Me hablan

Me hablan los mensajes escritos en mecheros, los sobres de azúcar para un café solo con hielo, el arte urbano en las paredes, me hablan las canciones, Cinema Paradiso, me hablan y lo hacen en mil lenguas, en cualquier sitio, en otros tiempos. Me habla, incluso, hasta un payaso desde tierras zapatistas: “Ambrosio, no quieras contratos ni seguros, no pidas nada a cambio, el futuro es ahora, ni siquiera existe, si vives allí no vives”. Hablan por mí las imperfecciones y pregunto sobre ellas a Sean McGuire, y me habla y sus palabras moderan, si bien todos somos un poco ingobernables, como lo fue Will Hunting. Pregunto a McGuire y resta valor a los suspenses, como en aquella conversación en su despacho —”te voy a ahorrar el suspense, Will”—, y ensaya simple sobre las imperfecciones, acerca de la ausencia de lo perfecto y enaltece el valor de los defectos —”las pequeñas virtudes”—. Escucho el silencio de Alfredo como si yo no fuese más que un Toutou idiota, y miro a la pantalla y sueño todavía, como Corto, con aquella historia de las dos lunas, y leo lo que una vez escribí sobre tangos, y qué extraño preguntarse a uno mismo. “Ni siquiera existe”, acaso alguna certeza acerca de mañana: “Seguiremos siendo los mismos estúpidos románticos”. Algo inevitable, como enamorarse cien veces de la misma persona —ay, Bolaño—. Continúa el payaso: “No quieras tener el sol, Ambrosio, siéntate tranquilo en la arena”. Pregunto mucho, demasiado, sin dejar siempre espacio al lugar que merece la curiosidad, el no saber, quiero reinventar el tiempo y sin embargo a veces lo retuerzo, y basta, joder, la duda a veces sirve, el miedo, me han dicho cuándo, no lo sé, ayuda a caminar, pero no se puede caminar con miedo. Con la de instantes en los que leí aquel poema de Cortázar. “Sueñe sin miedo, amigo”. Me hablan los espejos, me discuten, o mejor, me discuto, me hablan los carteles, la propaganda electoral, el calendario, ¿el calendario? Qué importa el calendario. Me hablan y es ya momento de escuchar, y no de únicamente traducir lo que me dicen de forma que las palabras resulten cómodas. Escuchar, entender y apreciar las voces, atender como se atienden las eses de Antonio Vega. Disfrutar, y no pensar. Sin coma. Disfrutar y no pensar. Vivir en un texto que se escribe y no fantasear con cómo quedará lo publicado, escribir, escribir, sin siquiera borrar lo escrito, escribir y dejar que sean las palabras las que escojan su lugar, que sean ellas, las palabras, las que decidan en qué lugar del texto situarse, y entonces leerlas con sorpresa, con asombro, asistiendo de ese modo a la belleza que supone vivir un texto que se escribe sin necesidad de ser previamente concebido. Dónde la dedicatoria, dónde el agradecimiento, el principio, el nudo, el desenlace, dónde el punto. Quién sabe. Joder, ahí está el encanto. Ya lo sé.

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