Tener y ser

Estoy leyendo a Erich Fromm y, joder, me siento culpable. No es mío, es una letra de Los Chikos del Maíz y, sin embargo, estos días yo he vuelto a Erich Fromm. Por qué. El amor, qué sé yo, qué si no. La asunción de errores, supongo, el intento sincero de erradicarlos. Todo ello me ha llevado de vuelta a Fromm y a ‘El arte de amar’, aquel texto que tanto nos marcó y tan poco hemos sabido alentar. La relectura y diversas entrevistas a Fromm me guiaron a otro de sus libros, ‘Tener y ser’. La idea, que él aplica a experiencias cotidianas, proviene, entre otras cosas, de una idea de Marx: cuánto más tienes, menos eres. La enajenación. En el libro, Fromm establece una diferencia entre dos modos de vivir: según la experiencia del tener y según la experiencia del ser. El sistema, la herencia cultural, la educación… Todo nos ha arrastrado a una comprensión de la vida en función del tener. Incluso el lenguaje, con el tiempo, sobre todo desde la industrialización, ha mutado hasta el punto de aplicar tenencia a todo, incluso a los sentimientos. Entra aquí la parte interesada, por qué si no acudí a Fromm. El amor, en muchos sentidos, se ha visto transgredido al entenderlo como una emoción que se puede poseer. “Tengo un amor” es la frase que Fromm recuerda en su libro para explicarlo, advirtiendo de la imposibilidad de la acción. No es posible tenerlo, sí sentirlo. Dicha confusión nos aboca, al final, a entender esta emoción como algo que debemos poseer, que debemos tener, del que debemos depender. En ‘El arte de amar’ lo aclara de una forma más sencilla, quizás más comprensible. Lo hace al diferenciar entre el amor maduro y el amor inmaduro. El primero es aquel en el que uno es capaz de afirmar: te necesito porque te amo. El segundo, al contrario, dice: te amo porque te necesito. La oposición es sutil, si bien orienta, conduce por la senda adecuada. Yo, estos días, al releerlo todo, supe ver qué situaciones no había controlado en el pasado, en el presente, qué equivocaciones, descuidos, había y he cometido. El proceso de aceptación, lógico, no es inmediato, requiere esfuerzo, un paso después del otro. Al menos, pienso, he logrado vislumbrarlo. La significación de este curso no es el cambiarse a uno mismo, sino el enriquecerse. Últimamente he mantenido también conversaciones con personas a las que entrego gran atención que me han enseñado, además, otras de las experiencias cotidianas que denotan la experiencia del tener y del ser: el hecho de tener conocimiento y el de tan solo, ¡tan solo!, conocer. Conversaciones en las que uno aprende y conoce, y se conoce, lo cual no implica necesariamente acumular más conocimientos, sino mejorar la introspectiva. Me reconozco, desde hace ya un tiempo, como alguien que normalmente viste, confío en que ahora la realidad sea vestía, diferentes situaciones con una fuerte afectación, la mayor parte de las veces innecesaria e infundada. Poco a poco, la serenidad, que me dijo una de estas personas en alguna que otra conversación, va ganando espacio. Y no tiene más motivos que uno mismo, y el anhelo de querer bien y de forma madura. Porque tengo ganas de ese amor. Miento. No tengo ganas. Lo deseo, siendo y no teniendo.

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