La política como estropajo

Tiene el trabajar en política un (in)discutible parecido al de un estropajo de finos metales, esos que lavar, lavan tan bien que, al mínimo descuido, te has dejado en las estrechas lijas la uña, el anular y casi el antebrazo. Trabajar en política comporta sus riesgos. Al poco uno entiende vestir sobre su tiesto una aureola fastuosa, espléndida, magnífica… Un halo espectacular, invisible solo ante según qué idiotas, cómo no pueden darse cuenta. Tiene el trabajar en política un acuse de recibo poco comparable a otros oficios: qué has hecho hoy, con quién has estado, a quién has tenido el vasto placer de entrelazar tus tersas palmas. Trabajar en política tiene la terca obstinación de la falta de avituallamiento, el valiente padecimiento de la falta de sueño, la impávida abnegación del misionero, la heroica ofrenda de uno mismo a la propia causa, el hostias, Juanatey, hace más de un año que no escribes por aquí. Tiene el trabajar en política especialmente este último sopapo, servido normalmente en algún generoso parón de un quehacer tan dado al indecente derroche de generosidad. Un tortazo que propinan también los libros amontonados en una suerte de cámara de polvo reclamando al menos la retirada de un plástico opresor. Trabajar en política es, en definitiva, como trabajar en cualquier otra ocupación, por ejemplo el periodismo, qué heroicidad. Uno se afana en inventar según qué expresiones mayúsculas referidas al omnipresente ciudadano como excusa para dejarse arrastra a una cascada cuya caída, si no mata, duele a rabiar.

Con el periodismo se percibe, al menos yo así lo he constatado, aquello de que el significante poder muchas veces conlleva el significado sucumbir. Esto no quiere decir un entregarse a lo establecido, sino ofrecerse sin cláusulas a una necesidad, antes virtud, de establecer lo nuevo, pese a quien le pese e incluyéndose a uno mismo, como si el trabajo se transmutase en una red de arrastre cuya pesca será cuantiosa y, por tanto, efectiva si no se quiere pensar que tal logro llegará con la desertización de lo que ayer fueron corales. La cosa -qué palabro- va, como siempre, de memoria, de afrontar tanto el trabajar en política como en periodismo sin olvidar que hubo algo antes a lo que llamamos vida, sin que en este caso lo contrario sea muerte. En un mundo de coartadas siempre hay que explicarse. La cosa, decía, va de enfrentar los púlpitos con la radicalidad de lo cotidiano, es decir, apostar al cambio sin olvidar que hay que tender los calcetines.