Provocar un terremoto

Tuve algunos inconvenientes, varias heridas, unos cuantos años de cárcel.
En fin, cosas de rutina en quien se mete a transformar el mundo.
Pepe Mujica.

Yo entonces nunca había utilizado semejante trasto, pero parecía divertido, y como todo lo que siempre parece divertido, me fue prohibido su uso en la escuela. Un profesor, uno de esos que cuando eres niño no, pero de mayor apostarías tu vivienda a que vota facha, se acercó a mi lado y quiso atemorizarme: “¿Sabes que con eso puedes provocar un terremoto?” Yo me acongojé, claro, era un niño, qué iba a hacer. Días después, todavía sollozando, le pregunté a él y a ella, a ella y a él que sabían que su vida se había convertido en la mía hace ya un tiempo. Me miraron, con esa mirada que tranquiliza y a la vez anuncia precaución, también coraje: “Cariño, hasta la cosa más minúscula puede hacer temblar el mundo”. Observé la minúscula punta de metal de mi peonza. “¿Cómo puede ser que algo tan insignificante pueda llegar a provocar un terremoto?” Se rieron, claro, vaya pregunta. “Lo irás viendo con el tiempo, hijo”. De esta charla me acordé años después, no me pregunten siquiera si existió, la recordé. Era primavera y aquel día dormía al raso en una plaza. En las vallas de una obra había varios recortes con textos de Lois Pereiro, me sentía en casa. “Quien desee realmente hacer algo, en la medida de sus fuerzas, talento o influencia, que se ponga ya manos a la obra y ayude a ejercer el sabotaje. Aunque uno no consiga aspirar más que a transformar su espíritu, a mejorar tan siquiera su alma y su vida en cada uno de sus actos, solo con eso elevará el nivel de su propia y dormida conciencia y su capacidad de indignarse y sentir asco”. De pronto algo impidió que pudiera seguir leyendo, un pequeño trebejo se tropezó con mis zapatos. “Perdona, que esto no hay quien lo controle”, me dijo aquel al chaval al tiempo que yo le devolvía su peonza. Era primavera y recordé aquella conversación, y mi pregunta. “¿Cómo puede ser que algo tan insignificante pueda llegar a provocar un terremoto?”. Aquella peonza que colisionó con mis zapatos volvió a hacerlo hace unos meses, esta primavera, en la que, aun lejana, volví a sentir que juntos, nosotros a quienes siempre nos quisieron insignificantes, podíamos hacer temblar el mundo. Qué más da desde qué lugar, desde qué pertenencia o desde qué plaza o desde qué bar, el caso es que muchas nos pusimos a observar las minúsculas puntas de metal de las peonzas y soñamos con la posibilidad de soltar las cuerdas, de estallar los trastos contra el suelo, sabiendo que dejaríamos sentir un gran temblor en otras suelas, en esas suelas que nos prohibían el uso de lo divertido en las escuelas.

Se jodió, bueno, hay quien entiende las peonzas como una suerte de reliquia. No es el caso. Pienso ahora en aquella mirada, pero no en la parte que escondía precaución, no, pienso en la porción que guardaba de coraje. Y yo, no sé si por tonto o por si acaso, o porque soy más intenso que los fuegos de chimenea en navidad, me niego a dejar de jugar con mi peonza. Decía Albert Camus que el otoño es como una segunda primavera, en la que cada hoja es una flor. Lois Pereiro, en la Puerta del Sol: “Ya no vamos a ser cómplices de lo que nos indigne o avergüence. Nada es inmutable. Todo se transforma. Quien tenga tiempo, energía y desee hacer algo, que vaya proponiendo… Por ejemplo”. El otoño es una segunda primavera. El otoño es una segunda primavera y no nos engañemos, queremos el uso de lo divertido en las escuelas. De niños conocíamos bien los resquicios de los patios, las aulas vacías en horario lectivo, sabíamos, juntos, a dónde dirigirnos para que aquellos que gustaban de prohibir no percibieran nuestras fechorías, aquellas inyecciones traviesas y gamberras, puede que macarras. Déjenme ser intenso, por un rato, lo prometo, quizás por siempre, déjenme soñar con incendiar de chimeneas esta navidad, este diciembre en el que quieren congelar nuestras idas de olla con la almohada, nuestros sueños de macarra. Unámonos frente a aquellos textos de Pereiro: “¿Y de qué parte estaba yo, decíamos antes? De parte de los que intenten de alguna manera no contribuir a que esa rueda opresiva y maldita continúe girando eternamente, perpetuando, con un cíclico cambio de papeles de amos o esclavos, la misma situación hasta que la Tierra explote de asco y perversión, harta de nosotros”. Ellos querrán que su rueda gire eternamente, ¿por qué no hacemos rodar nuestras peonzas y logramos, por fin, que lo que siempre han presupuesto insignificante… pueda llegar a provocar un terremoto?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *