Ganar

Hablaba el otro día con un buen amigo sobre la importancia de ganar, salvando, ahora, la eterna épica que nos gustaba inculcar a la derrota. Charlábamos de política, de qué si no, de este momento -o de aquel momento- en el que vislumbramos por vez primera la opción abierta a la victoria. Entonces, ¿nos vale únicamente participar, en esta ocasión? Entendimos, sin necesidad de muchas curvas, que no, ya no resulta suficiente. No nos vale, ahora no. Y así lo repetíamos una y otra vez, como si el hecho de reiterarlo fuera a subir el ratio de posibilidades de éxito. Nos convertimos en ese instante en una suerte de Bobby Fischer, de aquel Bobby Fischer que, siendo todavía un enano, se plantó en un torneo en Manhattan y le dijo a su colega Ron Gross: “¿Sabes qué? Puedo ganar a todos esos tipos”. Gross se explicó tiempo después: “Yo creí que hablaba de la gente del torneo en que estábamos participando y pensé que lo que estaba diciendo era una perogrullada. […] Pero él no se refería a eso. Él se refería a que podía vencer a cualquiera en los Estados Unidos. Y a finales de ese mismo año, eso es precisamente lo que hizo”. Y yo ahora quiero permitirme, como quisimos hacerlo mi amigo y yo, quisimos permitirnos la analogía, hoy que las comparaciones ajedrecistas están en boga. Escribo el guion, a tiempo pasado, de lo que sucedió el día en que pensamos romper las tablas. 01. PLAZA. EXT/DÍA. Un grupo de personas se miran, agazapadas en varias esterillas. PERSONA 1: “¿Sabes qué? Podemos ganar a todos esos tipos”. Y qué si no fue así, si lo que importa es el reconocimiento a que hubo quien, frente a todos esos tipos, dijo: quiero ganar. Quizás haya quien piense que está afirmación vaya acompañada de no una, sino varias renuncias, al menos en principio. También Fischer, en su sexta partida contra Boris Spassky, renunció a su salida preferida en un intento de descolocar desde el inicio al soviético. Bueno, Spassky terminó la partida sumándose al entregado aplauso del público al estadounidense.