A tropiezos y derrapando

Escribe Kurt Vonnegut en ‘Que levante mi mano quien crea en la telequinesis’ que el único consejo que recibió de su padre fue “nunca te metas nada en la oreja”. Y explica: “Los huesos más finos del cuerpo están allí, ¿sabéis?, y también el sentido del equilibrio. Si andáis tonteando con las orejas no sólo podréis acabar sordos, sino que además os caeréis a todas horas. Así pues, dejad en paz vuestras orejas. Están muy bien como están”. Recomienda también no matar a nadie en el estado de Nueva York, y cierto es que yo eso no lo he hecho, si bien tampoco nunca he estado allí, quién sabe. Pero lo de las orejas me hizo pensar. Digo, el único consejo que le dio su padre y yo lo incumplí al mutilar el tragus, que es una cosa que nadie sabe lo que es hasta que se mutila el tragus. Entonces, el equilibrio, no quiero tampoco agudizar las posibilidades de la risa ajena, pero no puedo negar que yo soy muy de tropezarme incluso con el aire. Joder, hay consejos que llegan siempre tarde. En fin, supongo que lo mejor es dejarse llevar por las sugerencias de Hunter S. Thompson, que dijo: “La vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar seguro y hermoso en un cuerpo bien conservado, sino más bien derrapando en una nube de humo, totalmente agotado y desgastado, proclamando fuerte: ¡Wow, qué viaje!”. Claro que no es cuestión de imitarle, que él era mucho de mutilarse con humo en los pulmones, etanol en la laringe y un largo etcétera pasando hasta por la mutilación intravenosa. Pero bueno, que hasta Vonnegut, en el libro este que os comento, le da un poco la razón: “Estoy enganchado a los cigarrillos. Sigo confiando en que acaben matándome. En un extremo de cada pitillo hay fuego. En el otro, un imbécil”. Y en esto último no nos engañemos, sentamos cátedra. Lo del viaje, no obstante, bien, pero con límites, es decir, joder, que Thompson dejó un cadáver con el cráneo cercenado por un balazo del calibre 45. Por lo demás de acuerdo, vaya, que aquí ninguno somos Newman. En todo caso causa para la rebeldía existe, al menos, qué sé yo. El libro este, a ver si nos centramos, recopila distintas charlas que Vonnegut ofreció a estudiantes de Universidad en su día de graduación —qué yanqui suena lo de graduación—. Como la comparación es inevitable, básicamente porque quiero hacerla, si no a ver de qué escribo, me he visto en la necesidad de recordar el día que me gradué, sin birrete, claro, acaso birras, poco más. No diré el nombre del padrino por aquello del decoro, pero ahora me siento obligado a echarle en cara que no dijera eso de las orejas y en su lugar nos hablara con un jet lag considerable de la importancia de portar un pequeño globo terráqueo en el bolsillo. No sé, nunca entendí una mierda. Me imagino que en su alocución subyacía una metáfora imponente, si bien nada que informase acerca de cómo mantener el equilibrio. Y así nos va, a tropiezos y derrapando.