Dejad que sea yo

Por qué tanta insistencia en que comprometáis mis incumbencias, por qué ese empeño en apropiarse de mis voces, por qué esa porfía, ese intento desesperado y nada astuto de apresarme y transformarme en un vulgar prosélito. Acaso he mostrado yo cualquier sutil muestra de permitir que alguna fracción se adueñe de mi todavía naciente autonomía, acaso he dado pruebas de ser un nadie –que lo soy– que busca impaciente un abrigo que querréis venderme de piel cara. Dejad que vista con orgullo mis prendas de ocasión, porque el tiempo lo merece, dejad que calce, si así lo quiero, mis zapatos viejos, que me arregle con mis suelas desgastadas que todavía poca calle han infringido, dejad que me atavíe, si me da la gana y no os importa, con mis pulseras ya raídas, con mi reloj de cuerda floja y manillas rotas. Permitid que enfile la senda que yo elija, incluso si al final resulta equivocada, qué os importa, permitid que sea yo quien continúe repudiando a lo de siempre, es más, aceptad que sea yo quien acote ese lo de siempre. Quizás vosotros seáis lo de siempre, quizás mañana lo sea yo, qué os importa ahora si no podéis impedir que en este cruce termine optando por según qué vía paralela, si no podéis pretender ya el levantamiento de ninguna empalizada que me aferre a vuestras chaquetas de cuero inasequible, dejad que me acicale con las mías, sí, con mis chaquetas de lana usada y mangas remangadas, no queráis revestir de vuestra inmensa charlatanería los cristales de mis gafas, no os situéis enfrente cuando quiera que sean vidrio enlagrimado, transigid, sin grandes condescendencias, os lo pido, aceptad que hoy, ahora, sea yo quien por fin me aventure al desamparo.

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