El váter de Onetti

Resulta maravilloso terminar ‘El váter de Onetti’, de Juan Tallón, mientras escucho la conversación telefónica que mi vecina mantiene con su madre. Para comprender el pasmo hay que leer el libro, y esto no es tanto una recomendación como una amenaza. Podría hacer el esfuerzo por resumir la novela, pero la última vez que intenté explicarle a un colega el argumento de El Padrino terminé por desvelarle la trilogía entera y hasta los entresijos del rodaje.

El primer encontronazo con mi vecina se produjo hace ya unas semanas, una noche en la que yo, motivado por el deseo de imitar a Johnny Rzeznik en aquel concierto que dieron los Goo Goo Dolls en Buffalo, escuchaba Iris a tal volumen que mi habitación parecía el Calderón. Mi vecina, también al teléfono entonces, bramó: “Espera mamá, que el vecino tiene una música de mierda a toda hostia y no te oigo”. Me quedé roto. Desconozco el por qué pero a todos nos acoge siempre el estúpido anhelo de caer bien a los vecinos. Y yo, al poco de llegar, ya había quedado como el imbécil de la música de mierda a oídos de la madre de mi vecina. Desde entonces, pincho siempre que la escucho al móvil algún movimiento clásico de renombre.

En ‘El váter de Onetti’ hay un poco de todo esto: vecindad y propaganda irrisoria de uno mismo. Como dice el propio Tallón, “no puedes escribir un relato honesto, auténtico, si no pones toda tu basura encima de la mesa”. Ya lo escribió Chusé Izuel: “Cada vez estoy más convencido de que el acto de escribir, el verdadero y único acto de escribir, consiste en echar toda la puta mierda que llevas dentro. De hecho, no quiero ya oír hablar de creación ni pijadas de esas. Ni creación, ni hostias. Y lo mismo en cualquier actividad. O te sale de las tripas o no vale una mierda”.