Fuegos que no queman

Eran tiempos complejos y por tanto requerían de cierta dedicación inalterable, acaso una entrega ensimismada. A él le gustaba pensar, incluso bebía la literatura y los discursos que apoyaban sus supuestos, que tal afán podía obstruir, también en cierto modo, su propia dedicación inalterable. Entendía bien que sus argumentos, cuando buscaba contrariar, podían resultar no inútiles, sino bastante inoperantes. No es que rechazase por completo la opción de trabajar, del trabajar considerado empleo, por supuesto, si bien su empleo, pensaba, consistía en batallar por el afecto. Dónde la contradicción, en que aquel afecto lo encontraba en aquellas personas a las que llamaba, por no ceder al trance de lo apasionado, semillas que sembrarán mundos mejores, justos, dignos, unos en los que no fuera impertinente entregarse sin demora al afán de la atracción. Ahí residía la duda que planeaba sobre sus ideas, la conjunción de dos afanes en tiempos complejos. Su insistencia, al final, se deducía errónea, y lo sabía. En conversaciones largas se volcaba en la defensa del amor en tiempos de cambio, en la esencial necesidad de mantener vivas unas relaciones, de amistad, de lo que fuera, cuyos pilares básicos fueran la ternura, la empatía, el cariño, en última instancia el sentimiento orgánico que nos empuja al bregado empeño de transformar la sociedad, de provocar el encuentro de dos fallas que provoquen un terremoto cuyo único fruto sea un territorio sin fallas, una patria con la vida digna por bandera. Tal era su alegato, y en la soledad que queda tras toda conversación profunda entendía que no difería del resto de pretextos, que quizás no existen dos afanes diferenciados porque ambos nacen con la misma pretensión, o acaso se distinguen el cambiar por mejorar que el cambiarse por mejorarse. Cuando leía aquel poema de Ángel González (“No fue un sueño, lo vi, la nieve ardía”) quería centrarse únicamente en su lectura. Lo vio, la nieve ardía, hay imposibles transmutables, realizables, pero cuáles. ¿Hablaba del afecto, del amor, o hablaba de una victoria en unas elecciones generales en diciembre? Entonces comprendía que ninguna respuesta circulaba al margen de la otra, pero que para una darse debían existir ambas, que para lograrlo todo era necesario encender una mecha en terreno nevado, y que si la nieve ardía lo haría permitiendo luego el florecer de una nueva primavera. Hay fuegos que no queman, y de eso estaba ahora convencido.

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