Cambio

Hace unos años, en la facultad, llegaron los tiempos de decidir si uno quería estudiar el siguiente curso en alguna otra ciudad europea, el famoso Erasmus. Entonces, yo estudiaba en mi ciudad de nacimiento, en Compostela, lo que me permitía vivir y acudir siempre que lo necesitase a la casa familiar. Estaba seguro, con un lugar tranquilo, protegido, en el que ocultarme cuando llegasen los monstruos. Estaba seguro, me sentía a gusto y cualquier cambio resultaba una llamada a la intranquilidad. Fue por ello que al final cometí el error, insalvable ya, de no estudiar un año, quizás seis meses, lejos de casa. Miedo al cambio. Esa misma sensación, aquel temor, volví a experimentarlo cuando las oportunidades laborales en Galicia se acabaron para un menda y frente a mí se abría la posibilidad de marchar, que es un verbo muy gallego, a Madrid. Frente a mí, el cambio, la mudanza obligada. La edad, supongo, quizás también el no haberlo hecho con anterioridad, me llevó a decidirme, a decirme a mí mismo que sí, que había que dar el paso, arriesgarse al desamparo. En Madrid conseguí trabajo, y no uno, sino varios, curros con los que siempre había fantaseado. En Madrid conocí a gran parte de las personas que hoy y ya siempre me acompañarán, cerca o lejos. En Madrid, también, me enamoré.

La alegoría es sencilla, y no hacen falta explicaciones.