay, además, un gimnasio en el que de joven jugué algún torneo a squash que ahora han reconvertido en belleza y spa, vayan a saber qué significa, y un sex shop que selló hace varios años. Se nos agolpaba la liquidación por cierre y no queríamos verlo. En Compostela ya no había trabajo que reclamase el regreso. Ahora, ni cines más allá de aquellos prohibitivos de centro comercial.