Itaca

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Kavafis.

En 1954 Muddy Waters se acercó a James Cotton —que acababa de, como decían, soplar tan fuerte su armónica que esta se deshizo en sus manos— y aún cegado por lo que había escuchado le propuso que entrase a formar parte de su banda. Cotton no dudó, claro. Joder, era Muddy Waters. Al principio, Waters quería que el armonicista clavase una a una las notas de los solos que hacía su antecesor, algo que no convencía a Cotton, quería aportar al blues aunque fuera un pellizco de su música. Él mismo contó años después cómo un día se acercó a Waters: “Le dije que confiara en mí, que podía crear mis propios solos sin alterar el estilo de la banda. Esto me exigió aprender a tocar mejor y hoy sospecho que Waters fue manejando mis pasos de esa manera. Con él aprendí que un buen líder de grupo debe ser claro en sus ideas y debe dejar espacio para la creatividad de sus músicos”. Era su Itaca, acaso su pequeña utopía, y ahora las armónicas del blues todavía le suenan. Si bien el poeta griego instaba a pedir que el camino fuese largo para en muchas mañanas de verano alcanzar puertos nunca vistos, también exhortaba a tener siempre a Itaca en la mente. A mí, desde que era un chaval —qué soy ahora— me criaron en la necesidad de atisbar una utopía, un horizonte parecido a aquel sobre el que escribió Eduardo Galeano al que acercarse al menos cada cierto tiempo. Para qué si no las ideas. Quizás sin mucha continuidad con lo narrado, se presenta en mi memoria un breve fragmento de Rayuela, el amor, supongo: “Abrazado a la Maga, esta concreción de nebulosa, pienso que tanto sentido tiene hacer un muñequito con miga de pan como escribir la novela que nunca escribiré o defender con la vida las ideas que redimen los pueblos”. Las ideas, la utopía, Itaca. Sobra decir que sí, toda utopía tiene sus limitaciones, no sé si imposibilidades, pero sí determinados inconvenientes que, también ha de tenerse en cuenta, no deberían alterarse en frustraciones. Pepe Mujica insiste mucho en el siguiente propósito: “Debemos ser más sinceros en nuestro discurso político, llevando lo que decimos un poco más cerca de lo que de verdad pensamos y un poco menos atado a lo que nos conviene, y más valientes para explicarle, cada uno a su propia gente, los límites de nuestras respectivas utopías”. El sermón, si resulta serlo, tampoco sé si era la intención, busca responder a esta cuestión: en este lapso tan convulso, ¿olvidamos Itaca, que tan hermoso viaje nos ha brindado? ¡Ah, Rayuela, el fragmento! “Abrazado a Maga…” ¡Los abrazos! Tampoco habríamos de olvidarlos. Vale, sí, ¿por qué la historia de Cotton? Por los pellizcos, porque queremos poner nuestra música en la travesía a Itaca. Y no, no hablo de borrar del pentagrama las notas que antaño acariciaron los oídos, sino de sumar las armonías. Llevamos tiempo afinando el instrumento, como los Hermanos Conde con la guitarra de Leonard Cohen. Lo dijo James Cotton: “Como dice la canción, todo el mundo tiene el blues”. Y ahora, no podía faltar, la intensidad: abrazados a Maga —de una manera u otra, todas la tenemos—, construyamos aunque sea con migas de pan, escribamos esa novela que nunca pensamos escribir, no olvidemos las ideas.

Provocar un terremoto

Tuve algunos inconvenientes, varias heridas, unos cuantos años de cárcel.
En fin, cosas de rutina en quien se mete a transformar el mundo.
Pepe Mujica.

Yo entonces nunca había utilizado semejante trasto, pero parecía divertido, y como todo lo que siempre parece divertido, me fue prohibido su uso en la escuela. Un profesor, uno de esos que cuando eres niño no, pero de mayor apostarías tu vivienda a que vota facha, se acercó a mi lado y quiso atemorizarme: “¿Sabes que con eso puedes provocar un terremoto?” Yo me acongojé, claro, era un niño, qué iba a hacer. Días después, todavía sollozando, le pregunté a él y a ella, a ella y a él que sabían que su vida se había convertido en la mía hace ya un tiempo. Me miraron, con esa mirada que tranquiliza y a la vez anuncia precaución, también coraje: “Cariño, hasta la cosa más minúscula puede hacer temblar el mundo”. Observé la minúscula punta de metal de mi peonza. “¿Cómo puede ser que algo tan insignificante pueda llegar a provocar un terremoto?” Se rieron, claro, vaya pregunta. “Lo irás viendo con el tiempo, hijo”. De esta charla me acordé años después, no me pregunten siquiera si existió, la recordé. Era primavera y aquel día dormía al raso en una plaza. En las vallas de una obra había varios recortes con textos de Lois Pereiro, me sentía en casa. “Quien desee realmente hacer algo, en la medida de sus fuerzas, talento o influencia, que se ponga ya manos a la obra y ayude a ejercer el sabotaje. Aunque uno no consiga aspirar más que a transformar su espíritu, a mejorar tan siquiera su alma y su vida en cada uno de sus actos, solo con eso elevará el nivel de su propia y dormida conciencia y su capacidad de indignarse y sentir asco”. De pronto algo impidió que pudiera seguir leyendo, un pequeño trebejo se tropezó con mis zapatos. “Perdona, que esto no hay quien lo controle”, me dijo aquel al chaval al tiempo que yo le devolvía su peonza. Era primavera y recordé aquella conversación, y mi pregunta. “¿Cómo puede ser que algo tan insignificante pueda llegar a provocar un terremoto?”. Aquella peonza que colisionó con mis zapatos volvió a hacerlo hace unos meses, esta primavera, en la que, aun lejana, volví a sentir que juntos, nosotros a quienes siempre nos quisieron insignificantes, podíamos hacer temblar el mundo. Qué más da desde qué lugar, desde qué pertenencia o desde qué plaza o desde qué bar, el caso es que muchas nos pusimos a observar las minúsculas puntas de metal de las peonzas y soñamos con la posibilidad de soltar las cuerdas, de estallar los trastos contra el suelo, sabiendo que dejaríamos sentir un gran temblor en otras suelas, en esas suelas que nos prohibían el uso de lo divertido en las escuelas.

Se jodió, bueno, hay quien entiende las peonzas como una suerte de reliquia. No es el caso. Pienso ahora en aquella mirada, pero no en la parte que escondía precaución, no, pienso en la porción que guardaba de coraje. Y yo, no sé si por tonto o por si acaso, o porque soy más intenso que los fuegos de chimenea en navidad, me niego a dejar de jugar con mi peonza. Decía Albert Camus que el otoño es como una segunda primavera, en la que cada hoja es una flor. Lois Pereiro, en la Puerta del Sol: “Ya no vamos a ser cómplices de lo que nos indigne o avergüence. Nada es inmutable. Todo se transforma. Quien tenga tiempo, energía y desee hacer algo, que vaya proponiendo… Por ejemplo”. El otoño es una segunda primavera. El otoño es una segunda primavera y no nos engañemos, queremos el uso de lo divertido en las escuelas. De niños conocíamos bien los resquicios de los patios, las aulas vacías en horario lectivo, sabíamos, juntos, a dónde dirigirnos para que aquellos que gustaban de prohibir no percibieran nuestras fechorías, aquellas inyecciones traviesas y gamberras, puede que macarras. Déjenme ser intenso, por un rato, lo prometo, quizás por siempre, déjenme soñar con incendiar de chimeneas esta navidad, este diciembre en el que quieren congelar nuestras idas de olla con la almohada, nuestros sueños de macarra. Unámonos frente a aquellos textos de Pereiro: “¿Y de qué parte estaba yo, decíamos antes? De parte de los que intenten de alguna manera no contribuir a que esa rueda opresiva y maldita continúe girando eternamente, perpetuando, con un cíclico cambio de papeles de amos o esclavos, la misma situación hasta que la Tierra explote de asco y perversión, harta de nosotros”. Ellos querrán que su rueda gire eternamente, ¿por qué no hacemos rodar nuestras peonzas y logramos, por fin, que lo que siempre han presupuesto insignificante… pueda llegar a provocar un terremoto?

Saltos

Uno, cuando escruta sus yerros, sus defectos, encuentra siempre un lugar en el que dialogar consigo mismo, en el que afrontar con tino. Yo tengo dos, o más, no sé, pero ahora voy a hablar de dos, de dos lugares, aunque el fondo me centraré en uno de ellos, que sé yo. La música y Rayuela, siempre Rayuela. Rayuela, como aquel Lobo Estepario, ayuda a confesarse para luego aventurarse a dar los saltos necesarios. Los saltos, que son vida. Aparece en Rayuela: “La vida, como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí, al alcance del salto que no damos”. Por haber, hay infinitud de saltos, como un salto desde la mesa de la cafetería a, no sé, el banco de una plaza. Saltos. Como el que no sin coger impulso se da para pasar del silencio a la palabra, que no al ruido, a la palabra antes escondida. También eso es un salto. Son los saltos los que nos llevan primero a los totales parciales y luego a los totales generales, de los que se habla en Rayuela y que os invito a visitar, pues bastante intenso, acaso apasionado, resulta el texto. Qué difícil, a veces, dar los saltos. Y qué difícil, a veces, calcular la distancia de los saltos. Qué estúpido el silencio, que estúpidas las palabras pronunciadas sabiéndose falsas a distancia, y por qué, por el miedo a la caída, a los fondos sin redes que sujeten, sin agua en los arroyos, sin certezas. Qué estúpido planear los saltos pensando en si habrá redes en los fondos, agua en los arroyos, certezas. No es posible que nada de todo aquello se muestre sin mostrarse primero, sin tomar impulso con la única finalidad de saltar, de arriesgarse a que no haya redes, ni agua, ni certezas. Saltar. Saltar incluso sentado en un banco de madera, saltar incluso sin moverse, saltar tan solo al pronunciar unas palabras ya esbozadas hace tiempo. Total parcial. Total general. Saltar. Alcanzar las playas. Y ya únicamente caminar. Caminar sin dejar que todo aquello que demoró en saltarse, en decirse, no salte sin pausa ni sentido. Entonces Rayuela, y mirar, mirar de cerca, cada vez más cerca y dejar que los ojos se agranden y así, de tan cerca, convertirse en cíclopes y mirarse, respirarse confundidos, dejando que las bocas luchen y los labios sean mordidos. Eso es. Saltar para después mirarse, y que esa mirada dulce sea la que diga aquí estamos, hemos llegado, a dónde, al total parcial, al total general.

Tener y ser

Estoy leyendo a Erich Fromm y, joder, me siento culpable. No es mío, es una letra de Los Chikos del Maíz y, sin embargo, estos días yo he vuelto a Erich Fromm. Por qué. El amor, qué sé yo, qué si no. La asunción de errores, supongo, el intento sincero de erradicarlos. Todo ello me ha llevado de vuelta a Fromm y a ‘El arte de amar’, aquel texto que tanto nos marcó y tan poco hemos sabido alentar. La relectura y diversas entrevistas a Fromm me guiaron a otro de sus libros, ‘Tener y ser’. La idea, que él aplica a experiencias cotidianas, proviene, entre otras cosas, de una idea de Marx: cuánto más tienes, menos eres. La enajenación. En el libro, Fromm establece una diferencia entre dos modos de vivir: según la experiencia del tener y según la experiencia del ser. El sistema, la herencia cultural, la educación… Todo nos ha arrastrado a una comprensión de la vida en función del tener. Incluso el lenguaje, con el tiempo, sobre todo desde la industrialización, ha mutado hasta el punto de aplicar tenencia a todo, incluso a los sentimientos. Entra aquí la parte interesada, por qué si no acudí a Fromm. El amor, en muchos sentidos, se ha visto transgredido al entenderlo como una emoción que se puede poseer. “Tengo un amor” es la frase que Fromm recuerda en su libro para explicarlo, advirtiendo de la imposibilidad de la acción. No es posible tenerlo, sí sentirlo. Dicha confusión nos aboca, al final, a entender esta emoción como algo que debemos poseer, que debemos tener, del que debemos depender. En ‘El arte de amar’ lo aclara de una forma más sencilla, quizás más comprensible. Lo hace al diferenciar entre el amor maduro y el amor inmaduro. El primero es aquel en el que uno es capaz de afirmar: te necesito porque te amo. El segundo, al contrario, dice: te amo porque te necesito. La oposición es sutil, si bien orienta, conduce por la senda adecuada. Yo, estos días, al releerlo todo, supe ver qué situaciones no había controlado en el pasado, en el presente, qué equivocaciones, descuidos, había y he cometido. El proceso de aceptación, lógico, no es inmediato, requiere esfuerzo, un paso después del otro. Al menos, pienso, he logrado vislumbrarlo. La significación de este curso no es el cambiarse a uno mismo, sino el enriquecerse. Últimamente he mantenido también conversaciones con personas a las que entrego gran atención que me han enseñado, además, otras de las experiencias cotidianas que denotan la experiencia del tener y del ser: el hecho de tener conocimiento y el de tan solo, ¡tan solo!, conocer. Conversaciones en las que uno aprende y conoce, y se conoce, lo cual no implica necesariamente acumular más conocimientos, sino mejorar la introspectiva. Me reconozco, desde hace ya un tiempo, como alguien que normalmente viste, confío en que ahora la realidad sea vestía, diferentes situaciones con una fuerte afectación, la mayor parte de las veces innecesaria e infundada. Poco a poco, la serenidad, que me dijo una de estas personas en alguna que otra conversación, va ganando espacio. Y no tiene más motivos que uno mismo, y el anhelo de querer bien y de forma madura. Porque tengo ganas de ese amor. Miento. No tengo ganas. Lo deseo, siendo y no teniendo.

A ti, militante

Hay palabras que no deberían significarse por sí solas, que esconden más de lo que pretenden ocultar, que ciudadana y ciudadano no deberían encarnar solamente la naturalidad de un lugar o de qué sé yo qué espacio físico, que ciudadana y ciudadano personifican toda acepción de activista y militante. Por eso toda preocupación al final nos es ajena, aunque seamos nosotros, sin saber por qué, incapaces a veces de no hacerla próxima, de no sentarnos a su lado a conversar acerca de qué busca transmitirnos. Porque no hay preocupación. Porque tú, y el tú es todas, es vosotras y es vosotros, tú no tienes que encubrir tus miedos, absurdos muchas veces, por un asunto únicamente relacionado con la pertenencia a este sitio o a aquel otro. Porque somos lo que somos, y cómo era que decía aquello, porque fueron, somos, y porque somos, seremos. Y no somos el lugar que nos ocupa, acaso la gente que nos acompaña en dicho cargo, sea cual sea. Somos. Y punto. Sin ambages, y que ladren, que cabalguen, que quieran aplastarnos, que nos da igual, porque no cejaremos en el trote, lento, paso a paso y con la calma que nos regala saber que estamos en lo cierto. A ti, que no llevas años perteneciendo, que la militancia, digan lo que digan, no tiene contrato de permanencia, no dudes, no temas, no dejes que se inmiscuya en tu racionalidad el que eres dónde estás, porque nunca hubo nada tan incierto. No somos dónde estamos. Estamos porque somos. Y seguiremos estando allá dónde estemos, sin dejar de ser. Estarás, siempre, en los portales, en las plazas, en diminutos locales, en amargas oficinas, en la calle, en casa. Y en los bares. Qué haríamos sin los bares. Se equivocaba Bogart, no es París lo que nos queda, es aquel garito de la esquina, aquel sitio que cobijará nuestras conversaciones clandestinas. Si hubiera un lugar que no debería vernos apartados no es aquel otro que el espacio en el que resuena el eco de nuestras voces, quizás no siempre al unísono, puede que haya momentos en que sean discordantes, que se escapen del ritmo que nos gustaría, y sin embargo irían juntas, sonando como suenan las olas cuando colisionan con la arena, y sabes qué, la espuma no será más nuestra, será suya, escupirán espuma porque qué importa desde qué lugar si nuestras voces se funden en un clamor que, más allá de la superficie de la que disponga, aboga por lo mismo. Que no te atemorice la idea de los años en los que has pertenecido, porque nada nunca nos poseerá, acaso un pensamiento colectivo. No sientas que has malgastado una lucha en un lugar que ahora habita otras estancias, porque, escucha, construimos pasillos, nos turnamos en la concepción de túneles que no sé a dónde van, y qué importa, si es por eso que luchamos. Porque las entradas que instauramos hoy son las salidas que inauguraremos mañana, cuándo sea. Somos avituallamiento, y eso seremos. No tenemos miedo, por qué, porque nos gusta, nos divierte… Y qué diablos, porque hemos nacido para esto.

Me hablan

Me hablan los mensajes escritos en mecheros, los sobres de azúcar para un café solo con hielo, el arte urbano en las paredes, me hablan las canciones, Cinema Paradiso, me hablan y lo hacen en mil lenguas, en cualquier sitio, en otros tiempos. Me habla, incluso, hasta un payaso desde tierras zapatistas: “Ambrosio, no quieras contratos ni seguros, no pidas nada a cambio, el futuro es ahora, ni siquiera existe, si vives allí no vives”. Hablan por mí las imperfecciones y pregunto sobre ellas a Sean McGuire, y me habla y sus palabras moderan, si bien todos somos un poco ingobernables, como lo fue Will Hunting. Pregunto a McGuire y resta valor a los suspenses, como en aquella conversación en su despacho —”te voy a ahorrar el suspense, Will”—, y ensaya simple sobre las imperfecciones, acerca de la ausencia de lo perfecto y enaltece el valor de los defectos —”las pequeñas virtudes”—. Escucho el silencio de Alfredo como si yo no fuese más que un Toutou idiota, y miro a la pantalla y sueño todavía, como Corto, con aquella historia de las dos lunas, y leo lo que una vez escribí sobre tangos, y qué extraño preguntarse a uno mismo. “Ni siquiera existe”, acaso alguna certeza acerca de mañana: “Seguiremos siendo los mismos estúpidos románticos”. Algo inevitable, como enamorarse cien veces de la misma persona —ay, Bolaño—. Continúa el payaso: “No quieras tener el sol, Ambrosio, siéntate tranquilo en la arena”. Pregunto mucho, demasiado, sin dejar siempre espacio al lugar que merece la curiosidad, el no saber, quiero reinventar el tiempo y sin embargo a veces lo retuerzo, y basta, joder, la duda a veces sirve, el miedo, me han dicho cuándo, no lo sé, ayuda a caminar, pero no se puede caminar con miedo. Con la de instantes en los que leí aquel poema de Cortázar. “Sueñe sin miedo, amigo”. Me hablan los espejos, me discuten, o mejor, me discuto, me hablan los carteles, la propaganda electoral, el calendario, ¿el calendario? Qué importa el calendario. Me hablan y es ya momento de escuchar, y no de únicamente traducir lo que me dicen de forma que las palabras resulten cómodas. Escuchar, entender y apreciar las voces, atender como se atienden las eses de Antonio Vega. Disfrutar, y no pensar. Sin coma. Disfrutar y no pensar. Vivir en un texto que se escribe y no fantasear con cómo quedará lo publicado, escribir, escribir, sin siquiera borrar lo escrito, escribir y dejar que sean las palabras las que escojan su lugar, que sean ellas, las palabras, las que decidan en qué lugar del texto situarse, y entonces leerlas con sorpresa, con asombro, asistiendo de ese modo a la belleza que supone vivir un texto que se escribe sin necesidad de ser previamente concebido. Dónde la dedicatoria, dónde el agradecimiento, el principio, el nudo, el desenlace, dónde el punto. Quién sabe. Joder, ahí está el encanto. Ya lo sé.

La primavera de la esperanza

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto”. Es el inicio de Historia de dos ciudades, de Dickens, quien supongo nunca advirtió, o sí, quién sabe, que estas palabras servirían para significar diferentes situaciones. Sucede ahora que existen dos contrapuntos que bien podrían ser estos dos tiempos. Uno es ya el peor. El otro, si no todavía el mejor, podría llegar a serlo. Las dudas imperecederas deberían transmutarse sin miedo en temor caduco. Desconozco, y esto lo digo sin miedo al alboroto, que exista quien quiera habitar el invierno de la desesperación y no la primavera de la esperanza. Hay un tiempo que ha dejado de avanzar, que se retuerce absorto en el pasado, en lo pretérito y no en lo venidero. En Tristano muere, Antonio Tabuchhi narra cómo mueren los elefantes, pero lo hace, dice, desde el lado más romántico. Un elefante, nos cuenta Tabucchi, siempre sabe cuándo llega su final. Y qué hace. Reclama la compañía de otro miembro de la manada y ambos transitan juntos metros, quizás cientos de kilómetros. Lo hacen hasta que uno de los dos sabe que ha llegado al mejor lugar para apartarse. Traza un círculo. Traza un círculo dos veces. Tras las vueltas, se despide de quien le ha acompañado, que vuelve a la manada para seguir avanzando. Uno de los tiempos se ha agotado y en lugar de trazar círculos, pretende, exhausto, apresarnos, inmovilizarnos. Quiere frenar el paso, postergar la primavera, persuadirnos de la bondad del frío. Pero queremos primavera. Hay pasos que asustan, lo sé, como también sé que la cabeza, a veces insegura, nos quiere convencer de lo contrario, acaso de un leve estancamiento, y sin embargo aquí nos encontramos, dispuestos a conceder la entrada en sendas desconocidas todavía, sendas que quizás nos lleven, por fin, al mejor de los tiempos, a salvar la coyuntura. A la primavera de la esperanza.

¿Y conseguiste…?

En ‘Poesía última de amor y enfermedad’, Lois Pereiro recordaba uno de los últimos poemas de Raymond Carver: “¿Y conseguiste lo que / querías de esta vida? / Lo conseguí. / ¿Y qué querías? / Considerarme amado, sentirme / amado en la tierra”. Desconozco, tampoco me he puesto a investigar, si fue de los últimos o quizás el último de Carver, qué importa si de una manera u otra lo que al final de su vida quiso publicar fue esto. Hay textos que llegan en el momento adecuado, qué sé yo, acaso me doy cuenta de que a veces regalamos tiempo, pero con el significado del verbo vaciado. Me preocupa, vaya novedad, preocupaciones, me preocupa, decía, que restemos opciones a la pregunta que se planteaba Carver por olvidar los huecos de los que escribí una vez. Me decía ayer un buen amigo, vais a permitirme el hartazgo de azúcar, que al final importa hacerle caso al órgano este que bombea sangre y no a aquel otro que hace las funciones de su jefe, ese que se constituye en hemisferios. ¿Y conseguiste lo que querías de esta vida? Caben modificaciones a la cuestión: ¿y conseguiste lo que más te compensaba en esta vida? Qué me pasa que últimamente siempre escribo de política, y lo hago sin hacerlo, he ahí la contradicción. No comparto la idea de reclamar más horas a los días, sino de aprovechar las disponibles en los huecos. Visto desde hace un mes un reloj que se ha convertido en tan solo una pulsera. Y qué sensación la de llevar la vista a la muñeca y comprobar que el tiempo se ha petrificado tras una ducha de agua hirviendo. Me preocupa, allá vamos de nuevo, la conciencia tan irracional que poseemos del tiempo, no hay aquí explicaciones metafóricas, tan solo una herramienta: móvil. Grupos, en líneas, grupos, escribiendo, aplicaciones de conversaciones a distancia, emocional y física. Me pregunto qué sucedería si en una de esas duchas situara al teléfono en la misma tesitura que atravesó el reloj. Sentiría, quizás, la imperiosa necesidad de levantar la vista, de avivar unas pupilas entumecidas que franquearían cualquier muro. No hay más país que los cuidados. No hay país que cambie sin considerarse, sin sentirse amado en la tierra. Gracias por la duda, Raymond.

Por qué publicamos

A mí de Iñaki Uriarte me gustan sus primeros ‘Diarios’. Hay anotaciones que no están escritas para luego ser publicadas. No sucede así con el tercer volumen, en el que él mismo reconoce la duda que le genera saber si escribiría lo mismo sabiendo que luego sus pensamientos saldrán al mercado. Su duda se convierte para mí en certeza, aunque eso signifique ponerme en una situación que posiblemente no me corresponda. Desencarné el tercer volumen de ‘Diarios’ sin dejar de reflexionar en esa eterna pregunta a quien escribe: por qué lo hace. Por qué escribimos. Y me di cuenta, no por ello pienso que esté en lo cierto, de que es otra la cuestión que debemos plantearnos. Por qué publicamos lo que escribimos. Escribir, como decía Chusé Izuel, a quien Félix Romeo homenajea —pongan en cuarentena el término— en ‘Amarillo’, no es más que sacar la mierda que uno lleva dentro. No puedo más que sentirme representado por tan simple explicación, por eso me gusta cómo escribía Julio Camba. Por qué publicamos lo que escribimos. No estoy seguro, aunque imagino que toda respuesta nos devolvería un espejo de egoísmo en el que probablemente no querríamos vernos reflejados. Cuando alguien pedía consejo a Pío Baroja acerca de la mejor vía para convertirse en escritor, este contestaba: “Váyase usted a Madrid y póngase a la cola”. Y en realidad parece que venimos a Madrid no a escribir, sino a que nos publiquen. Por eso muchas veces obviamos la simpleza que genera una emoción, o la mierda de la que habló Izuel, y retorcemos el lenguaje, el contenido, la escritura. Contorsionamos nuestros pensamientos de forma que gusten al otro, al que no vemos, al que lee. Escribir es sincerarse, de ahí que todo lo que no publicamos, lo descartado, los folios arrugados en la alfombra, contengan lo mejor que hacemos. Uno toma la decisión de publicar o no según qué textos porque busca engañar al recuerdo. Nuestra memoria, le escuché decir hace poco a un neurocientífico, se basa en aquellos momentos en los que hemos sentido emociones, qué importa cuáles sean. Cuando descartamos una idea y publicamos lo mismo pero permutado en algo distinto, no hacemos más que tratar de adornar una emoción. Publicar esa mutación significa ponerse una coraza, blindarse ante el miedo a exponerse demasiado. Somos, vaya novedad, unos idiotas. Idiotas porque publicar no debería diferir del escribir, porque todo debería constituirse en un sincerarse sin coartadas, pese a que no deje de suponer un riesgo. Qué quieren que les diga, por muchos significantes que busquemos, tan solo existe un significado. Escribo mucho sin publicarlo luego porque hay momentos en los que uno necesita revisar sus emociones. Hay comas que son sonrisa, puntos que son enfado, suspensivos que son suspiros. Con el tiempo comprendo que la verdad no está para esconderla, que la evidencia no sirve si se guarda con cerrojo en yo qué sé qué órgano, cerebro o corazón, que las certezas nacen para transformarse en confesiones, que descubrirse es publicarse, y no piensen que me engaño, sé que ya no hablo de escribir. El anhelo, llámenlo como quieran, sería el de publicarse como un día lo hizo Lois Pereiro en aquella carta, a la que uno no debería dejar de volver: “This is not a new and a simple declaración of my love. Sería absurdo, aburriría a Cristo, después de tantas otras en todos los idiomas, de otros y otras en todos los lugares del mundo pronunciadas por muertos y por vivos. Esto es muy diferente”.

El rock de los ochenta

Estaba yo el otro día en un bar clandestino en Lavapiés —situación insólita, no vayan a pensar— cuando el volumen de la música dejó sitio al deteriorado sonido de la televisión que preside el local. Frente a ella, una suerte de Antonio Vega cobijado en tamaño impermeable esforzando el cuello para que unos ojos prácticamente sepultados pudieran observar lo que mostraba la pantalla: el concierto de uno de los grupos más grandes del rock español de los ochenta. La emoción con la que el hombre escuchó el tema, un directo en Madrid, me recordó al espasmo que me golpea cada vez que en algún lugar suena el Comfortably Numb de los Pink Floyd, con una salvedad, claro, yo jamás toqué la batería en Pink Floyd. “Era el batería del grupo”, me dijo el camarero al ver cómo observábamos al hombre. “¿Y ahora qué hace?”, pregunté. “Pues ya lo ves”. La canción terminó y la televisión volvió al silencio mientras la música ambiente del clandestino escogía el What a wonderful world, y así, al son de Louis Armstrong, el hombre agarró un carrito de compra y se fue.

Dos o tres noches después, en la puerta de otro local, también en Lavapiés, me lo volví a encontrar. Envalentonado por el malta, supongo, me acerqué a hablar con él. “Me dijeron que eras el batería de aquel grupo”. Para qué decir el nombre, no importa. “Sí, del 74 al 86, sin mí aquel grupo no hubiera existido”. “¿Y lo dejó al separarse el grupo?” “Rulé con otras bandas algún tiempo, luego ya sí, no he vuelto a tocar. Pero no pasa nada. Te voy a dar un consejo: de la vida hay que sacar lo que piensas. Yo pensaba en tocar y lo hice”. “¿Y ahora?” “¿Ahora? Ahora vendo caldo caliente. ¿Quieres? No lo parece, tienes cara de haber cenado bien”. Lo cierto es que apenas había cenado, más allá de alpiste y algunas aceitunas, pero yo entonces no estaba para confesiones. Nos despedimos como dos que no se conocen, golpe suave en el hombro y alzamiento de cabeza. De todo esto han pasado apenas unos días, quizás una semana, o dos, qué más da, importa que desde aquel momento no dejo de imaginarme dentro de unos años mirando el que fui hace unos treinta. Lo habré hecho bien o muy mal, supongo, pero la pregunta que me ronda es: con qué diablos cargaré el carrito de la compra.