Que me perdone el viejo año

Yo cada vez que termina un año me acomodo a repasar los primeros textos de este blog, con el único objetivo de verlos, por favor, cada vez más lejanos, incluso ajenos. Lo que viene a continuación ya lo he dicho y escrito muchas veces, imagínense pensado, pero nunca suficientes. Volveré a hacerlo. Insistiré hasta la extenuación, hasta el último arrebato. Nunca es mal momento para venir a aquí a hacerse el culto. A mí para felicitar año nuevo me gusta recordar aquel verso de Wislawa Szymborska, he aquí el rollo cultureta, que decía: “Que me perdone mi viejo amor por considerar al nuevo el primero”. Pues eso, que nos perdonen los años que se quedan viejos por considerar a los nuevos, primeros. Aborrecí siempre, quizás esto es exagerado, de la tan manida advertencia: “Vive cada día como si fuera el último”. Detesto el tópico, además de que suena casi a amenaza, porque yo mi último día me lo imagino entre secreciones, despedidas y con muchas ganas de que acabe. Ya lo decía Cortázar: “Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo”. Pues eso. Se nos pierde este año más tarde y menos grave que todo lo que nos quitaron durante su estancia. El que viene lo empezaremos de nuevo, eso seguro, bien estrenado y puede que hasta con lazo en la cifra. Lo iniciaremos fresco, fulgurante, si bien habrá quien venga con ganas de oxidarlo, de joderlo, de jodernos. Que sea bueno y, por lo tanto, muy desobediente.

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El feliz año de Mariscal.