Fuegos que no queman

Eran tiempos complejos y por tanto requerían de cierta dedicación inalterable, acaso una entrega ensimismada. A él le gustaba pensar, incluso bebía la literatura y los discursos que apoyaban sus supuestos, que tal afán podía obstruir, también en cierto modo, su propia dedicación inalterable. Entendía bien que sus argumentos, cuando buscaba contrariar, podían resultar no inútiles, sino bastante inoperantes. No es que rechazase por completo la opción de trabajar, del trabajar considerado empleo, por supuesto, si bien su empleo, pensaba, consistía en batallar por el afecto. Dónde la contradicción, en que aquel afecto lo encontraba en aquellas personas a las que llamaba, por no ceder al trance de lo apasionado, semillas que sembrarán mundos mejores, justos, dignos, unos en los que no fuera impertinente entregarse sin demora al afán de la atracción. Ahí residía la duda que planeaba sobre sus ideas, la conjunción de dos afanes en tiempos complejos. Su insistencia, al final, se deducía errónea, y lo sabía. En conversaciones largas se volcaba en la defensa del amor en tiempos de cambio, en la esencial necesidad de mantener vivas unas relaciones, de amistad, de lo que fuera, cuyos pilares básicos fueran la ternura, la empatía, el cariño, en última instancia el sentimiento orgánico que nos empuja al bregado empeño de transformar la sociedad, de provocar el encuentro de dos fallas que provoquen un terremoto cuyo único fruto sea un territorio sin fallas, una patria con la vida digna por bandera. Tal era su alegato, y en la soledad que queda tras toda conversación profunda entendía que no difería del resto de pretextos, que quizás no existen dos afanes diferenciados porque ambos nacen con la misma pretensión, o acaso se distinguen el cambiar por mejorar que el cambiarse por mejorarse. Cuando leía aquel poema de Ángel González (“No fue un sueño, lo vi, la nieve ardía”) quería centrarse únicamente en su lectura. Lo vio, la nieve ardía, hay imposibles transmutables, realizables, pero cuáles. ¿Hablaba del afecto, del amor, o hablaba de una victoria en unas elecciones generales en diciembre? Entonces comprendía que ninguna respuesta circulaba al margen de la otra, pero que para una darse debían existir ambas, que para lograrlo todo era necesario encender una mecha en terreno nevado, y que si la nieve ardía lo haría permitiendo luego el florecer de una nueva primavera. Hay fuegos que no queman, y de eso estaba ahora convencido.

Itaca

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Kavafis.

En 1954 Muddy Waters se acercó a James Cotton —que acababa de, como decían, soplar tan fuerte su armónica que esta se deshizo en sus manos— y aún cegado por lo que había escuchado le propuso que entrase a formar parte de su banda. Cotton no dudó, claro. Joder, era Muddy Waters. Al principio, Waters quería que el armonicista clavase una a una las notas de los solos que hacía su antecesor, algo que no convencía a Cotton, quería aportar al blues aunque fuera un pellizco de su música. Él mismo contó años después cómo un día se acercó a Waters: “Le dije que confiara en mí, que podía crear mis propios solos sin alterar el estilo de la banda. Esto me exigió aprender a tocar mejor y hoy sospecho que Waters fue manejando mis pasos de esa manera. Con él aprendí que un buen líder de grupo debe ser claro en sus ideas y debe dejar espacio para la creatividad de sus músicos”. Era su Itaca, acaso su pequeña utopía, y ahora las armónicas del blues todavía le suenan. Si bien el poeta griego instaba a pedir que el camino fuese largo para en muchas mañanas de verano alcanzar puertos nunca vistos, también exhortaba a tener siempre a Itaca en la mente. A mí, desde que era un chaval —qué soy ahora— me criaron en la necesidad de atisbar una utopía, un horizonte parecido a aquel sobre el que escribió Eduardo Galeano al que acercarse al menos cada cierto tiempo. Para qué si no las ideas. Quizás sin mucha continuidad con lo narrado, se presenta en mi memoria un breve fragmento de Rayuela, el amor, supongo: “Abrazado a la Maga, esta concreción de nebulosa, pienso que tanto sentido tiene hacer un muñequito con miga de pan como escribir la novela que nunca escribiré o defender con la vida las ideas que redimen los pueblos”. Las ideas, la utopía, Itaca. Sobra decir que sí, toda utopía tiene sus limitaciones, no sé si imposibilidades, pero sí determinados inconvenientes que, también ha de tenerse en cuenta, no deberían alterarse en frustraciones. Pepe Mujica insiste mucho en el siguiente propósito: “Debemos ser más sinceros en nuestro discurso político, llevando lo que decimos un poco más cerca de lo que de verdad pensamos y un poco menos atado a lo que nos conviene, y más valientes para explicarle, cada uno a su propia gente, los límites de nuestras respectivas utopías”. El sermón, si resulta serlo, tampoco sé si era la intención, busca responder a esta cuestión: en este lapso tan convulso, ¿olvidamos Itaca, que tan hermoso viaje nos ha brindado? ¡Ah, Rayuela, el fragmento! “Abrazado a Maga…” ¡Los abrazos! Tampoco habríamos de olvidarlos. Vale, sí, ¿por qué la historia de Cotton? Por los pellizcos, porque queremos poner nuestra música en la travesía a Itaca. Y no, no hablo de borrar del pentagrama las notas que antaño acariciaron los oídos, sino de sumar las armonías. Llevamos tiempo afinando el instrumento, como los Hermanos Conde con la guitarra de Leonard Cohen. Lo dijo James Cotton: “Como dice la canción, todo el mundo tiene el blues”. Y ahora, no podía faltar, la intensidad: abrazados a Maga —de una manera u otra, todas la tenemos—, construyamos aunque sea con migas de pan, escribamos esa novela que nunca pensamos escribir, no olvidemos las ideas.

Provocar un terremoto

Tuve algunos inconvenientes, varias heridas, unos cuantos años de cárcel.
En fin, cosas de rutina en quien se mete a transformar el mundo.
Pepe Mujica.

Yo entonces nunca había utilizado semejante trasto, pero parecía divertido, y como todo lo que siempre parece divertido, me fue prohibido su uso en la escuela. Un profesor, uno de esos que cuando eres niño no, pero de mayor apostarías tu vivienda a que vota facha, se acercó a mi lado y quiso atemorizarme: “¿Sabes que con eso puedes provocar un terremoto?” Yo me acongojé, claro, era un niño, qué iba a hacer. Días después, todavía sollozando, le pregunté a él y a ella, a ella y a él que sabían que su vida se había convertido en la mía hace ya un tiempo. Me miraron, con esa mirada que tranquiliza y a la vez anuncia precaución, también coraje: “Cariño, hasta la cosa más minúscula puede hacer temblar el mundo”. Observé la minúscula punta de metal de mi peonza. “¿Cómo puede ser que algo tan insignificante pueda llegar a provocar un terremoto?” Se rieron, claro, vaya pregunta. “Lo irás viendo con el tiempo, hijo”. De esta charla me acordé años después, no me pregunten siquiera si existió, la recordé. Era primavera y aquel día dormía al raso en una plaza. En las vallas de una obra había varios recortes con textos de Lois Pereiro, me sentía en casa. “Quien desee realmente hacer algo, en la medida de sus fuerzas, talento o influencia, que se ponga ya manos a la obra y ayude a ejercer el sabotaje. Aunque uno no consiga aspirar más que a transformar su espíritu, a mejorar tan siquiera su alma y su vida en cada uno de sus actos, solo con eso elevará el nivel de su propia y dormida conciencia y su capacidad de indignarse y sentir asco”. De pronto algo impidió que pudiera seguir leyendo, un pequeño trebejo se tropezó con mis zapatos. “Perdona, que esto no hay quien lo controle”, me dijo aquel al chaval al tiempo que yo le devolvía su peonza. Era primavera y recordé aquella conversación, y mi pregunta. “¿Cómo puede ser que algo tan insignificante pueda llegar a provocar un terremoto?”. Aquella peonza que colisionó con mis zapatos volvió a hacerlo hace unos meses, esta primavera, en la que, aun lejana, volví a sentir que juntos, nosotros a quienes siempre nos quisieron insignificantes, podíamos hacer temblar el mundo. Qué más da desde qué lugar, desde qué pertenencia o desde qué plaza o desde qué bar, el caso es que muchas nos pusimos a observar las minúsculas puntas de metal de las peonzas y soñamos con la posibilidad de soltar las cuerdas, de estallar los trastos contra el suelo, sabiendo que dejaríamos sentir un gran temblor en otras suelas, en esas suelas que nos prohibían el uso de lo divertido en las escuelas.

Se jodió, bueno, hay quien entiende las peonzas como una suerte de reliquia. No es el caso. Pienso ahora en aquella mirada, pero no en la parte que escondía precaución, no, pienso en la porción que guardaba de coraje. Y yo, no sé si por tonto o por si acaso, o porque soy más intenso que los fuegos de chimenea en navidad, me niego a dejar de jugar con mi peonza. Decía Albert Camus que el otoño es como una segunda primavera, en la que cada hoja es una flor. Lois Pereiro, en la Puerta del Sol: “Ya no vamos a ser cómplices de lo que nos indigne o avergüence. Nada es inmutable. Todo se transforma. Quien tenga tiempo, energía y desee hacer algo, que vaya proponiendo… Por ejemplo”. El otoño es una segunda primavera. El otoño es una segunda primavera y no nos engañemos, queremos el uso de lo divertido en las escuelas. De niños conocíamos bien los resquicios de los patios, las aulas vacías en horario lectivo, sabíamos, juntos, a dónde dirigirnos para que aquellos que gustaban de prohibir no percibieran nuestras fechorías, aquellas inyecciones traviesas y gamberras, puede que macarras. Déjenme ser intenso, por un rato, lo prometo, quizás por siempre, déjenme soñar con incendiar de chimeneas esta navidad, este diciembre en el que quieren congelar nuestras idas de olla con la almohada, nuestros sueños de macarra. Unámonos frente a aquellos textos de Pereiro: “¿Y de qué parte estaba yo, decíamos antes? De parte de los que intenten de alguna manera no contribuir a que esa rueda opresiva y maldita continúe girando eternamente, perpetuando, con un cíclico cambio de papeles de amos o esclavos, la misma situación hasta que la Tierra explote de asco y perversión, harta de nosotros”. Ellos querrán que su rueda gire eternamente, ¿por qué no hacemos rodar nuestras peonzas y logramos, por fin, que lo que siempre han presupuesto insignificante… pueda llegar a provocar un terremoto?