‘Amarillo’, de Félix Romeo

“A fin de cuentas, lo que está claro es que todas las vidas acaban antes de tiempo”
José Saramago en Ensayo sobre la ceguera


Félix Romeo murió el 7 de octubre en Madrid con 43 años y antes de eso le dio tiempo a escribir tres novelas —Dibujos animados (1994), Discothèque (2001) y Amarillo (2008)—, incontables artículos, reseñas literarias y dirigir el programa de TVE La Mandrágora. Hasta su muerte, yo no había conocido a Romeo; creí haber visto su cara en alguna ocasión, en alguna revista, en la televisión. Puede que fuera el sentimiento de culpa, el notarme un intruso en sus obituarios, lo que me haya llevado a leer Amarillo. Lo hice como se espía desde la mirilla de la puerta. Como se lee la correspondencia de un fallecido a un amigo que se había suicidado. Como un voyeur arrepentido.

Chusé Izuel era uno de los amigos íntimos de Romeo. Un escritor al que una mujer dejó un día 27 y que se suicidó otro día 27. El de febrero de 1992, con 24 años. Quince son los años que Romeo tardaría en publicar Amarillo, una suerte de epístola dirigida a Izuel en la que trata no solo de entender las causas que llevaron a su mejor amigo a precipitarse por un balcón, sino también de desprenderse de una carga de culpabilidad que le acompañaba desde entonces. El 26 de octubre de 1990, Izuel le escribió una carta a Romeo: “Cada vez estoy más convencido de que el acto de escribir, el verdadero y único acto de escribir, consiste en echar toda la puta mierda que llevas dentro. De hecho, no quiero ya oír hablar de creación ni pijadas de ésas. Ni creación, ni hostias. Y lo mismo en cualquier actividad. O te sale de las tripas o no vale una mierda”. Eso hizo Romeo en Amarillo: echar todo lo que llevaba dentro.

Escribió Romeo: “Tu muerte fue una bendición para mí: no habría vuelto a escribir si tú hubieras seguido vivo. No paro de pensar que tu muerte es un siniestro crimen perfecto con un único beneficiario: yo. No te induje. Yo quería que te repusieras, que abandonaras esa tristeza, que a mí me parecía totalmente autoimpuesta, ridícula. No siempre he pensado que tu muerte fue el crimen perfecto. Realmente, sólo fui consciente de ese crimen hace ocho años. Soñé que habías regresado. «He estado dando una vuelta por ahí», decías con una sonrisa en la cara. Me sentía fatal, notaba cómo todo se desmoronaba. Todos los días te presentas como mi mayor culpa, la que me convierte en tu asesino. Siempre he tenido un gran sentimiento de culpa. Si hubiera alguna forma de extraer la culpa de mi cabeza, la utilizaría”.

En una entrevista posterior a la publicación del libro, Romeo negó, no obstante, que hubiera sentido alivio por la muerte de su amigo: “No fue el suicidio de Chusé lo que me convirtió en escritor, porque desde adolescentes ya ambos éramos escritores cachorros. Pero, sin duda, su muerte me cambió profundamente como persona y cambió también mi escritura, de la misma manera que nuestra guerra civil lo hizo con otros autores hace décadas. Y aunque no me gustaría dejar de ser el escritor y la persona que soy, sí me gustaría que Chusé no hubiera muerto. Quizás por eso no logro sentirme aliviado”.

Romeo se acerca a aquello que motivó el suicidio de Izuel a través de los relatos que el último dejó escritos y que luego se publicarían bajo el nombre de Todo sigue tranquilo: “«Todo sigue tranquilo» es el título de uno de los cuentos: en el que un tipo llora páteticamente porque su chica le ha abandonado, y amenaza con suicidarse ante la absoluta indiferencia del narrador”. Todos los relatos de Todo sigue tranquilo hablan de una mujer que deja a un hombre. Todos esos hombres son Chusé Izuel.

Once del once del once

A mí esto de las fechas empieza a cansarme. Y no hablo en sentido figurado, sino que me cansa, me cansa de verdad. Físicamente hablando. Recuerdo que a finales de 1999 muchas personas, de confianza entonces y menos después de aquello, me decían que tenía que aprovechar los días que quedaban antes de que llegara el año 2000, que los había que pensaban que el cambio de siglo se produjo por esas fechas. Yo, por tonto o por si acaso, no pude más que hacerles caso y me dejé el cuerpo en juergas y farras. No fuera que, como me insistían, el mundo se fuera a terminar. El caso es que no fue así y pronto llegó diciembre de 2000 con las mismas advertencias. Y volvieron las juergas y las farras. Las mariscadas y el agua, porque es agua, que venden la última noche del año. “La del siglo, chaval”, me espetó un amigo para añadir: “No, no. La de la historia. La última noche de la historia”. Yo ahí pensé que de lo que en realidad hablaba mi amigo era de la última noche pero en sentido figurado. Algo así como una noche histórica, de esas en las que no resucitas hasta dentro de tres días. Pero 2001 llegó y aquí todo siguió igual. Ese colega mío me dijo que había fallado los cálculos y que en realidad todo acabaría en 2012, y ahí ya me agobié. “Lo leí en un libro, chaval”, me dijo, porque entonces los libros eran como ahora la televisión. Pero hace unos días, después de varias “últimas noches de la historia”, este amigo, un tanto desconocido ahora, me llamó. “El libro no decía la verdad. No pasará en 2012, sino el viernes”. “¿El viernes?”, pregunté un poco nervioso. Porque yo, si se puede elegir, preferiría que esto no acabara entre semana y con la ropa sin planchar. “Sí, sí. Once del once del once. Lo he visto en la tele, chaval”. Será mentira, oye, pero por tonto o por si acaso…

Cumpleaños

Hoy es mi cumpleaños. Es una cosa que pasa cada cierto tiempo, algo así como anualmente, aunque a ciertas edades parece que va de lustro en lustro, por lo menos de cara al público. A mí en realidad ni me va ni me viene, más bien me sobreviene. Y aún así ya es la vigésimo cuarta vez que llama a mi puerta. Yo, que tampoco quiero ser maleducado, le abro sin problema. Casi sin preguntar. Dicen que con el tiempo es mejor dejar la puerta abierta de par en par y ahí los años van entrando sin que te des cuenta. Los hay, sin embargo, que se pasan la vida atisbando por la mirilla, no sea que se acerque un año más y les pille por sorpresa y sin arreglar. Yo por ahí sí que no paso. Si tiene que venir que venga, pero tampoco me voy a maquillar. Si acaso, preparo una ración de alpiste para amenizar la velada, que eso es muy de bar que da la bienvenida “pero no te quedes mucho”. De todos modos, en un año vendrá el siguiente y tampoco es cuestión de que este se acomode. Podremos charlar, si cabe, de cómo ha sido su predecesor y en qué me va a cambiar el recién llegado, pero tampoco me obsesiona. Puede que los años, que vienen ellos tan dispuestos, se muestren dolidos o afectados pero les doy poca importancia. Celebraré siempre que pase el tiempo antes que el refugio en “cualquier pasado fue mejor”.

Yo salgo el 15-O

La primera vez que me dejé caer por una gran manifestación fue cuando jaleábamos aquello de “nunca máis”. Entonces, salimos a la calle a protestar porque la mala gestión de unos cuantos llenó, literalmente, de mierda nuestras costas. Nos quejamos porque decidieron —por no querer decidir otra cosa— pintar Galicia de negro. Hoy, que ya se sabe que todo se repite, saldré de nuevo a la calle a protestar porque a otros tantos se les ocurrió recuperar los pinceles y la pintura negra para quitarle color a mi futuro. Decía Edgar Degas eso de que “un cuadro debe ser pintado con el mismo sentimiento con que un criminal comete un crimen”, y aquí parece que nosotros solo somos los personajes del lienzo.

A mí lo de pintar nunca se me dio muy bien, aunque pienso que los que llevan los pinceles bien pueden dibujar mejor y situarnos en un paisaje más amable. De ahí que hoy vaya a salir a la calle, una vez más, para exigir un cambio. Los motivos son muchos y variados y ya los han desarrollado muchas personas antes y mejor de lo que yo podría hacerlo. Lo único que reclamo es una nueva forma de pintar. Que me devuelvan el color.

Irse a Manuel Jabois

Razón no le falta a Kiko Amat cuando dice que le gusta tanto Manuel Jabois que empieza a caerle mal. Después de leer la recopilación de columnas del periodista de Sanxenxo a uno le invaden dos sentimientos. El primero es el que describe Amat. Porque tú llevas toda una vida, que aunque es corta es tiempo, intentando escribir algo que guste y sobre todo que te guste y resulta que ese algo es lo que hacía un tal Jabois desde hace ya unos años. Tras esa primera sensación ya solo te queda rogar, porque no te deja más opciones, como lo hace otro gallego, Henrique Mariño: “Mamá, yo de mayor quiero ser Manuel Jabois”, escribe.

Yo ahora eso lo canto a los cuatro vientos. No puedo hacer otra cosa que suplicar algún parecido con Jabois tras tragarme una a una las columnas que publicó en el Diario de Pontevedra, El Progreso y FronteraD. “Irse a Madrid” se llama el libro, por una columna del mismo nombre en la que defiende que para escribir bien no hace falta huir a la capital. Desmiente así lo que dijo Pío Baroja un día: “Si quiere ser escritor, váyase a Madrid y póngase a la cola”. Yo, por llevar la contraria, por una paradoja o quién sabe por qué, me vi leyendo la primera columna en un tren que me sacaba de Madrid y la última en otro que me llevaba de vuelta, ya con la certeza, eso sí, de que si en Compostela no se puede imitar a Jabois, intentarlo en Madrid es de todo menos de valientes.

Leer a Jabois produce además un efecto extraño. Sin saber cómo has llegado a ese punto, te ves convertido en un promotor de su obra y no ves el momento de sacar un “pues tiene Jabois una columna…” o “justo de eso habla Jabois”. Tú vas por ahí creyéndote un mini-Jabois que solo por repetir su nombre vas a llegar a casa, te vas a sentar delante de un ordenador y vas a escribir como él. Por desgracia, te das cuenta de que todo es una farsa cuando, en mitad de una conversación de peso y sobrepeso con tres amigas, una te dice: “Pero vamos a ver, ¿quién coño es ese tal Jabois?”. Y a ti te duele que no lo conozcan y te pones si cabe más pesado, tanto que hasta sacas el móvil y tecleas con sumo cuidado su nombre en Google imágenes. “Pues sí que es guapo”, te dicen. Entonces sucede que te cae todavía peor, porque no solo escribe como tú querrías hacerlo sino que además, por mucho que te hagas el “guay”, —como lo hizo él en su columna “Morir en Caneliñas”— nunca estarás a su altura. Ese personaje “canalla, errático, noctámbulo y mujeriego” que creías haber inventado ya tenía su apariencia.