Escribir de noche

Son demasiadas las veces que uno escribe por las noches sin dejar rastro escrito de lo imaginado. Sucedió ayer, por ejemplo, que en mi cabeza un alguien cualquiera, que podía ser yo u otro, se acercaba con una suerte de aliento fugado a otro alguien cualquiera y le decía: “Tu convencimiento podría transformarse en mi alegría”. Ese mismo alguien cualquiera, al menos en algún momento tras amnesia prolongada, decidía erguirse en autocrítica: “Sé muy bien que si genero algún incendio luego no puedo pretender llamar a los bomberos”. Hay quien, a duermevela, apoya un cuaderno en la mesilla para momentos como este, y yo eso lo probé una vez, con tan malos resultados que al día siguiente las notas parecían cuadros de cubismo antes que reflexiones comprensibles. En fin, la realidad es que tengo los borradores del blog colmados de a saber cuántos relatos escritos por las noches. Y como el silencio no debería dilatarse hasta el olvido, he querido juntar alguno de ellos buscando evitar que se conviertan en simple verborrea que sonroje. Aburriría a Cristo, ya lo dijo Pereiro, tras haber tantos iguales en todos los idiomas y en todos los lugares. Uno empieza: saltaré todas las putas vallas hasta alcanzar la playa. Y si hubiese también muros, los sortearé con la soberana libertad con la que decía actuar Cortázar en su Rayuela, que no es si no un juego de saltos. Saltaré todas las putas vallas, rasgaré las vestiduras, qué más da, hasta llegar despojado de cualquier peso que impida el baño. Solo así la cena será como la que dirigió Lubitsch: la luna en las copas, y por qué no también la entrega al placer de una botella en la luna. Saltaré todas las putas vallas hasta alcanzar la playa, y vendrán entonces las mareas a buscarnos, sin tener nosotros temor a las subidas y bajadas, y saltaré todas las putas vallas hasta alcanzar la playa y hasta que se descubra el sol y grite como lo hizo Rimbaud: “¡La hemos vuelto a hallar! / ¿Qué? / La eternidad. / Es la mar mezclada / con el sol”. Saltaré todas las putas vallas hasta alcanzar la playa que no es si no un lugar para nosotros, tan cierto como lo aseveraron las manos de Mark Knopfler. Y no habrá guía que no sea la lectura de un mapa de lunares con ojos mudados en meteoros, que pondrán sonoridad al silencio y conversarán sin nosotros saber cómo ni en qué idioma. Y en este lugar lo esencial será lo mismo que en la carta que Saint-Exupéry le escribió a su amigo Léon Werth, y copio: “Lo esencial, lo más frecuente, no tiene peso. Aquí lo esencial solo fue, aparentemente, una sonrisa. Una sonrisa esencial. Una sonrisa paga. Una sonrisa recompensa. Una sonrisa anima. Y la cualidad de una sonrisa puede hacer morir. […] Esa cualidad nos liberaba tan plenamente de la angustia de los tiempos presentes y nos otorgaba la certeza, la paz”. Y saltaré todas las putas vallas hasta alcanzar la playa y caminaré la orilla de punta a punta para demorarme en sus extremos, comisuras de la sonrisa que ilumina la fiesta, el sitio de mi recreo y como tal me recrearé en las olas y en su espuma. Sí, no se equivocan, me he quedado en un relato.

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