Saltos

Uno, cuando escruta sus yerros, sus defectos, encuentra siempre un lugar en el que dialogar consigo mismo, en el que afrontar con tino. Yo tengo dos, o más, no sé, pero ahora voy a hablar de dos, de dos lugares, aunque el fondo me centraré en uno de ellos, que sé yo. La música y Rayuela, siempre Rayuela. Rayuela, como aquel Lobo Estepario, ayuda a confesarse para luego aventurarse a dar los saltos necesarios. Los saltos, que son vida. Aparece en Rayuela: “La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí, al alcance del salto que no damos”. Por haber, hay infinitud de saltos, como un salto desde la mesa de la cafetería a, no sé, el banco de una plaza. Saltos. Como el que no sin coger impulso se da para pasar del silencio a la palabra, que no al ruido, a la palabra antes escondida. También eso es un salto. Son los saltos los que nos llevan primero a los totales parciales y luego a los totales generales, de los que se habla en Rayuela y que os invito a visitar, pues bastante intenso, acaso apasionado, resulta el texto. Qué difícil, a veces, dar los saltos. Y qué difícil, a veces, calcular la distancia de los saltos. Qué estúpido el silencio, que estúpidas las palabras pronunciadas sabiéndose falsas a distancia, y por qué, por el miedo a la caída, a los fondos sin redes que sujeten, sin agua en los arroyos, sin certezas. Qué estúpido planear los saltos pensando en si habrá redes en los fondos, agua en los arroyos, certezas. No es posible que nada de todo aquello se muestre sin mostrarse primero, sin tomar impulso con la única finalidad de saltar, de arriesgarse a que no haya redes, ni agua, ni certezas. Saltar. Saltar incluso sentado en un banco de madera, saltar incluso sin moverse, saltar tan solo al pronunciar unas palabras ya esbozadas hace tiempo. Total parcial. Total general. Saltar. Alcanzar las playas. Y ya únicamente caminar. Caminar sin dejar que todo aquello que demoró en saltarse, en decirse, no salte sin pausa ni sentido. Entonces Rayuela, y mirar, mirar de cerca, cada vez más cerca y dejar que los ojos se agranden y así, de tan cerca, convertirse en cíclopes y mirarse, respirarse confundidos, dejando que las bocas luchen y los labios sean mordidos. Eso es. Saltar para después mirarse, y que esa mirada dulce sea la que diga aquí estamos, hemos llegado, a dónde, al total parcial, al total general.

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