Revolución

Hace un tiempo acudí al teatro para ver una adaptación de la obra de James Matthew Barrie Peter Pan. Trataba sobre un joven Peter Pan contemporáneo, un chaval como cualquiera de nosotros que no es que no quisiera crecer por convicción, sino porque su contexto y situación nunca se lo permitirían. Nadie le dejaría crecer y experimentar lo que sería una vida digna. Entonces, pensaba él, para qué siquiera adelantarse a las edades. Aquella obra terminaba –quizás empezaba así, no recuerdo bien– con las voces en off de las abuelas y abuelos del elenco. Una de ellas logró emocionarme al preguntarse cuánto tiempo más tendría que seguir viendo a su nieto a través de Skype. Pienso ahora en mi madre y en mi padre, y en la de graduación que suman al día para poder ver a su nieta a través de las fotos que mi hermano nos envía a través del móvil. Solo así pueden ser testigos del paso de los tiempos por la que ya siempre será su primera nieta. Y ahí va, despacio, deslizándose una lágrima por esta jeta.

Cuántas personas, y de verdad me lo planteo, movido acaso por la sempiterna curiosidad, cuántas personas han tenido que memorizar el camino de su hogar al aeropuerto, cuántas personas se han visto obligadas a instruirse y adaptarse al uso cotidiano de las herramientas de comunicación vía internet para poder siquiera saber cuál es el último corte de pelo de su hijo, de su nieta, de su pareja. Y regreso, permitid, de nuevo, que hable de mí, regreso, decía, de nuevo, a una experiencia muy cercana. Cuántas personas se han sentido solas, incluso achacadas por la vergüenza, al tener que decirle a sus hijos que este año no podrán disponer del mismo material escolar que sus compañeros de aula. Y ahí va, despacio, deslizándose una jodida lágrima por esta jeta.

Cuántas personas, y qué más da si ya esto no tiene una estructura, cuántas personas tienen que hacer perpetuos malabares para ser capaces de adquirir al menos alguno de los regalos que sus hijos reclaman esta navidad. Sí, llamadme superficial, hay que vivirlo, hay que experimentar el cumpleaños de un hijo o de una hija para comprender el sufrimiento, los sofocos que provoca el recorrerse un sinfín de pastelerías en busca de algún dulce que el bolsillo pueda permitirse. Cuánto placebo por sanidad privatizada, cuánta agua por leche, cuánta fatiga por recibos impagados, cuánta cera por luz inexistente, cuánto abrigo por calefactores moribundos. Y ahí va, despacio, otra fastidiosa lágrima por la jeta.

Y ahí va, de forma apresurada, un voto, un sobre por tanta jodida lágrima, unas ganas de ganar por tantas veces de meros participantes, unas ansias de victoria por tantas veces ausentes en su partida de ajedrez. Y ahí va, un peón que será torre, una torre que será caballo, un caballo que será alfil. Y ahí va, un peón que será reina y que será rey. Y ahí va, cada vez más cerca, un Peter Pan a quien nadie impedirá seguir creciendo.

No había estructura programada, no importa si este párrafo parece estar fuera de lugar, ni siquiera sé si jugaría el papel de un post scriptum, pero no importa, no importa porque siempre faltarán palabras. No sé qué pasará mañana, no sé con quién estará cada uno, ni si será fácil o difícil, pero estoy seguro de que en el trance hay que arriesgar. Quiero ganar. Y quiero hacerlo porque, pese a embudos y descartes, siempre aposté por ser revolución.

Dejad que sea yo

Por qué tanta insistencia en que comprometáis mis incumbencias, por qué ese empeño en apropiarse de mis voces, por qué esa porfía, ese intento desesperado y nada astuto de apresarme y transformarme en un vulgar prosélito. Acaso he mostrado yo cualquier sutil muestra de permitir que alguna fracción se adueñe de mi todavía naciente autonomía, acaso he dado pruebas de ser un nadie –que lo soy– que busca impaciente un abrigo que querréis venderme de piel cara. Dejad que vista con orgullo mis prendas de ocasión, porque el tiempo lo merece, dejad que calce, si así lo quiero, mis zapatos viejos, que me arregle con mis suelas desgastadas que todavía poca calle han infringido, dejad que me atavíe, si me da la gana y no os importa, con mis pulseras ya raídas, con mi reloj de cuerda floja y manillas rotas. Permitid que enfile la senda que yo elija, incluso si al final resulta equivocada, qué os importa, permitid que sea yo quien continúe repudiando a lo de siempre, es más, aceptad que sea yo quien acote ese lo de siempre. Quizás vosotros seáis lo de siempre, quizás mañana lo sea yo, qué os importa ahora si no podéis impedir que en este cruce termine optando por según qué vía paralela, si no podéis pretender ya el levantamiento de ninguna empalizada que me aferre a vuestras chaquetas de cuero inasequible, dejad que me acicale con las mías, sí, con mis chaquetas de lana usada y mangas remangadas, no queráis revestir de vuestra inmensa charlatanería los cristales de mis gafas, no os situéis enfrente cuando quiera que sean vidrio enlagrimado, transigid, sin grandes condescendencias, os lo pido, aceptad que hoy, ahora, sea yo quien por fin me aventure al desamparo.

Cambio

Hace unos años, en la facultad, llegaron los tiempos de decidir si uno quería estudiar el siguiente curso en alguna otra ciudad europea, el famoso Erasmus. Entonces, yo estudiaba en mi ciudad de nacimiento, en Compostela, lo que me permitía vivir y acudir siempre que lo necesitase a la casa familiar. Estaba seguro, con un lugar tranquilo, protegido, en el que ocultarme cuando llegasen los monstruos. Estaba seguro, me sentía a gusto y cualquier cambio resultaba una llamada a la intranquilidad. Fue por ello que al final cometí el error, insalvable ya, de no estudiar un año, quizás seis meses, lejos de casa. Miedo al cambio. Esa misma sensación, aquel temor, volví a experimentarlo cuando las oportunidades laborales en Galicia se acabaron para un menda y frente a mí se abría la posibilidad de marchar, que es un verbo muy gallego, a Madrid. Frente a mí, el cambio, la mudanza obligada. La edad, supongo, quizás también el no haberlo hecho con anterioridad, me llevó a decidirme, a decirme a mí mismo que sí, que había que dar el paso, arriesgarse al desamparo. En Madrid conseguí trabajo, y no uno, sino varios, curros con los que siempre había fantaseado. En Madrid conocí a gran parte de las personas que hoy y ya siempre me acompañarán, cerca o lejos. En Madrid, también, me enamoré.

La alegoría es sencilla, y no hacen falta explicaciones.