La primavera de la esperanza

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto”. Es el inicio de Historia de dos ciudades, de Dickens, quien supongo nunca advirtió, o sí, quién sabe, que estas palabras servirían para significar diferentes situaciones. Sucede ahora que existen dos contrapuntos que bien podrían ser estos dos tiempos. Uno es ya el peor. El otro, si no todavía el mejor, podría llegar a serlo. Las dudas imperecederas deberían transmutarse sin miedo en temor caduco. Desconozco, y esto lo digo sin miedo al alboroto, que exista quien quiera habitar el invierno de la desesperación y no la primavera de la esperanza. Hay un tiempo que ha dejado de avanzar, que se retuerce absorto en el pasado, en lo pretérito y no en lo venidero. En Tristano muere, Antonio Tabuchhi narra cómo mueren los elefantes, pero lo hace, dice, desde el lado más romántico. Un elefante, nos cuenta Tabucchi, siempre sabe cuándo llega su final. Y qué hace. Reclama la compañía de otro miembro de la manada y ambos transitan juntos metros, quizás cientos de kilómetros. Lo hacen hasta que uno de los dos sabe que ha llegado al mejor lugar para apartarse. Traza un círculo. Traza un círculo dos veces. Tras las vueltas, se despide de quien le ha acompañado, que vuelve a la manada para seguir avanzando. Uno de los tiempos se ha agotado y en lugar de trazar círculos, pretende, exhausto, apresarnos, inmovilizarnos. Quiere frenar el paso, postergar la primavera, persuadirnos de la bondad del frío. Pero queremos primavera. Hay pasos que asustan, lo sé, como también sé que la cabeza, a veces insegura, nos quiere convencer de lo contrario, acaso de un leve estancamiento, y sin embargo aquí nos encontramos, dispuestos a conceder la entrada en sendas desconocidas todavía, sendas que quizás nos lleven, por fin, al mejor de los tiempos, a salvar la coyuntura. A la primavera de la esperanza.

3 opiniones en “La primavera de la esperanza”

  1. Las dos sendas, la de los elefantes y la de la primavera creo que merecen ser recorridas. Totalmente de acuerdo, escribes de puta madre.

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