Nos largamos a la mierda

Que no, que no nos vamos en busca de aventuras ni tampoco España nos exporta, aunque esta última definición se agradece, por honesta, digo, porque yo si me tratan como mercancía, al menos que no me engañen con bobadas de libros de grandes hazañas. Pero no, tampoco, no somos productos de esta cosa llamada país ni esta cosa llamada país nos exporta, no. Nos exportamos nosotros a nosotros mismos, nos largamos a la mierda, que solíamos decir. Ni siquiera decidimos emigrar, qué va, yo ya casi olvidé el significado de decidir. Qué más da gallego en Madrid que madrileño en Londres, si es que ya nacemos emigrados, casi habría que sustituir el libro de familia por el pasaporte. Por ahorrar, ya saben, que ahora todo se mide en austeridad. Llegado a este punto, son más los amigos que se van que los amigos que tengo, búsquenle el sentido, que yo cuando hablo de estos temas prefiero exportar el mío, emigrarlo, largarlo a la mierda, por aquello de seguir en pie sin el sollozo asomando. El grupo de colegas ha dejado de viajar como tal, en grupo, para qué, los colegas viajan con las fotos del lugar de los demás. Se preguntaba el padre de un actor, cuya voz sonaba en la obra de su hijo, por qué diablos tenía que conformarse con ser abuelo por skype. Y yo, al escucharlo, con el sentido exportado, emigrado, largado a la mierda, porque me derrumbaba en el asiento. “No quiero irme”, me dijo hace unas horas otro que se va. Y aún así habrá avión que espere forrarse con la huida, y una cosa llamada país que presume de la calidad de sus productos. No, no es esta cosa llamada país la que nos manda fuera, qué va. Somos nosotros, que nos largamos a la mierda, que nos emigramos, nos exportamos, porque preferimos irnos que quedarnos y pensar que no pertenecemos.

El último pedo del mundo

La enfermera comenzó a gritar al teléfono “¡Leopoldo! ¡Leopoldo!” y yo pronto recordé aquellos días en la facultad, cuando transcribía alguno de tus libros, aquellos que solo encontraban hueco en bibliotecas pero no en las librerías, y qué mejor sitio, al fin y al cabo seguro siempre imaginaste “el Paraíso bajo la especie de una biblioteca”, que decía Borges. Joder, Leopoldo, y te llamo Leopoldo porque son muchos años ya, con ISBN de por medio, qué importa eso. Te dije Leopoldo, ayer, cuando por fin atendiste al clamor de la enfermera, qué tal, Leopoldo, cómo estás, Leopoldo, te dije así, Leopoldo, cuando respondiste al teléfono con esa voz de coca-cola light y cigarros de tabaco rubio calados hasta el filtro. Luc Sante olvidó en su artículo sobre las formas de fumar tu hábito al hacerlo. Tengo aquí, en el cajón de mi bolsillo, guardados bajo llave todos los billetes que supuse servirían para financiar tus vicios, más allá de la escritura. “Es el salvoconducto para que le caigas bien sin más”, me advirtió un día un poeta a quien pedí consejo para entrevistarte. El único milagro era, afirmabas, seguir existiendo todavía, pasó que nunca fuiste muy cristiano: “Te amo”, confesabas al diablo en aquel Himno a Satán. Yo estaba preparado, me había tapiado el oído izquierdo por temor a no entenderte en el derecho, esperaba el disparate, las citas extraviadas, “no te arrugues”, me aconsejó también entonces el poeta, y sin embargo extraña lucidez, avísame cuando llegues y bajamos a Las Palmas. “Posiblemente tengas que llevarle en silla de ruedas”, me informó antes tu médico. Ayer, entrada la noche, releía para la entrevista Papá, dame la mano que tengo miedo, horas antes de que el mundo, como te gustaba decir, se echase el último pedo que fue tu muerte. Escribió en el prólogo Ana María Moix, tu Ana María Moix, que el lector de Leopoldo María Panero, “aunque seguramente no lo sepa, quizá acuda a la lectura de los textos de Panero en busca, precisamente, de quedarse helado, o mejor dicho, de que algo o alguien le deje helado, casi al borde del sinsentido y de la muerte, de la muerte en estado consciente, para no perdérsela como se perderá la propia el día que llegue”. Pasé las páginas y entonces la escarcha: “Son treinta y cinco páginas las que quedan para acabar este libro, me lo he propuesto, el libro como príncipe entre las sombras que puede ser mi despedida, el libro como sombra sin sombra o piedad para sí misma de Peter Pan sin auditorio, porque yo nunca tuve piedad para lo que me ocurría, y la vida sólo puede ser estudiada a partir de las sombras, como una tortura se estudia para que el sufrimiento aumente poco a poco, incluso más allá del momento en que se hizo soportable, ajustando con corrección el mecanismo de volumen y otros”. Todo quedó en un orden insoportable, tranquilo, señor Darling, “Peter Pan no es más que un nombre, un nombre más para pronunciar a solas, con voz queda, en la habitación a oscuras”. En la habitación a oscuras, con voz queda, leí tu nombre, un nombre más para pronunciar a solas, el nombre de un “hombre sin alma, un desalmado”, si acaso la hubiera murió “barrida por el mundo de los más crueles capitalistas”. “Mañana morirá otro loco: / de la sangre de sus ojos nadie sino la tumba / sabrá nada mañana”.