Andares idiotas

¿Recuerdan aquella escena de Spiderman, empezamos con nivel, sí, aquella escena, en fin, en la que Tobey Maguire camina como un pobre idiota por las calles de, yo qué sé, quizás New York, porque está, creo, contento, lo que le lleva a ejecutar lo que decía, caminar con las maneras de un pobre idiota, como si estuviera a punto de reclamar su parte al Ministry of Silly Walks de los Monty Phyton? Si se acuerdan de la escena, si no, tampoco es relevante, qué diablos, a quién le importa, qué más da, si al final lo hacen, de todos modos, si recuerdan la escena, sabrán entonces cómo estaba yo hace unos días perdido en el parque del Retiro, en Madrid. Uno puede estar perdido y sin embargo disfrutarlo, supongo. Sospecho, y escribo sospecho por aquello de la vergüenza propia, que no siempre fue así. Que hubo días, semanas, joder, meses, en los que mientras el trabajo permanecía ausente uno no quería levantarse de la cama tras abrazarse insomne —insomnio es lo que es lo que padecen todos los que prefieren dormir de día— a todas las madrugadas. Hubo días, semanas, otra vez, meses, en los que la vista no caminaba a la velocidad de las letras de los libros y las falanges no zapateaban al ritmo del teclado. La privación de trabajo, por no confesarse responsable del suceso, se traduce muchas veces en obituario de las ganas. Vamos, una mierda, seamos vulgares cuando toca. O no, no sé, siento el improperio, si es que la palabra sirve en este caso, que lo dudo. Entonces viene agosto, y viene septiembre, y esa ausencia, esa a la que nuestro jurado particular declaró culpable, acaso cómplice, es sustituida por la presencia, y es en ese momento en el que uno se descubre de nuevo capaz de caminar como un idiota. Escribe Laura Ferrero que septiembre es “mes de mudanzas” y yo nunca lo pasé tan bien embalando nuevas ganas.

Postal de un autobús

La postal era desoladora, aunque tenía un algo de acogedora. Resulta extraño, lo sé, pero es tan cierto como que en las ciudades sin metro no existe la costumbre de echarse a un lado en las escaleras mecánicas. La línea cubría el trayecto Santiago-Madrid y la tomé por aquello de poner fin al mes de agosto, al verano, a las vacaciones, eso que termina siempre que haya otra cosa que las reemplace. El caso es que a mi lado, un peregrino, digo peregrino por la camiseta del Camino de Santiago y las pulseras con la flecha también del Camino de Santiago, escribía un mensaje con su teléfono móvil mientras en el asiento de enfrente, otro peregrino —supongo que me perdí el encuentro en el que se concretó que en los autobuses de Santiago solo viajarían peregrinos— hablaba muy alto con alguien también a través de su teléfono móvil pensando que el colocarse la cortinilla por encima envolvería los decibelios de sus chillidos.  A veces la intimidad requiere solamente una cortina de autocar. El primer peregrino, a lo que iba, escribía un mensaje a través de su teléfono móvil y yo, que en esto soy bastante descortés, no logré vencer los instintos voyeurs que todos llevamos dentro y eché un vistazo a lo que redactaba. Frío. “Here is full of stupids in general”. No es que diera por hecho que lo dijera por mí pero indudablemente, pensé, le describía a alguien los personajes que completaban el cuadro de un autobús de asientos estrechos sin apoyabrazos. Yo qué sé, tampoco es que cuando viaje tenga unas ganas insoslayables de conocer a la persona que comparte conmigo una pareja de asientos, pero entendí que aquella no era la mejor forma de iniciar el trayecto. Podríamos haber hablado sí, pero sería una farsa. Él no sabría que yo había averiguado su opinión sobre aquello que nos rodeaba, quizás incluso sobre mí mismo, y yo, por supuesto, no podría reconocerlo. Quiero decir, él me hablaría con una más que probable calma espantosa y yo habría sido incapaz de aparentar tranquilidad, es posible que hasta mi forma de esconderme le valiese como confirmación de su hipótesis: aquello estaba lleno de estúpidos. No hace falta recordar que, como es manifiesto, el recorrido transcurrió, al menos entre ambos, en el más absoluto de los silencios, quebrantado de vez en cuando por unos chasquidos que este peregrino componía entre dientes. Es curioso lo molesta que puede resultar la sonoridad de determinados silencios.