El mal de Montano

Creo que el libro se llamaba ‘El mal de Montano’. Lo escribió Vila-Matas. Podría mirarlo en internet, pero la duda perdería el encanto. El libro, si no recuerdo mal, lo leí hace tiempo y supongo que lo perdí al prestarlo, diagnosticaba la imposibilidad de escribir, una suerte de angustia transformada en papel en blanco. Traigo esto porque me permite darle un matiz trágico al penoso intento por redactar algo que me convenza. Si no escribiera en este ordenador o en las notas del teléfono móvil, mi piso probablemente daría la impresión de sufrir una plaga de celulosa. Diógenes literaria, qué sé yo. Por suerte tan solo tengo la tecla retroceso —no utilizo el suprimir— completamente magullada y un cúmulo de borradores y páginas de word, de pages, qué más da, con letras que cambian de tipografía cada día para evitar la decepción que produce el estancamiento de lo escrito. Necesito un café, pero uno servido en alguna terraza de Ménilmontat, que según Jorge, a quien odio en privado por sus letras, “le da a uno el tiempo suficiente para escribir una entrada ligera”. Dejo a Jorge y paso a Tallón, que escribe: “Cuando todo te parece una mierda, y a lo mejor lo es, o no hallas refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza. Nada está bastante perdido si todavía puedes dar un portazo, irte de casa y bajar al café”. Está bien, pruebo, escojo un bar con barra baja y asientos de madera color verde con respaldos que parecían querer abrazarle a uno. Decía Carver que nunca escribió nada que le entusiasmara estando bebido y me pregunto qué pediría él si hubiese bajado a un bar después de un tiempo anquilosado. Da igual, un vino. Blanco, blanco. ¿Albariño? Venga. ¿En copa? Mejor, sí. Deje, deje la botella. Bebo la primera copa, salgo del bar y compro en el quiosco Letras Libres. Monográfico sobre la adolescencia. Con la segunda copa leo los tres primeros textos. Vamos a ello, adolescencia. Ideas. Trazo una línea. Aquí, al principio, la infancia, aquí, al final, la… ¿Madurez? En el medio, perpendiculares. Cruces. La adolescencia. Enamoramientos de verano, drogas blandas, sexo, pánico. Una nota más en el teléfono móvil. Qué desperdicio de memoria. Apuro la tercera copa cuando se presenta el despiste en forma de repaso de las anotaciones anteriores. Una frase de Paul Valéry registrada durante una madrugada: “El problema de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que era”. Saco la cartera y busco infructuosamente una forma de financiar la cuarta entrega de Albariño. Frente a mí y justo al lado de las botellas de importación, escrito a mano y sostenido por un taco mal sujeto, un folio algo arrugado: “No se fía”. Joder, ¿a cuánto está Ménilmontat?