Periodistas y políticos

Esto que escribe Manuel Jabois en El Mundo acerca de la confianza entre políticos y periodistas y de las cosas que se cuentan para no contarse jamás, valga, lo descubrí durante un Comité Ejecutivo del PP. Después de la reunión de la plana del partido en una sala interior del Hotel San Francisco de Santiago de Compostela, que los periodistas seguimos desde una sala contigua a través de un televisor –lo del plasma no es nuevo–, hubo un cóctel improvisado en la cafetería al que se acercó el presidente del Gobierno como disimulando. Sin apenas echar mano de algún cacahuete, dijo entre risas algo como: “Vengo que luego decís que no hablamos”.

Allí, en poco más de cinco minutos, respondió como pudo a las inquisiciones de los colegas periodistas, aseguró prácticamente desolado que Alemania tenía la llave de cualquier cosa y se convirtió por un instante en vidente al predecir cuántos escaños conseguiría su partido en cada comunidad –semanas más tarde me tocaría cubrir las elecciones generales en Génova y pude comprobar que había acertado con todo–. El caso es que en la cafetería, luego de que se hubiera acabado el intercambio, pregunté, de forma un poco estúpida, si todo esto podía contarse. La respuesta fue poco más que una amenaza lanzada por terceros: “No, esto te sirve para tener una idea clara de cómo irán las elecciones. Si cuentas todo, después nadie querrá decirte nada”.

A Jabois, Jorge Bustos le comentó de forma irónica que un periodista vale más por lo que calla, y puede ser. A mí otra vez un periódico me prohibió hablar con un amigo mío que es político, aunque en esta ocasión la prohibición se aproximaba más a una advertencia. Uno de los jefes del periódico me comentó que la cercanía a un diputado estaba reservada a los de la sección de Política y yo entonces ya no estaba en ese nicho. Desconocían que tampoco es que valiera mucho lo que callaba, porque cada vez que me sentaba con este colega dispuesto a preguntarle por alguna confidencia de Estado terminaba por tratar de sonsacarle si había ligado o no la última noche que nos habíamos emborrachado.

Escribir, o no

A Jaureguizar le volaba sobre la cabeza hace unos días cómo escribir sobre Camba después de Jabois. Se refería al futurible comentario que haría de la nueva publicación de Libros del KO, Maneras de ser periodista, una recopilación de columnas de aquel a quién la editorial que sabe que todo irá mal y le da igual define, sin aceptar argumentos en contra, como “el mejor articulista español de la historia”. El caso es que si a Jaureguizar le surca tal desafío por la mollera, imagínense a mí, que busco sorprender con una reseña notable sobre la compilación. Cómo hacerlo después de Jaureguizar, Jabois y, para más fastidio, Antonio Lucas, que es un tipo al que no habríamos de tratar imitar, por eso del más que previsible ridículo.

El libro llegó a mis manos como deberían llegar todos los libros, en una barra, con ginebra en la gorja y una banda que bebe torcida cuya fundación corre a cargo de Emilio Sánchez Mediavilla, uno de los KO. Yo en esas reuniones de libros regalados lo que hago es, tal que un espía entrometido, anotar mentalmente cualquier comentario de la obra y de su autor que hacen los que realmente saben del asunto para luego venir aquí y engañar como un trilero. Qué quieren que les diga, nunca se me dio especialmente bien eso de la reseña. Camba me gusta, porque escribe mucho y fácil, que es lo más difícil, sin remilgos y con gracia. Y además era un tipo que vivía en el Palace y se pasaba las horas leyendo en una cama plagada de libros y con gorra. Qué mejor manera de ser un periodista.