El rock de los ochenta

Estaba yo el otro día en un bar clandestino en Lavapiés —situación insólita, no vayan a pensar— cuando el volumen de la música dejó sitio al deteriorado sonido de la televisión que preside el local. Frente a ella, una suerte de Antonio Vega cobijado en tamaño impermeable esforzando el cuello para que unos ojos prácticamente sepultados pudieran observar lo que mostraba la pantalla: el concierto de uno de los grupos más grandes del rock español de los ochenta. La emoción con la que el hombre escuchó el tema, un directo en Madrid, me recordó al espasmo que me golpea cada vez que en algún lugar suena el Comfortably Numb de los Pink Floyd, con una salvedad, claro, yo jamás toqué la batería en Pink Floyd. “Era el batería del grupo”, me dijo el camarero al ver cómo observábamos al hombre. “¿Y ahora qué hace?”, pregunté. “Pues ya lo ves”. La canción terminó y la televisión volvió al silencio mientras la música ambiente del clandestino escogía el What a wonderful world, y así, al son de Louis Armstrong, el hombre agarró un carrito de compra y se fue.

Dos o tres noches después, en la puerta de otro local, también en Lavapiés, me lo volví a encontrar. Envalentonado por el malta, supongo, me acerqué a hablar con él. “Me dijeron que eras el batería de aquel grupo”. Para qué decir el nombre, no importa. “Sí, del 74 al 86, sin mí aquel grupo no hubiera existido”. “¿Y lo dejó al separarse el grupo?” “Rulé con otras bandas algún tiempo, luego ya sí, no he vuelto a tocar. Pero no pasa nada. Te voy a dar un consejo: de la vida hay que sacar lo que piensas. Yo pensaba en tocar y lo hice”. “¿Y ahora?” “¿Ahora? Ahora vendo caldo caliente. ¿Quieres? No lo parece, tienes cara de haber cenado bien”. Lo cierto es que apenas había cenado, más allá de alpiste y algunas aceitunas, pero yo entonces no estaba para confesiones. Nos despedimos como dos que no se conocen, golpe suave en el hombro y alzamiento de cabeza. De todo esto han pasado apenas unos días, quizás una semana, o dos, qué más da, importa que desde aquel momento no dejo de imaginarme dentro de unos años mirando el que fui hace unos treinta. Lo habré hecho bien o muy mal, supongo, pero la pregunta que me ronda es: con qué diablos cargaré el carrito de la compra.

Escapar

Hay días que quiero escapar, hacer un zoom out con el presente, desistir, si acaso por momentos, de comprender lo qué sucede, envalentonarme con el vino, no sé, con las charlas distendidas, con las conversaciones a pie de sobremesa —¿a pie?—, regocijarme en las dudas, no digo no temer las incertezas, cansa, a veces cansa verse sentado en la escalera, sujetar las llaves, la primera abre la de arriba, la segunda la de abajo, entrar, de la puerta al sofá hay dos pasos, del sofá a la cama seis, de la cama a la cocina el doble, la cocina pega con el baño y del baño a la cama volver los pasos para comprobar que al final las madrugadas son solo el camino a la rutina, no sé, me gustaría, a veces me gustaría no sé si abandonar pero sí una pausa, pedirle un tiempo muerto al escrutinio, y parar, parar un rato, sin pensar, y estrujarme otras veces, retorcerme, oprimirme, incluso torturarme hasta explotar y despejar cualquier juicio, y de esa forma huir a ningún sitio, vaya historia, menudo imbécil, y por qué no puede uno dormir sin pensar que únicamente le arrebata horas al día, a veces tan solo necesito algunas de esas veces.