Demasiadas utopías

Tú tienes un TOC o algo. A mí eso me lo dijo hace tiempo una amiga que era psiquiatra o que había estudiado algo de eso, que ya sabemos que entre estudiar y ser lo estudiado distan demasiadas utopías. El caso es que mi amiga me dijo esto y yo intuí que tenía algo que ver con lo que había detallado con las cañas: la odisea, que para algo mi nombre es griego, diaria que suponía erguirme del sofá para después acobardarme en la alcoba. Si han visto aquel film de Jack Nicholson se harán una idea —extrema, que tampoco es cuestión de acojonarse— de aquello que después mi amiga convertiría en trastorno. Yo, en legítima defensa, porque aquello tornó prácticamente en pleito, aseguré que las alfombras acostumbraban a desordenarse, que los interruptores solían resistirse a la presión, que la puerta siempre quedaba mal cerrada. Con el tiempo, eso que mi amiga transformó en putada se fue recogiendo en las cajas de mudanza, si acaso se presenta en contadas ocasiones mudado en cerradura. Ocurre que antaño gozaba de apenas preocupaciones, de ahí que tuviera que empeñarme en reincidir como un demente en los quehaceres domésticos. Supongo que aquello que mi amiga bautizó con nombre médico se exterioriza hoy en numerosas búsquedas de curro. Hay, también en esto, entre aquello que a mi amiga le permitió ejercer por vez primera y el curro, demasiadas utopías.

Lo precario por asalto

Si usted quiere conocer la situación del país lo mejor que puede hacer es bajarse al metro, que es lo más cerca que yo he estado de emular al verniano Lindenbrock. Allí descubrirá, si tiene arrebatos de cotilla —lo mío en este sentido es condición innata y, para qué negarlo, puro morbo— conversaciones en las que alguien que ayer fue ayudante de cocina describe una oferta que ha recibido para ascender a cocinero por el mismo sueldo que antes, 13.000 euros. Allá en el subterráneo, que es un sitio al que se acude como si se hubiera recibido una llamada del gran hermano, si no el orwelliano, acaso el de la tele, los únicos brotes verdes de los que se habla refieren a los jardines del de arriba, quizás al musgo que ya nace en los vagones en desuso. Los metros hacen un poco la función de bares. A primera hora uno se calienta en silencio, por la noche se despotrica abiertamente con las cañas, y al final, aunque sea farfullando, se asume la hora de cierre. Es por eso que este que ayer fue ayudante de cocina, antes de sobrevolar no con poco riesgo el hueco entre vagón y andén, toma lo precario por asalto.

El Dorado

Yo cuando surgió el término mileurismo acababa de entrar en la facultad. Recuerdo bien como, los primeros años, durante el circuito de fama de la palabra, en los pasillos se hablaba del mileurista como un marginado, un inadaptado, una suerte de muerto de hambre. Yo no sé pero allí en mi universidad muchos parecían ambicionar grandes fortunas. Algunos, hoy en gabinetes del partido gobernante, trataron, ya de primeras, forrarse a costa de vender apuntes a quien anoche estuvo de farra. Error. La piratería no comenzó con The Pirate Bay, sino con las notas del compañero del pupitre de al lado. En fin, que la universidad pasó, como pasan las cosas que no tienen mucho sentido, y lo del mileurista se convirtió en El Dorado. ¿Qué es eso? Pues el champú, citando de nuevo a Sabina. Quien lo probó, lo sabe, que más de uno nos echamos en alguna ocasión el gel por la melena. Nosotros, que perseguíamos un reino de oro convertido en casa, familia y coche, ya ven, qué estúpidos anhelos, sabemos bien que los deseos han cambiado, que más que codicia lo nuestro es ya solo un apetece. Yo, después de recibir varias hostias, asumí por fin la condición de lo que en un principio me llamaba, entonces pensaba que de colegueo, un entrenador de fútbol tierra: matao. De aquel matao llegué al matao del barrio de Salamanca, en Madrid, que es un sitio en el que la marca blanca sería gran reserva en mis supermercados. Allí, en el barrio de Salamanca, me citó no hace mucho una periodista con la que tenía que firmar una pieza a medias. Nos vemos en el VIPS me dijo. Llegué primero, por eso de la apariencia, y caí en la cuenta de que no nos habíamos visto nunca antes. Así las cosas, que es una expresión que le fascina a un amigo, fui mesa por mesa en busca de las otras manos. Una señora, a la que amablemente pregunté si me esperaba, leía un periódico y sin apenas levantar la vista dijo, importunada: 

– No quiero nada, gracias.

Sobre sus hombros recalaba lo que antaño seguro saltaría por los bosques y en su cuello colgaban grandes collares dorados. Si aquello era El Dorado, me dije, bienvenido sea el gel en la melena.