Itaca

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Kavafis.

En 1954 Muddy Waters se acercó a James Cotton —que acababa de, como decían, soplar tan fuerte su armónica que esta se deshizo en sus manos— y aún cegado por lo que había escuchado le propuso que entrase a formar parte de su banda. Cotton no dudó, claro. Joder, era Muddy Waters. Al principio, Waters quería que el armonicista clavase una a una las notas de los solos que hacía su antecesor, algo que no convencía a Cotton, quería aportar al blues aunque fuera un pellizco de su música. Él mismo contó años después cómo un día se acercó a Waters: “Le dije que confiara en mí, que podía crear mis propios solos sin alterar el estilo de la banda. Esto me exigió aprender a tocar mejor y hoy sospecho que Waters fue manejando mis pasos de esa manera. Con él aprendí que un buen líder de grupo debe ser claro en sus ideas y debe dejar espacio para la creatividad de sus músicos”. Era su Itaca, acaso su pequeña utopía, y ahora las armónicas del blues todavía le suenan. Si bien el poeta griego instaba a pedir que el camino fuese largo para en muchas mañanas de verano alcanzar puertos nunca vistos, también exhortaba a tener siempre a Itaca en la mente. A mí, desde que era un chaval —qué soy ahora— me criaron en la necesidad de atisbar una utopía, un horizonte parecido a aquel sobre el que escribió Eduardo Galeano al que acercarse al menos cada cierto tiempo. Para qué si no las ideas. Quizás sin mucha continuidad con lo narrado, se presenta en mi memoria un breve fragmento de Rayuela, el amor, supongo: “Abrazado a la Maga, esta concreción de nebulosa, pienso que tanto sentido tiene hacer un muñequito con miga de pan como escribir la novela que nunca escribiré o defender con la vida las ideas que redimen los pueblos”. Las ideas, la utopía, Itaca. Sobra decir que sí, toda utopía tiene sus limitaciones, no sé si imposibilidades, pero sí determinados inconvenientes que, también ha de tenerse en cuenta, no deberían alterarse en frustraciones. Pepe Mujica insiste mucho en el siguiente propósito: “Debemos ser más sinceros en nuestro discurso político, llevando lo que decimos un poco más cerca de lo que de verdad pensamos y un poco menos atado a lo que nos conviene, y más valientes para explicarle, cada uno a su propia gente, los límites de nuestras respectivas utopías”. El sermón, si resulta serlo, tampoco sé si era la intención, busca responder a esta cuestión: en este lapso tan convulso, ¿olvidamos Itaca, que tan hermoso viaje nos ha brindado? ¡Ah, Rayuela, el fragmento! “Abrazado a Maga…” ¡Los abrazos! Tampoco habríamos de olvidarlos. Vale, sí, ¿por qué la historia de Cotton? Por los pellizcos, porque queremos poner nuestra música en la travesía a Itaca. Y no, no hablo de borrar del pentagrama las notas que antaño acariciaron los oídos, sino de sumar las armonías. Llevamos tiempo afinando el instrumento, como los Hermanos Conde con la guitarra de Leonard Cohen. Lo dijo James Cotton: “Como dice la canción, todo el mundo tiene el blues”. Y ahora, no podía faltar, la intensidad: abrazados a Maga —de una manera u otra, todas la tenemos—, construyamos aunque sea con migas de pan, escribamos esa novela que nunca pensamos escribir, no olvidemos las ideas.

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