Somos los goles que hemos vivido

Escribí este texto para la sección ‘Somos los goles que hemos vivido’ del blog de Juanan Salmerón, El ruido de fondo

Entonces sabía tan poco de fútbol que todavía pensaba que golpear la pelota con el hombro era sancionable incluso con varios años de prisión. Hasta ese momento, mi acercamiento al fútbol apenas había pasado por una retirada a tiempo del equipo de un pueblo cercano al mío, allí donde la única vez que jugamos en césped no fui convocado, o donde tardé tiempo en entender que si el entrenador me ponía a chutar lejos del grupo no era porque mis tiros rasos superaran con creces los balonazos del resto de la plantilla. Público sí fui, algunas veces, la mayoría en el fondo norte del estadio del Compostela. También allí hice gala de mi absoluto desconocimiento, quién sabe si escondía una profunda falta de interés, al gritar un sonoro “paquete” después de que todo el mundo hubiera ovacionado al defensa central Bellido al cántico de “Bellido, bota de oro”. Recibí algún improperio, injusto en todo caso. Tan solo quería sentirme parte del grupo y si entoné aquella palabra fue porque creí que con lo de “bota de oro” la afición buscaba echarle en cara que apenas tocara el balón, por aquello de no joder una zapatería tan valiosa. Bellido, en realidad, había marcado un gol.

Pero no es del gol del zaguero bilbaíno del Compos del que quiero hablar, sino del tanto de un gallego el 7 de abril de 2004 en Riazor, A Coruña. Aquel acierto me enseñó que, además de no ser ilegal, acaso arriesgado, tocar la pelota con el hombro, lo importante no depende de lo ilustrado que sea uno en el deporte, sino apenas un tipo con intención de celebrar. Ese 7 de abril el Deportivo se enfrentaba al Milan de Carlo Ancelotti en la vuelta de los cuartos de final de la Copa de Europa después de un primer encuentro en San Siro en el que los milanistas vencieron al equipo de Javier Irureta cuatro goles a uno. La revancha se adivinaba improbable, así que el club gallego se puso a regalar entradas como si aquello fuera un amistoso. El ayuntamiento de mi pueblo recibió casi una treintena de invitaciones y, aunque haya olvidado el porqué, resulté agraciado con una de ellas. Las entradas, que nos repartieron justo antes de entrar en el estadio, nos situarían en una de las esquinas del, creo recordar, fondo norte, justo donde el futbolista de nombre común Francisco Javier González Pérez ‘Fran’ celebraría el al mismo tiempo cuarto gol del Deportivo y cuarto y último gol de la noche.

El gol bonito, para ser honestos, lo había marcado el uruguayo Pandiani al poco de comenzar el partido, un chut raso que todavía hoy utilizo como excusa cuando alguien recuerda mis disparos de adolescente en aquel equipo de pueblo. Yo, sin embargo, me quedo con el cuarto, el último, el del toque de Fran con el hombro que deja sentado a Gennaro Gattuso, el del balón desviado por Cafu. Me gustó el gol por el jolgorio posterior, pero sobre todo, por el comentario de un colega madridista que había venido para pasarse el partido hablando del centenariazo de 2002 y de por qué el Deportivo se merecía una derrota. Al pitar el árbitro el final, mi colega vestía una sonrisa que yo aún creo que algún anzuelo le había alcanzado una mejilla. Se acercó y, sin retirar la mirada del marcador, dijo: “No estoy feliz por la remontada, sino porque ahora la peña olvidará el centenariazo“.