La tienda de discos

Yo creo que si alguna vez crecí, entendiendo crecer como el tránsito a la edad sensata, fue aquel día en el que de la noche a la mañana mi tienda de discos se había convertido en el establecimiento de unos grandes almacenes. Ahora entiendo eso que el otro día me largó un amigo: “La vida no tiene banda sonora original”. Es una de esas sentencias sobrias y por un tiempo incomprensibles pero que a uno se le quedan grabadas como inscripciones en piedra de Rosetta. Banda sonora no sé, pero centros comerciales, tantos como para exasperarse de forma urgente. A mí aquella permuta de locales, que más que permuta fue un auténtico cambalache, me pilló desprevenido, sobre todo por la ausencia de efemérides que ayudasen a digerirlo. Regresé a casa como lo hace un derrotado después de una liviana contienda y enfilé los pasos hacia el salón, donde esperaban mis padres sin saber qué les esperaba. Les arrojé un discurso a lo cubano cargado de sentimentalismo y profunda sensación de engaño. Ni caso. “¿Qué te pasa?”, respondieron sin haber siquiera reparado en mi aturdimiento. La madurez es eso, comprender que lo que uno desearía ficción no es más que una consistente realidad. Y hoy, absorto en una acelerada superposición de ficciones, mascullo la posibilidad de modificar la realidad, tan voluble como lo fue entonces mi tienda de discos.