De cuando Lou Reed me espetó un “what the fuck”

Yo de Lou Reed, más allá de aquel tema que llevó a Mark Renton a los abismos de una alfombra, me quedo con Pale Blue Eyes, si acaso una de sus canciones más íntimas. Aunque azules y pálidos, Reed dijo que Pale Blue Eyes hablaba sobre alguien con los ojos color avellana. Hay mucha discusión sobre quién o qué le inspiró para escribirla, pero la cosa está entre sus dos primeros amores: Shelley Albin o la heroína. La canción cuenta además con uno de los mejores solos de guitarra, ejecutado por los dedos de Sterling Morrison, que, cuando Reed le pasó el tema, dijo: “Si yo escribiera una canción como esta, no te obligaría a tocarla”.

Antaño, que así queda más efeméride, cuando gustaba de creerme un reportero dicharachero, logré que Lou Reed me espetara un what the fuck. Entonces, hacía prácticas de periodismo en La Voz de Galicia y mi redactor jefe preguntó en alto quién querría entrevistar al músico. Sin dejarle tiempo para apenas exhalar la última sílaba y jadeando por una carrera de mi escritorio al suyo, prácticamente me arrodillé a suplicarle que me dejara hacerlo, fuera en inglés, esperanto o hasaní. Un tipo que llevaba parte de la organización del concierto que Reed y Laurie Anderson ofrecerían en Compostela, del que solo recuerdo sus mentiras, me dijo que podría entrevistar al cantante cuando llegara al aeropuerto. Para mi desgracia, Reed se marcó un Snowden y jamás salió por aquella puerta de Llegadas.

Lleno de ruido y furia, llamé al tipo y le expliqué la situación. Él, mentiroso compulsivo, me dijo que lo sentía y que podría entrevistarle en el restaurante en el que cenaría. Me apunté el nombre del local con el sudor de los nervios y me planté en una barra regentada por un hombre que me tomó por loco: “Puede ver que aquí no está ese señor que dice”. Nueva llamada telefónica y por fin una verdad: Lou Reed se alojaba en el Hotel San Francisco, muy cerca del restaurante en el que estaba. Me dirigí al hotel y una vez dentro los trabajadores pensaron que más que una entrevista lo que yo buscaba era un secuestro, de ahí que me largaran sin mediar muchas palabras. La fotógrafa que me acompañaba y yo vimos en la puerta del hotel una furgoneta con chófer y nos limitamos a suplicarle al conductor que nos susurrase el lugar al que llevaría a Reed. El chófer, al que hicimos sentirse una suerte de Garganta Profunda, tanto en la versión Watergate como en la porno, accedió. Reed había pedido que le abrieran un restaurante para cenar de madrugada.

Plantado en la puerta del nuevo y definitivo restaurán, aparecieron minutos después los faros de aquella furgoneta con chófer. La fotógrafa preparó la cámara. Yo, mi grabadora, mi cuaderno de notas y la contención excitada que ha de albergar cualquier fanático. El vehículo se paró. Una mujer abrió la puerta lateral y Reed bramó un what the fuck que me devolvió a casa con ganas de subastar todos sus discos.