Saltos

Uno, cuando escruta sus yerros, sus defectos, encuentra siempre un lugar en el que dialogar consigo mismo, en el que afrontar con tino. Yo tengo dos, o más, no sé, pero ahora voy a hablar de dos, de dos lugares, aunque el fondo me centraré en uno de ellos, que sé yo. La música y Rayuela, siempre Rayuela. Rayuela, como aquel Lobo Estepario, ayuda a confesarse para luego aventurarse a dar los saltos necesarios. Los saltos, que son vida. Aparece en Rayuela: “La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí, al alcance del salto que no damos”. Por haber, hay infinitud de saltos, como un salto desde la mesa de la cafetería a, no sé, el banco de una plaza. Saltos. Como el que no sin coger impulso se da para pasar del silencio a la palabra, que no al ruido, a la palabra antes escondida. También eso es un salto. Son los saltos los que nos llevan primero a los totales parciales y luego a los totales generales, de los que se habla en Rayuela y que os invito a visitar, pues bastante intenso, acaso apasionado, resulta el texto. Qué difícil, a veces, dar los saltos. Y qué difícil, a veces, calcular la distancia de los saltos. Qué estúpido el silencio, que estúpidas las palabras pronunciadas sabiéndose falsas a distancia, y por qué, por el miedo a la caída, a los fondos sin redes que sujeten, sin agua en los arroyos, sin certezas. Qué estúpido planear los saltos pensando en si habrá redes en los fondos, agua en los arroyos, certezas. No es posible que nada de todo aquello se muestre sin mostrarse primero, sin tomar impulso con la única finalidad de saltar, de arriesgarse a que no haya redes, ni agua, ni certezas. Saltar. Saltar incluso sentado en un banco de madera, saltar incluso sin moverse, saltar tan solo al pronunciar unas palabras ya esbozadas hace tiempo. Total parcial. Total general. Saltar. Alcanzar las playas. Y ya únicamente caminar. Caminar sin dejar que todo aquello que demoró en saltarse, en decirse, no salte sin pausa ni sentido. Entonces Rayuela, y mirar, mirar de cerca, cada vez más cerca y dejar que los ojos se agranden y así, de tan cerca, convertirse en cíclopes y mirarse, respirarse confundidos, dejando que las bocas luchen y los labios sean mordidos. Eso es. Saltar para después mirarse, y que esa mirada dulce sea la que diga aquí estamos, hemos llegado, a dónde, al total parcial, al total general.

Tener y ser

Estoy leyendo a Erich Fromm y, joder, me siento culpable. No es mío, es una letra de Los Chikos del Maíz y, sin embargo, estos días yo he vuelto a Erich Fromm. Por qué. El amor, qué sé yo, qué si no. La asunción de errores, supongo, el intento sincero de erradicarlos. Todo ello me ha llevado de vuelta a Fromm y a ‘El arte de amar’, aquel texto que tanto nos marcó y tan poco hemos sabido alentar. La relectura y diversas entrevistas a Fromm me guiaron a otro de sus libros, ‘Tener y ser’. La idea, que él aplica a experiencias cotidianas, proviene, entre otras cosas, de una idea de Marx: cuánto más tienes, menos eres. La enajenación. En el libro, Fromm establece una diferencia entre dos modos de vivir: según la experiencia del tener y según la experiencia del ser. El sistema, la herencia cultural, la educación… Todo nos ha arrastrado a una comprensión de la vida en función del tener. Incluso el lenguaje, con el tiempo, sobre todo desde la industrialización, ha mutado hasta el punto de aplicar tenencia a todo, incluso a los sentimientos. Entra aquí la parte interesada, por qué si no acudí a Fromm. El amor, en muchos sentidos, se ha visto transgredido al entenderlo como una emoción que se puede poseer. “Tengo un amor” es la frase que Fromm recuerda en su libro para explicarlo, advirtiendo de la imposibilidad de la acción. No es posible tenerlo, sí sentirlo. Dicha confusión nos aboca, al final, a entender esta emoción como algo que debemos poseer, que debemos tener, del que debemos depender. En ‘El arte de amar’ lo aclara de una forma más sencilla, quizás más comprensible. Lo hace al diferenciar entre el amor maduro y el amor inmaduro. El primero es aquel en el que uno es capaz de afirmar: te necesito porque te amo. El segundo, al contrario, dice: te amo porque te necesito. La oposición es sutil, si bien orienta, conduce por la senda adecuada. Yo, estos días, al releerlo todo, supe ver qué situaciones no había controlado en el pasado, en el presente, qué equivocaciones, descuidos, había y he cometido. El proceso de aceptación, lógico, no es inmediato, requiere esfuerzo, un paso después del otro. Al menos, pienso, he logrado vislumbrarlo. La significación de este curso no es el cambiarse a uno mismo, sino el enriquecerse. Últimamente he mantenido también conversaciones con personas a las que entrego gran atención que me han enseñado, además, otras de las experiencias cotidianas que denotan la experiencia del tener y del ser: el hecho de tener conocimiento y el de tan solo, ¡tan solo!, conocer. Conversaciones en las que uno aprende y conoce, y se conoce, lo cual no implica necesariamente acumular más conocimientos, sino mejorar la introspectiva. Me reconozco, desde hace ya un tiempo, como alguien que normalmente viste, confío en que ahora la realidad sea vestía, diferentes situaciones con una fuerte afectación, la mayor parte de las veces innecesaria e infundada. Poco a poco, la serenidad, que me dijo una de estas personas en alguna que otra conversación, va ganando espacio. Y no tiene más motivos que uno mismo, y el anhelo de querer bien y de forma madura. Porque tengo ganas de ese amor. Miento. No tengo ganas. Lo deseo, siendo y no teniendo.