El hueco

En Tirso de Molina una noche cualquiera un grupo de personas se oculta en las sombras que proyectan los árboles para repartir bolsas de comida. Al mismo tiempo, también en Tirso de Molina y una noche cualquiera, un hombre parece querer esconderse en las luces que proyectan las casetas que venden flores para comprar qué va a ser, flores. Es una forma más de empezar un texto, acabo de verlo todo de camino a casa y yo qué sé, los dedos fueron solos, ajenos a la idea que me trajo a la pantalla. Tampoco es que la tuviera muy clara, acaso una aproximación, un proyecto de final, por eso lo de idea,  la visión de algo terminado que normalmente nunca acaba de empezar. De qué quería hablar. De la desconfianza, del escapismo involuntario, o no, quién sabe, del trabajo, de la política, de la amistad, de su contrario, seamos honestos, del todo, de la nada, joder, la falta de concreción, qué delito. Cómo escribir del cuidado a la hora de escribir, de la censura impuesta, mayor crimen. Por qué miedo, bueno, por qué paraguas. Se usan demasiados paraguas, creo, si bien me gusta la imagen de los encontrados en las plazas y enterrados dignamente en los parques. La ilusión no es mía, es de Cortázar, que no quiso en Rayuela que los paraguas entraran “en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda”. Al tema, últimamente tengo miedo, quizás un tenue acongoje, por restarle dramatismo al comentario. Miedo a qué. A la falta de paraguas, qué contradicción, a la falta de un artefacto de varillas que al expandirse le resguardara a uno de las sospechas que acarrea la política, gotas que a veces se precipitan inconscientes. Tengo miedo. Miedo a que se disipen amistades por opiniones enfrentadas, incluso por simples criterios espaciados. Tengo miedo a ejecutar la peligrosa interrupción de nuestra conversación que atemorizaba a Botho Strauss, miedo a abreviar las charlas por el recelo del filtrado.

En el libro de Belén Gopegui ‘La escala de los mapas’ uno de sus protagonistas supedita su vida a la búsqueda del hueco, para él una suerte de conexión entre lo íntimo y lo superficial, lo de dentro y lo de fuera. Rescato el término pero para transmutarlo, para significarlo como a mí me da la gana, tampoco es cuestión de argumentarlo demasiado. Me atrae la idea de hueco como aquello que nos devuelve a lo propio, sea lo propio la familia, el círculo de amigos o directamente la pereza. Comparto aquí lo que en su día escribió Jimmy Barnatán: “Reivindico […] así, como quien no quiere la cosa, mi derecho al ocio. Nuestro derecho a la pereza, […] que ya vendrá el departamento de recobros a despertarnos, un sábado cualquiera de mediados de mes, a las ocho de la mañana”. Dicho esto, por qué no, reivindico a continuación la búsqueda del hueco, no digo desatender el fin que nos ocupa, sino volver de vez en cuando a lo tocante, sea la familia, el círculo de amigos o directamente la pereza. Me atemoriza que el fin, la ocupación diaria, nos aboque inmediatamente a la nostalgia, al jodido invento de futuros sin pasados, a relegar el hueco únicamente a la memoria. Aspiro a no perder mi maldito hueco, quisiera que no desterráramos el hueco, que esta noche volviéramos al hueco, mañana a la hora del almuerzo, la madrugada del sábado al domingo, no importa cuándo si recordamos que deberíamos reservar un tiempo para su rescate, hasta para construirlo si no existe. Anhelo además un hueco libre de los miedos que relaté al comienzo, sin reproches, un hueco aunque discrepante, estrictamente compartido.