Aburrirse o la filosofía

Cuando no tengo nada que hacer, hago cosas, y una de esas cosas que hago es leer. El otro día, por hacer algo al no tener nada que hacer, repasé el texto de Bob Black en el que este reclama la abolición del trabajo: “Nadie debería trabajar. El trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Casi todos los males que puedas mencionar provienen del trabajo, o de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar”. A mí toda esta parafernalia me ayuda a sobrellevar la falta de eso, de trabajo. Vamos, que si de verdad es tan precisa la abolición, yo estoy un paso por delante, me han absuelto de hacerlo por la vía del finiquito. El problema de ser un pionero de esta abolición es, quizás, el tremendo aburrimiento. Y aun con esas, siempre hay una salida, la filosofía. La filosofía nació del aburrimiento, en el instante en el que un individuo despistado se cayó, por el despiste, se entiende, en el fondo de un pozo en Mileto, así lo cuenta Carlos Fernández Liria en ¿Para qué servimos los filósofos? Yo pozos no sé, pero despistado soy un rato, hasta que me canso, hasta que decaigo, me agoto, me rindo. Hasta que estoy tan exhausto que puedo sentirme tranquilo. Es en ese estado de sosiego cuando se tropieza con la razón. Lo dijo Voltaire, y esto también se lo robo a Fernández Liria. ¿Dónde estaba? Sí, Voltaire, sobre la razón: “Es aquello con lo que los seres humanos están de acuerdo cuando están tranquilos”. En fin, el caso, que cuando se amontona el tiempo para no hacer nada, cuando el trabajo presenta su dimisión irrevocable, nace la filosofía. Sirva esto, quizás, para sentirse uno mejor con su ocio, la desocupación bien comprendida, sin que ello signifique entretenerse en lo banal.